avisos políticos >

Símbolo y libertad – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

Desde un principio, la decisión de elegir el Camp Nou para jugar la final de la Copa del Rey de fútbol no pareció una decisión acertada. Aparte de no ser un terreno neutral, que predisponía el resultado del partido a favor de uno de los dos equipos, como así sucedió, los silbidos al himno nacional y al Jefe del Estado eran más que previsibles; y exponer a ambos a una humillación semejante ante los ojos
-y los oídos- de millones de telespectadores de todo el mundo dice muy poco en favor de unos organismos rectores del fútbol español, que han devenido en una dictadura endogámica dentro del Estado; una dictadura que se sucede a sí misma, que constituye una excepción a nuestro Estado de Derecho y que parece haber perdido el rumbo desde hace mucho tiempo. Desde luego, la pobre imagen que se dio ante el mundo fue la de una monarquía bananera, incapaz de hacer cumplir la ley, y la de un pueblo que no respeta sus símbolos y que, en consecuencia, no se respeta a sí mismo. El Barcelona siempre ha tenido a gala ser más que un club, y su orientación nacionalista -independentista-, cultivada y fomentada por sus dirigentes, es indudable, como también lo es la impronta similar del Bilbao; aunque esa orientación y esa impronta no les impiden jugar en la liga española, y aprovecharse de los beneficios económicos e ingresar las cantidades que esa participación conlleva.

Por si fuera poco, el partido se jugó en una Comunidad Autónoma que cuenta con un Gobierno hostil a todo lo español y que pretende ignorar que es Gobierno gracias a la Constitución española. Un Gobierno desleal que, junto con la izquierda radical y los nacionalismos, no menos desleales, ha contribuido a romper el pacto sobre la monarquía, la bandera y el himno que en su momento aceptaron Santiago Carrillo, Marcelino Camacho, Felipe González y otros líderes representativos de la izquierda, y que hizo viable la Transición, ahora tan irresponsablemente vilipendiada. La intensa campaña previa a favor de los silbidos; el reparto masivo de silbatos en los alrededores del Camp Nou y en otros puntos de la ciudad ante la mirada complaciente de la policía autonómica; la exhibición dentro del estadio de una pancarta ofensiva, y la intolerable -y maleducada- sonrisa de Artur Mas durante los silbidos son suficientemente explícitos.

Recordemos que hace unos dos años, en la retransmisión televisiva por la BBC del debut de España ante Uruguay en la Copa Confederaciones de fútbol que se celebró en Brasil, la cadena británica, prototipo de seriedad y solvencia informativas, puso letra al himno español y lo subtituló en pantalla mientras sonaba. Para ello usó la letra que ganó el concurso convocado por el Comité Olímpico Español (COE) en 2008, una letra que, finalmente, no prosperó ante un aluvión de críticas y descalificaciones políticas. La Marcha Real o Marcha Granadera, que es como tradicionalmente se denomina al himno de España, regalo de un rey de Prusia a un monarca español, no tiene letra oficial, aunque se han dado varios intentos a lo largo de la historia de dotarle de una. Y, con su idea, el COE pretendía que los deportistas españoles no se encontraran en inferioridad ante sus homólogos extranjeros, que cantan sus himnos en los podios y ante de sus encuentros. Pero no pudo ser. En contra de lo que opinaban algunos, entendimos lo sucedido, porque a ojos británicos -y extranjeros, en general- es inconcebible que un pueblo no se ponga de acuerdo en la letra de su himno nacional y no lo respete. Pero así son las cosas por estos andurriales ibéricos, a los que ya no nos atrevemos a llamar ni pueblo ni nación. ¿Cómo va a salir adelante semejante idea si la propia idea de España está en cuestión y no digamos su bandera? ¿Cómo van a estar de acuerdo en una letra para el himno nacional los que niegan que España sea una nación y se quieren separar de ella? En un tiempo en que España está siendo demolida y es un problema usar su nombre e izar su bandera en muchos edificios oficiales de muchas partes de su geografía política, ¿qué sentido tiene plantearse su otro símbolo nacional, su himno?

Los que pretenden justificar los silbidos lo hacen en términos de libertad de expresión. Y hay que apresurarse a aclarar que en ningún país democrático la libertad de expresión ampara las ofensas y los ultrajes a los símbolos nacionales, a los símbolos representativos del Estado y del propio pueblo. Porque los derechos fundamentales y las libertades públicas son ejercidos democráticamente de acuerdo con la Constitución y las leyes, que establecen sus límites. Que vayan a Estados Unidos los que así opinan a ofender y ultrajar al himno norteamericano a ver lo que les sucede; que vayan al Reino Unido o a cualquier otro país europeo a hacerlo. Hace unos ocho años, dos jóvenes turistas españoles tuvieron graves problemas en Letonia, y al embajador español le costó Dios y ayuda sacarlos de la cárcel y enviarlos a España con una condena menor, porque una noche descolgaron de unas farolas unas banderas letonas y una ciudadana, que los vio por la ventana, llamó a la policía, que los detuvo inmediatamente. El ultraje a los símbolos nacionales está penado en ese país hasta con seis años.

La libertad de expresión no ampara las ofensas y los ultrajes a los símbolos nacionales. Y no los ampara porque esos símbolos son -precisamente- la expresión democrática de nuestra libertad.