NOMBRE Y APELLIDO

Alejandro Henríquez

De acuerdo con la hermosa tradición -que no necesita enmiendas, excesos ni apaños- los actos y festejos civiles de la Bajada acaban justo este mediodía con la llegada de la Patrona de La Palma y los palmeros a la Parroquia Matriz del Salvador y con la concelebración eucarística que abre los cultos en su homenaje. El relevo de los contenidos y regocijos profanos por los religiosos se produce en un espacio urbano de auténtico privilegio -la monumental plaza de España, con los edificios renacentistas y las casonas dieciochescas- en una hora señalada y en un clima solemne -la vistosa procesión que une a la jerarquía y el clero diocesano, los representantes institucionales y el pueblo soberano- y bajo formas inequívocamente románticas: la interpretación por solistas, orquesta sinfónica y coro mixto de la Loa de Entrada. Se debe a los decimonónicos Antonio Rodríguez López (1836-1901), poeta y prosista voluntarioso y prolífico y católico ferviente, y al músico Alejandro Henríquez Brito (1848-1895), autodidacta exquisito con escasa y excelsa obra, que suplió posibles carencias técnicas con notable inspiración y valorada sensibilidad. Escribí hace algunos quinquenios que, “en el mismo instante en que suenan los primeros compases, todos los festejos de las semanas precedentes quedan reducidos a la categoría de simple prólogo, porque la auténtica fiesta es la presencia de la Virgen en la ciudad”. Escrita para tenor y barítono y estrenada en 1880 por Jaime Matheu, Cipriano Valcárcel y Felipe Viera, en una decisión técnicamente errónea, y cursi en las maneras, en las ediciones siguientes y hasta hoy, para esta salutación se emplearon voces femeninas y se vistieron a las impúberes cantantes con túnicas de raso y alas de algodón. La versión actual se debe a Elías Santos Rodríguez (1888-1966), que agregó instrumentos, realizó una orquestación más sólida y exigente y añadió un concertante, derivado del dúo, que añadió brillantez al final de la pieza. La emoción está asegurada en la versión actual (aunque habría que conservar el formato original y divulgarlo en forma de concierto) que se debe a un artista de larga y destacada trayectoria en estas celebraciones y miembro de una familia sin la cual no se podría entender la historia de la música en la isla. Desde hace siete ediciones, la Misa de Pontifical se debe también al talento fecundo de Luis Cobiella Cuevas (1925-2013) que, en 1984, escribió su Misa en mi bemol a modo de berceuse, para dos coros y orquesta, que completa su decisiva aportación al programa de 2015.