nombre y apellido

Javier Krahe

Cuando “Madrid esperaba desesperadamente que ocurriera lo que tenía que ocurrir o que, simplemente, ocurriera algo que llevarnos a la boca”, Chicho Sánchez Ferlosio (1940-2003), Joaquín Sabina (1949), Alberto Pérez (1950) y Javier Krahe (1944-2015) – “de Salas como segundo apellido, y del Barrio de Salamanca” – animaban las noches de La Aurora, La Mandrágora, el Café Central, Clamores y Galileo, “espacios entre la subversión y la conjura”, donde, al estilo de Leonard Cohen y Georges Brassens, ponían letras intencionadas, mala leche y humor de todos los colores a un público “pobre, escaso, selecto y fiel”. Esto ocurrió en los estertores de la absenta y los canutos, de la bohemia ingenua y desmesurada, y mucho antes de la mítica y jaleada irrupción de Tierno Galván en la Villa y Corte y de que “la Movida descubriera La Mancha” y pusiera a Madrid en la cima divertida de la gris Europa. En su biografía profana aparecen sus breves estudios de Empresariales, abandonados para probar suerte en el cine donde ejerció fugazmente como ayudante de dirección y después, “pues eso”, letras cultas y bien rimadas, ironía a espuertas y tristeza, melodías elementales interpretadas con voz grave, “gravísima” y acompañadas por una guitarra en tonos mayores, en permanente huida de la nota Fa, “o sea, la difícil” y con cierta propensión, por la falta de reglas, hacia el jazz. Nos dejó su estampa adusta y seria, su compromiso radical en una docena de álbumes entre Valle de lágrimas (1980) y Las diez de últimas (2013), alguno con Sabina y Pérez, además de actuaciones televisivas memorables – Si yo fuera presidente, de Fernando García Tola, entre 1983 y 1985 – y Cd-Dvd de actuaciones en vivo en locales emblemáticos de la transición y la democracia niña y hoy recuerdos nostálgicos o solares arqueológicos. Cantautor de culto “y dedos vertiginosos”, como coñearon sus colegas, censurado en varias ocasiones y encausado por un pintoresco episodio en el que fue acusado de “cocinar un crucifijo”, un texto del profesor Miguel Tomás y Valiente – De mil amores – nos dibuja con rigor y nitidez la personalidad de un madrileño atípico en tiempos difíciles. Hace pocas semanas actuó en el Teatro Leal de La Laguna, donde reunió a viejos incondicionales y a jóvenes ganados por el gancho de este septuagenario que falleció de infarto en su refugio gaditano de Zahara de los Atunes, a dónde acudió puntualmente desde el verano de 1978, “cuando no se bebía agua”.