SABOTAJE AL MONTAJE, ARTISTA URBANO

Matías Mata: “El arte es efímero, como todo en esta vida”

MATIAS MATA SABOTAJE MONTAJE
Foto: Jaime Chinarro

El arte urbano invita a la crítica social, es en gran parte anónimo y no busca el lucro ni implicarse directamente en la política. Como forma de arte es tal vez la más dinámica pero también la más ingrata. Salvo en casos concretos como el artista británico Banksy o el americano OBEY, que se han sumado a los circuitos comerciales de galerías y marchantes, los artistas callejeros con frecuencia son considerados unos marginales que acaban teniendo problemas con las autoridades. En las últimas dos décadas ha habido, no obstante, un profundo cambio de percepción en ese sentido y el arte urbano ha saltado a la palestra con una fuerza inusitada: las galerías hacen retrospectivas, subastas, exposiciones, las universidades lo enseñan y las instituciones lo contratan. Sin embargo, el espíritu rebelde permanece y muchas de las intervenciones siguen estando perseguidas. Su naturaleza perecedera, frágil y en constante cambio no impide que se perfeccione y que se haga cada vez más complejo y espectacular. Pero seguro que sabe de qué estamos hablando. Seguro que se ha topado alguna que otra vez con un enorme retrato pintado en algún muro de tu ciudad. O ha atravesado un túnel cromático. O ha esperado la guagua rodeado de rayos multicolores. Es probable que una palabra haya saltado desde una valla como un lince a sus ojos, algo como “Estafa”, “Corrupto”, “Selfie” o incluso “Amor”, cuando iba conduciendo o caminando. Lo que probablemente no sabe es que todas esas intervenciones son obra de uno de los artistas callejeros más legendarios de Canarias, al principio conocido como WIP y más tarde como Sabotaje al Montaje.

-El otro día iba conduciendo por la autopista del Sur, observando las paradas de guagua multicolores y me di cuenta de que los canarios estamos muy acostumbrados a sus pinturas e intervenciones públicas…

“Sí, las paradas están ahí, las tienes que ver porque no tienes más remedio y lo que está pasando, sin querer, es que se está educando a la población, están viendo colores y formas, en vez de las tonalidades normales que se esperarían para una parada de guaguas…”.

-Hablando de colores y formas, otra que me atrae muchísimo es la del túnel debajo del Puente Serrador, al lado de la Noria, en Santa Cruz.

“Sí, esa es un ejemplo de que quizás en el espacio urbano lo mejor es establecer un diálogo más abstracto, más musical, más de ruido y color y menos de algo concreto que memorizar. Sí es verdad que me gusta retratar a los personajes ilustres de cada barrio, a los que nadie les da importancia, pero me inclino cada vez más a una obra de paso, de color, de movimiento. El mural del Serrador te acompaña cuando caminas, no es necesario memorizarlo. No siempre hay que hacer algo crítico o monumental. Con poner un color ya estás reivindicando un espacio”.

-Sus colores son muy llamativos, muy vivos. Me atrevería a decir que producen alegría.

“Sí, intento que sea como una corriente de aire fresco. Vivimos rodeados de escalas de grises en las carreteras, aceras, fachadas, con esos colores corporativos como el azul y el blanco… Intento ofrecer un arco iris como contrapunto, para refrescar un poco la mirada. Un aperitivo visual”.

-¿Cuándo empezó?

“Empecé en 1990, en el barrio Escaleritas de Las Palmas. Llevo más de la mitad de mi vida pintando en la calle. En aquella época solo era mi nombre, WIP, y un gusano. Con él invadí la ciudad. Fue cuando empecé con el proyecto de intervención social cuando salió el mensaje de Sabotaje al Montaje, hace ya 10 años. En la Península todavía me conocen como WIP. Era la palabra más corta para empezar a bombardear. En aquel momento no me había dado cuenta que sus siglas querían decir “Work in Progress”(“Trabajo en proceso”) y sin embargo es significativo, porque lo que más me gusta es el proceso, no el resultado”.

-¿Le cogió la policía alguna vez?

“Sí. En Las Palmas corrí mucho pero en Tenerife fue donde me cogieron pintando un paso de peatones, en 2001”.

-¿Y qué pasó?

“Fue un domingo y al no haber juzgado de guardia, me tocó pasar la noche en el calabozo. Estaba pintando un paso de peatones de los colores del arco iris, frente a una escuela. Se rieron mucho los policías porque en esa época todavía las intervenciones en el espacio urbano no eran muchas y no entendían qué pretendía. Por esa época empecé con Sabotaje al Montaje. Una cosa llevó a la otra”.

