superconfidencial

Se me olvidó el puto folio

1. Por primera vez en 45 años de profesión, en la madrugada del jueves al viernes se me olvidó mandar al periódico el puto folio. No lo debieron echar de menos porque hoy es viernes, cuatro de la tarde, y nadie me ha llamado para que lo envíe, con la buena suerte de que me acabo de dar cuenta del lapsus y estoy procediendo a repararlo. Probablemente, este olvido es un prólogo de cosas terribles de la memoria; no lo sé. Sólo sé que esto no me había pasado desde el año 1970, en que empecé a escribir con escrupulosa puntualidad para los periódicos, concretamente para el desaparecido vespertino La Tarde, a las órdenes de don Víctor Zurita y más tarde de mi amigo Alfonso García-Ramos. Pero el jueves/noche estaba tan cansado que la disciplina espartana con la que cumplo mis compromisos se me relajó. Y heme aquí, a una hora impropia, la hora de la siesta, justificándome y reparando mi olvido.

2. No me gustaría entregar el original, cosa que hago por la Internet, refiriéndome a malas noticias del mundo: tendría que contar los tres atentados de ayer -hoy para mí-, ocurridos en Francia, Kuwait y Túnez. O se toman medidas más drásticas con estos animales o se acaba el mundo a bombazos. Prefiero, sin embargo, hablar de olvidos locales e intrascendentes que ya ustedes tienen las desgracias en otros lugares del periódico. En realidad, en casi todos, porque estos malhadados tiempos no nos traen sino bombas y sangre.

3. Con la promesa de que intentaré reordenar mis compromisos, hoy el olvido me ha resuelto el espacio. Yo me imagino a César González-Ruano, sentado en el café Teide con el recado de escribir delante, redactando a mano y a pluma sus tres o cuatro artículos diarios, en una tarea casi imposible. Don Camilo también escribía con pluma. Una vez, en mi presencia, se la lanzó a su mujer, erró el tiro y la pluma se quedó clavada en una pared de su habitación del Mencey. Cela escribía con la pluma, mojándola en el tintero; nunca la cargaba. Su mujer -la primera, Rosario- ni se inmutó. Se limitó a mirarlo con cierto asco.
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