nombre y apellido

Francisco López Caro

Como tantos artistas andaluces de su tiempo, vinculados al estudio del humanista Francisco Pacheco, López Caro (1598-1661) compartió aprendizaje y amistad con los sobresalientes Diego de Silva Velázquez y el granadino Alonso Cano; pero no alcanzó la fama y bienestar económico de éstos. En 1992, el año de las Olimpiadas, que asentó la proyección mundial de Cataluña, en el Gremi de Fabricants de Sabadell -fundado en 1531 y, acaso, el patronato más antiguo de España- me admiró el óleo Cristo y el centurión, depositado por el Museo del Prado. Seguí la pista del autor, con la única constancia de otra cesión -La Santísima Trinidad- en el Museo de Bellas Artes de A Coruña y, con Caro, surgió una docena de nombres eclipsados por las primeras firmas y, también, por la falta de espacios públicos. Eché en falta entonces, y echo en falta ahora, la existencia de un centro complementario de la pinacoteca estatal, amplio y con modernos criterios didácticos, para representar el ciclo áureo de nuestra plástica a través de las escuelas Sevillana, Madrileña y Valenciana, que compitieron con éxito con todas las europeas y que, lamentablemente, aquí no están tratadas en su auténtico valor. Pero volvamos a nuestro hombre que, tras seis años de meritorio, pasó la prueba de “pintor de imaginería y dorador”; remitió encargos a los virreinatos indianos -ángeles y arcángeles, vírgenes y santos, y “lienzos ridículos”, como calificó los temas costumbristas- que, para colmo, nunca le pagaron. Hacia 1629, por contrato con el escultor Juan Martínez Montañés, realizó cuarenta bodegones, cada uno dedicado a un alimento y, junto a su colega Bartolomé Esteban Murillo, inventarió las imágenes de San Fernando existentes en la capital andaluza, demandadas para su proceso de canonización. También residió en la Villa y Corte, donde tuvo taller su hijo -Francisco Caro, especialista en naturalezas muertas- y trabajó para la iglesia de San Andrés, concretamente para la capilla de San Isidro. En documentos públicos, incluida su acta de defunción, se relacionan cuadros religiosos de los que se ha perdido su rastro. Ahora, el empresario Plácido Arango, enriqueció los fondos públicos con la mejor pieza salida de sus manos, un asunto de juventud -Bodegón con pinche o Pícaro en la cocina-, fechada en 1620, que, además, según reputados especialistas, es la única de indiscutible autoría y que coincide cronológicamente con los ensayos mozos de Velázquez, en su mayoría localizados en el extranjero.