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-¿Ha cambiado mucho la realidad de ese entonces a ahora?

“El espacio público en general ha cambiado mucho. Ahora se ha convertido en un espacio transitorio. Las intervenciones ilegales las hago de día, porque la gente va tan ensimismada mirando el móvil que nadie se da cuenta de lo que estás haciendo, es increíble”.

-De todas formas ahora sus intervenciones suelen estar autorizadas…

“Algunas sí. Para pagar facturas hago proyectos como el de las paradas de guagua o murales, pero en general no se gana mucho. Yo soy más bien un obrero del color y sigo pintando en la calle, ilegal, claro. Todas las vallas publicitarias son ilegales, por ejemplo”.

-A propósito, ¿cómo hace para pintar esas vallas tan altas?

“Me adapté un palo para limpiar piscinas, de seis metros. Y lo hago muy rápido, no estoy más de cinco minutos”.

-¿Qué se consigue con esas intervenciones?

“No sé yo… (se muestra escéptico). Que sean anónimas es muy importante porque siempre buscamos el efecto de ‘yo soy el artista’ que en este caso no está. El otro efecto es el de las opiniones, el despertar (o no) de la opinión pública, la polémica. El arte catalogado como ‘más actual’ podría ser este, por lo efímero. Hay que entender que el arte es efímero como todo en esta vida. No puede ser que un cantante con una canción esté toda la vida sonando. Ni las esculturas de las rotondas. Hay que establecer un diálogo, una dinámica. Un pedazo de metal pierde el sentido después de mucho tiempo. Sin embargo, el arte urbano es dinamismo y diálogo constante. Aparece, desaparece, cambia, la gente pinta encima”.

-Ha pintado por todas partes del mundo…

“Sí. Antes pintábamos un barrio o la ciudad, pero ahora hemos pasado al mundo y los lenguajes están unificados. Yo he pintado por toda la Península y también en Francia, Alemania, Inglaterra, Italia, Senegal, Latinoamérica, Asia y Estados Unidos”.

-Un artista como usted ¿cómo expone? ¿lo ha hecho?

“Sí, alguna vez me han engañado. Pero no es lo mío. El mayor museo que hay es la calle y es para todo tipo de público. Los museos están pensados para un círculo o para un sector de personas aparentemente intelectuales, pero la gente del barrio no va al TEA ni al CAAM. Prefiero regalar las obras. A veces te pagan y es para seguir viviendo, tampoco busco más. Pagar las facturas y seguir viviendo en Canarias. Siempre he luchado por hacer las cosas aquí. Cuando estaba en Madrid o en Barcelona me decían ‘quédate’, pero al final siempre vuelvo. A veces me arrepiento y a veces no”.

-Antes dijo que le gusta más el proceso que el resultado…

“Normalmente todos mis murales de gran tamaño han sido a mano alzada, a ojo; yo no cuadriculo ni proyecto en la pared para pintar un cuadro o un mural. Por eso hago un seguimiento fotográfico del proceso cuando hago grandes formatos: para ver mis errores y aciertos y aprender de ellos”.

-¿No pierde la perspectiva? Si además me dice que no hace cuadriculados, ni cálculos, ni proyecciones…

“He empezado poco a poco, no siempre mis murales han sido tan grandes, los he ido aumentando gradualmente. El ojo se va acostumbrando a las dimensiones, te vas creando una imaginación visual del espacio. Es un proceso que en otras partes valoran mucho más que aquí. Pero la gente quiere ver el resultado final, y yo, simplemente, me lanzo a la pared”.

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-También es sorprendente el hecho de que muchos de sus murales sean horizontales, eso requiere aún más precisión.

“Cuando empecé, en España no había ni 10 personas que pintaran retratos gigantes en las paredes, y tampoco existía el concepto de pintar a desconocidos, a gente del barrio. En determinado momento también empecé a pintar en horizontal, para poder hacer figuras de cuerpo entero sin tener que usar escalera. Me costó al principio, pero al final, como un juego, lo fui consiguiendo. En el exterior me lo han valorado mucho, la verdad, y en Francia en el Primer Concurso Internacional de Artes Urbanas Europeo recibí un premio por hacer ese tipo de murales”.

-¿Para qué sirven esos premios?

