soliloquio

Novayaaserqué

Se lo digo o se lo cuento ¿Quién nos iba a decir que ya metidos en el verano con sus noches largas, nos iba a preocupar el asunto de Grecia, el FMI y el monopoly de marras? Vaya gentuza la del dinero por el dinero, me refiero a fondos buitres, de amortización, de inversiones, de estrangule y de qué sé yo. Primero te desconsuelan pasándotelo por las narices, luego te lo dan o te dan de aquella manera imposible de devolver, y, por último, le dan vueltas al tornillo hasta que sudas aun siendo de platino iridiado como el metro de París.

El caso es provocar la bancarrota o fase final, proceso que expresa el fracaso individuad o colectivo. No se trata, por lo tanto, de una insolvencia pasajera o parcial, sino de una situación tal en que la misma ya no encuentras financiación ni crédito capaz de amortizar lo debido. O sea que, sudoración y noctambulismo. En este estado de cosas uno tiene que escuchar lo que no está en los libros. Así las cosas, en un importante número de personas surge lo que he dado en denominar, un palabro: el novayaaserqué, según mi diccionario, un salpicón, por lo del verano, de miedo, susto, desconfianza, hurguismo, reojo, y silencio elocuente frente a todo; la banca, el estado, el gobierno, la UE, la ONU, la administración, etcétera. Lo único que nos queda para sonreír son las personas y su solidaridad.

Este fenómeno psicológico hemos de hacer por cambiarlo este verano por: confianza, audacia, calma, cañas, dominó y ganas. Para lo cual ayudaría entre otras lecturas la de la encíclica del papa Francisco, Laudato si -Alabado seas, tomada del cántico de las criaturas de San Francisco de Asís-, la: /w2.vatican.va/content/dam/francesco/pdf/encyclicals/documents/papa-francesco_201 50524_enciclica-laudato-si_sp.pdf, escrita así resulta más familiar. Leerla me ha dado tal placer que la leeré frente al mar mirando al horizonte desde Macondo: “El Papa urge a la política a liberarse del yugo del poder económico, y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia”. Ahora falta que cambie lo esencial. Porque, mientras no cambien las leyes que deben cambiar, nada ha cambiado.

En Mi jardín prohibido, de Borges, reza: “Dime por favor por qué camino, podré yo caminar, sin ser tu huella; dónde podré correr no por buscarte, y dónde descansar de mi tristeza”. De mi cosecha: “…para, por fin, poder respirar”. A seguir veraneando aunque sea en la ducha, seamos dignos, leamos y vivamos.