La mujer en la sociedad africana

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SALVADOR AZNAR

Las mujeres de África son las que más trabajan en el mundo actual, aunque lo que ellas hacen no está inserto dentro de la economía formal. No obstante, si todas las mujeres desde El Cairo hasta la Ciudad del Cabo, decidiesen dejar de trabajar durante solo una semana, toda la economía de África se vendría abajo”

Estas palabras, pronunciadas por Hilary Clinton durante su intervención en uno de los actos celebrados durante su viaje a Etiopía en el año 2011, resumen a mi entender el fundamental papel, la mayoría de las veces no reconocido, que la mujer africana tiene con respecto al funcionamiento de su sociedad.

Es innegable que a día de hoy siguen siendo muchas las comunidades repartidas por los cuatro continentes, en las que la situación social de la mujer permanece en inferioridad con respecto a la del hombre en muchos aspectos de la vida familiar, cultural y política. Esta evidente condición de desigualdad, sigue manifestándose de manera muy patente en la mayoría de los países de África.

Actualmente, a pesar de que la actividad realizada por las mujeres africanas en los diferentes ámbitos sociales, económicos y culturales de sus países, son notables e imprescindibles, su participación en las decisiones y puesta en marcha de las estructuras gubernamentales de las diferentes comunidades donde residen, sigue permaneciendo en notable estado de invisibilidad.

El papel de la mujer africana sigue estando fuertemente condicionado por las costumbres culturales y los preceptos religiosos que la relegan a las labores del cuidado de la casa y de los hijos. En los medios rurales, estas actividades se incrementan con la plena dedicación a las labores agrícolas y del cuidado del ganado doméstico, mientras que los hombres emplean su tiempo en reunirse entre ellos para tratar los asuntos de la comunidad.

La influencia de la comunidad y de la familia sigue siendo la piedra angular sobre la que se sustentan estas sociedades rurales, donde la mayoría de las decisiones, incluidas las matrimoniales, están supeditadas a las decisiones parentales y familiares. La educación también es un factor de desigualdad, siendo la escolarización femenina, en la mayoría de las comunidades, inferior a la masculina.

Pero por fortuna, podemos observar que esta situación tan desfavorecedora que afecta a las mujeres del continente africano, está comenzando a revertirse en los últimos años debido al crecimiento comercial e industrial que están experimentando muchos países y en los que la participación de la mujer, se está desarrollando de manera más activa en muchos de los campos culturales, profesionales y hasta políticos en los que hasta hace muy poco, tenían  restringido el acceso.