(Risas) “Bueno, son golpecitos en la espalda: ‘qué bien lo haces’, nada más. Es como una recompensa imaginaria”.

-Cuando termina un mural, ¿cómo se siente?

“Es como un éxtasis. Como un grito silencioso y una sensación como la de después de vomitar. Me quedo vacío”.

-¿Y cuando lo vuelve a ver?

“Me produce una especie de extrañeza. Normalmente, cuando hago algo no vuelvo a merodear por allí. Pertenece a la gente. Le pueden dibujar encima, rayarlo, lo que quieran”.

-Los artistas callejeros tienen un común denominador y es que la gente no los conoce, no sabe quiénes son, sin embargo entre ustedes hay una especie de vigilancia interna y se siguen muy de cerca…

“Yo me llevo bien con todo el mundo, pero en la calle se matan hasta que maduran y se empiezan a llevar bien. A mí me llaman ‘el abuelo’ porque llevo ya muchos años pintando. He intentado fomentar el que todos pinten, he reunido a todos los canarios una vez en Las Palmas, he hecho varios cursos y talleres…”.

-Hablando de anónimos, Banksy reapareció hace poco en Gaza…

“Banksy vendió muy bien el anonimato pero yo tengo amigos que lo conocen, en el mundillo se sabe quién es. La leyenda es que era muy malo dibujando y por eso hace stencils. Blek le Rat, francés, hizo exactamente lo mismo que él, con la diferencia de que Banksy consiguió ese efecto publicitario al esconderse tan bien. Es un fenómeno extraño el de la fama. Por ejemplo, yo conocía a OBEY, el americano, desde el 98, cuando no era nadie. Pero fue hacer el retrato de Obama y explotó. Ahora vende carísimo, lo mismo que Banksy. Lo irónico es que en Detroit tiene una orden de busca y captura contra él porque además de ser una celebridad sigue haciendo obras ilegales en la calle. Igual lo mismo me pasa a mí…” (risas).

-Podría pintar la cara de Mariano Rajoy…

“No merece ser retratado. Y además, es arriesgado: en Las Palmas hubo un mural con la cara de políticos locales. Al otro día estaba lleno de dibujos encima, todo rayado, con cuernos de diablo, etc. No duró ni un día. Cuando a la gente no le gusta algo, enseguida lo hace saber. Yo intento mantenerme alejado de la política”.

-Pero sus intervenciones en las vallas publicitarias son, en algunos casos, claramente políticas.

“Son sociales. Había alguna más sentimental y personal, pero la mayoría eran “Estafa”, “Fraude”, “Derecho”, palabras que han perdido significado”.

-Tiene un proyecto ahora mismo en Adeje. ¿En qué consiste?

“Es un proyecto multicultural. Se trata de retratar rusos, africanos, ingleses, sudamericanos, etc., todos los que habitan por allí y estoy ahora mismo terminándolo”.

-Estamos más acostumbrados a ver músicos o políticos en murales, pero no a contemplar los rostros gigantes de gente normal… ¿cómo lo llevan?

“En La Palma el otro día hice un retrato de dos pisos. La protagonista no se imaginaba que iba a ser tan grande, se impresionó mucho. Y solo una vez me pasó con un pescador de Fuerteventura, que cuando vio el boceto en la pared, de más de cuatro metros, se asustó, se echó atrás, me pidió por favor que lo borrara. Creo que sus vecinos empezaron a burlarse de él… En Estados Unidos, qué diferencia, todos querían ser retratados, se peleaban por ser los elegidos, querían que me quedara allí para siempre” (risas).

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-¿Fue a Bellas Artes?

“Sí, hice tres años en Tenerife y el último en Cuenca. El título lo tiene mi madre”.

-Le enseñaron arte urbano?

“Qué va. Ahora sí porque está de moda, pero en esa época era muy censurado. El diálogo empezó en 2005 o 2006 en las universidades”.

-La ley está cada vez más dura, ¿verdad?

“Sí, hace poco querían condenar a una chica a dos años de cárcel por haber escrito “60 por ciento de paro juvenil en Canarias”. Pero bueno, ahí está la hipocresía, el montaje de la sociedad”.

-¿Por qué Sabotaje al Montaje?

“Porque el montaje es la sociedad en la que vivimos y hay que sabotearlo. Es difícil pero hay que luchar. Si no protestamos, si no nos manifestamos, hay una uniformización brutal de la sociedad. Yo saboteo con el color”.