tribuna

Todo o nada – Por Indra Kishinchand

Nos encontraremos a medio camino entre el tiempo y la distancia.
-¿Qué quieres decir? -le pregunté extrañado.
-Que cuando tú seas demasiado viejo y yo haya corrido lo suficiente, nos volveremos a ver -respondió-. Estoy seguro.

Sabía que no tenía razón y, sin embargo, le dejé continuar. Me dijo que algún día viajaría a Europa. Que si estaba tan solo como ahora él cuidaría de mí. Me prometió que jamás se olvidaría nuestra amistad. Me agradeció, incluso, que hubiera sido su padre blanco. Raavi y yo nos habíamos conocido en Katmandú hace ya tantos años que habíamos preferido olvidar. Al menos eso era lo que contábamos. Después de todos sus esfuerzos, él me conoció primero.

-¿Cómo te llamas? ¿Y cuántos años tienes? ¿Qué haces aquí? ¿Tienes familia? ¿Quieres que te acompañe? -curioseaba excitado.
-Me llamo Manuel. ¿Y tú? -contesté.
-Pues vaya, con todas las preguntas que le hago y va y me cuenta que se llama Manuel -murmuró mientras se alejaba.

No sé si fue una estrategia, pero funcionó. Fui tras Raavi a pedirle perdón. Me di cuenta que solo quería que contestara a su última pregunta. Sorprendentemente, dije que sí.

Había ido a Nepal completamente solo. Tenía cuarenta años y no me gustaba viajar. Solo me movía de casa para ir al trabajo y ya me parecía bastante fastidioso ir en metro durante veinte minutos como para ir en un avión ocho horas. No necesitaba conocerme a mí mismo, ni rodearme de naturaleza para sentir el aire puro, ni reencontrarme con mi yo interior, porque nunca había estado con él.

Eso decía entonces y un día me encontré en un aeropuerto con una mochila y una tarjeta de crédito. Aterricé a medianoche en Katmandú. Me preguntaba constantemente qué haría después de esas dos semanas y no estaba acostumbrado a la sensación de cuestionarme nada.

Después de todo, la tierra respondió por mí. Tembló tanto que decidí quedarme.