DESPUÉS DEL PARÉNTESIS

Homofobia

El presidente Obama fue taxativo: “Esta es una victoria para América”. Eso declaró en la Casa Blanca inmediatamente después de conocerse la sentencia. Una larga trayectoria de lucha y millares de seres anónimos lo consiguieron: el Tribunal Supremo de Estados Unidos, el pasado jueves 25 de junio, declaró inconstitucionales las leyes de varios estados que prohibían el matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo. Por la experiencia española se dirá que lo que allí ocurrió no es eminente. Y no es del todo cierto, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que ante los votos, políticos de uno y otro bando (republicanos y demócratas) se agarraron durante mucho tiempo al rechazo de ese derecho. Pero lo lograron, como ocurrió en el año 1954 cuando se ilegalizó la segregación racial en las escuelas, o en el año 1973 cuando se instituyó (pese a los enfrentamientos, aunque hoy son mayoría los favorables) el derecho al aborto. Lo cual no deja de subrayar una evidencia: en la supuesta panoplia moral se centra la reacción ante la incuestionable equidad de una gran parte de los ciudadanos norteamericanos a los que las posiciones políticas atienden; o lo que es lo mismo, el conservadurismo arrollador que esa sociedad manifiesta. Pero el presidente del país más poderoso del mundo confirma: no es esta una victoria particular, una victoria de grupos considerados marginales, de personas a las que se les negó vivir conforme a su diferencia, es una victoria de la nación entera, y por la nación entera el orgullo de ser lo que son en virtud de los fundamentos que la confirman. Y esa sí es una lección a valorar, frente a la hostilidad que nos rodea. El que unos desalmados destruyeran una efigie en homenaje a Pedro Zerolo, no por ser una buena persona sino por ser homosexual, o que un día sí y otro también hombres y mujeres de esa condición sean físicamente agredidos, o que haya países en el mundo que condenen con cárcel dicha conducta, o que un grupo islamista llame a matar a los homosexuales, o que escuchemos a prebostes de este planeta (incluso en zonas llamadas civilizadas y al amparo de algunas iglesias) que hablen de enfermedad a tratar para el caso. Así es que lo que desarma el desajuste común es la sublime, magnánima y responsable actitud de un juez: Anthony Kennedy. Dio razón no tanto a la conciencia cuanto a la legitimidad. Y este sí es un magistrado en toda su dignidad, no los que por aquí pululan y acreditan alergia para según qué caso. Anthony Kennedy es claro: una cosa es la supuesta decencia, la posición ideológica o religiosa y otra muy distinta es la Carta Magna que consagra el amparo ante la ley. Si la 14 Enmienda de la Constitución de EE.UU. es explícita, ha de obrarse en consecuencia: “Todos los ciudadanos son iguales ante la ley”. Entonces, es posible que un credo imponga ante sus feligreses que el matrimonio consagra la unión entre un hombre y una mujer, que proclame que esa unión ha de imponerse y dar sustento a una tipología de familia muy extendida y en honor a la reproducción de la especie. Eso es una cosa y otra la universalización de la parcialidad. Porque la parcialidad no es lo eminente, lo eminente es la igualdad. De lo cual se deduce que legitimar el matrimonio entre seres del mismo sexo no menoscaba al matrimonio. Quien cumple con semejante alternativa confirma el mismo respeto que quien consagra las uniones heterosexuales. Porque hay heterosexuales solteros e igual que homosexuales. Y si es cierto que sólo el 2% de los matrimonios son matrimonios homosexuales, el 98% no es quien concede crédito a la dicha legitimidad. La ley es concluyente. Luego, ha de aceptarse sin perdón que la homofobia es un delito. No tanto por menoscabo; por la competencia rigurosa de la jurisprudencia.