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Sentimientos y política – Por Antonio Alarcó

Winston Churchill afirmó que la democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás. No podemos estar más de acuerdo con él, no en vano Churchill fue uno de los estadistas más importantes del siglo XX. Doblegarse no es señal de debilidad sino comprender que los demás también tienen razón, pues nosotros partimos de un principio básico en la política que no es otro que pedir disculpas cuando se ha cometido un error. Lo que nunca se puede ser es negligente. Hay que aprender de todo el mundo, incluido de los que no nos votan.

Siempre hemos defendido que la política es, sobre todo, sentimientos y referencias, y como tales tardan mucho en cambiarse pues forman parte de la persona que somos. Por eso nos cuesta mucho dar el paso y modificar nuestros pensamientos y sentimientos pues son el resultado de miles de vivencias, experiencias y aprendizajes que han llenado nuestro día a día. Partiendo de esa base, consideramos que hoy más que nunca el idioma de entendimiento entre los políticos y los ciudadanos debe ser la lealtad, que no debe confundirse nunca con el servilismo. Para lograr ese diálogo es preciso que ambas partes tengan principios éticos básicos.

La actividad política que debemos practicar y que practicamos debe caracterizarse por la transparencia, la nobleza, la prudencia, la paciencia, la perseverancia y el manejo correcto de los tiempos. Conceptos que si todos los tuviésemos en cuenta podrían haber evitado errores, algunos inadmisibles.

La política no es una religión ni mucho menos. A ella se va voluntariamente y hay que saberlo dejar cuando las circunstancias lo obligan. Quien la toma como una religión la hace inflexible y se vuelve dogmático y sectario. Para nosotros es estar como servicio y no como beneficio, no teniendo ninguna cabida la utilización de la misma en propio beneficio. El único rédito que se puede sacar es la satisfacción del deber cumplido, pues no nos cansaremos de decir que somos meros administradores temporales de lo público y de la legitimidad que radica en el pueblo.

La democracia da solamente legitimidad, que no es poco, pero no da preparación ni coherencia per se. Estas virtudes tienen que ser intrínsecas a la persona, pues si eres un coherente profesional y un coherente ciudadano, se debe ser lógicamente un coherente político, pero si te falla alguno de ellos no lo adquieres con los votos. Aunque algunos quieren que así sea. La política es una noble actividad que algunos pretenden ponerla en crisis. No es cuestión de obviar responsabilidades, pero sí de separar el grano de la paja, fomentando que sean los mejores quienes desempeñen estas funciones, con la convicción de que el político nunca pierde la consideración de ciudadano, y que hay buenos y malos políticos en el mismo porcentaje que en todas las áreas de actividad.

Hablamos de una responsabilidad voluntaria, un compromiso asumido con la sociedad, ejercido con plena transparencia. Y todo ello, renunciando a ser cortoplacistas ni administradores de la rutina: merece la pena hacer las cosas bien y trabajar de forma ordenada y planificada. No compartimos nunca el hecho de ejercer la política desde la crispación constante. No nos gusta cuando los que están en política activa utilizan el insulto como arma de defensa de las ideas o cuando se traiciona malgastando los recursos públicos. Nunca nos ha separado de una persona su ideología.

Requerimos, por tanto, responsabilidad, que se traduce en entender que juntos valemos más que separados, desechar la confrontación, y si la hubiera que sea creativa, y apostar por el consenso y el trabajo común. Es difícil ser un coherente profesional de lo que sea y un incoherente ciudadano: eso al final es la política.

Para lograrlo debemos recordar el papel tan fundamental que juegan los medios de comunicación, pues como siempre defendemos son amigos a compartir y no enemigos a batir. Son el cauce de expresión de los políticos para hacer llegar el mensaje a los ciudadanos y por tanto son todos necesarios, todos fundamentales y todos cumplen una función social imprescindible, aunque no estén de acuerdo con nosotros.

Creemos que en estas circunstancias es cuando debe imperar la serenidad, y hemos de estar más dispuestos, si cabe, a mostrar a los españoles que la política es la solución y no el problema.

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