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El atrapador de sueños

1. Tras unas jornadas agotadoras por las emociones, llegué en estos días a casa y quedé inmerso en un profundo sopor. Hace tiempo que mi sobrina me regaló un atrapador de sueños, artilugio que almacena los fotogramas de mi otra vida de la noche y de la siesta y, cuando yo quiero, la reanuda; y si el sueño se interrumpe por un despertar repentino, hilvana la trama y no la pierde. Soñé de manera contumaz con un cura “con un aliento a cebollas tan persistente, que más bien parecía un atributo del carácter” (García Márquez, Diecisiete ingleses envenenados, 1982). Soñé que al cura lo hacían obispo, luego cardenal y luego papa y soñé también que yo certificaba su muerte, trabando un crespón raído en el centro de la bandera vaticana. Consulté por la mañana con un amigo que sabe de sueños y me aseguró, burlón, que yo no tengo entidad para alterar el curso de la historia pero que el sabor a cebollas no auguraba nada bueno y menos la noticia de la muerte de un pontífice. Así que me dejó todavía más inquieto, a pesar de su advertencia de que mi posición en la Tierra contiene las suficientes dosis de insignificancia para no preocuparme por lo soñado.

2. Siempre me han abrumado los sueños, porque no los entiendo. Cuando regresé a la cama, la otra noche, después de tomarme un zumo de piña, en la madrugada, el atrapador, que cuelga del techo, me devolvió el sueño nada más poner la cabeza en la almohada. Mi mujer, un tanto inquieta, me dijo, volviéndome a despertar: “Aquí, en el cuarto, huele a cebollas”. “Sí, es el olor del aliento del cura”, le contesté. Ella, acostumbrada a mis desvaríos, no dijo más, pero al día siguiente volvió a preguntarme si yo había comido cebollas en el almuerzo.

3. Mi amigo, el que sabe de sueños, me llamó por la tarde para decirme que había errado en su interpretación. “No es muerte, es suerte”, dijo. Y me recomendó que fuera a Guayonge y comprara lotería. “Que termine en cuatro”, añadió. Cogí el coche y busqué un lotero en la zona de Guayonge, donde crecen las mejores cebollas del mundo, con muy mala pata: ninguno apareció por la vuelta. Sigo pobre, pero sigo soñando.

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