Domingo Cristiano

El Papa no es verde – Por Carmelo J. Pérez Hernández

No creo que el papa Francisco no es verde. De la manera tradicional, no: en ese sentido, más bien es ecológicamente incorrecto. Me explico. En Laudato si, su reciente encíclica sobre el estado del planeta, no se permite el más mínimo rasgo de populismo: no hay propuestas utópicas, sino sólidamente exigentes y arriesgadas; no privilegia la materia inerte o la vida animal sobre lo humano, sino que a todos concede la dignidad que les es propia… El Papa no escribe para digerir un berrinche, ni se abandona a la hostilidad irresponsable. Y no deja títere con cabeza cuando señala a los responsables de la degradación medioambiental, que son muchos más que los culpables de siempre. Somos todos, afirma. Yo diría que Francisco ha inventado una forma de ser verde. Y empieza por los de casa, a quienes envía un mensaje inequívoco: “Los cristianos descubren que sus deberes con la naturaleza y el Creador forman parte de su fe”, sentencia. Por eso mismo frece su mano a todos los hombres para colaborar en la restauración de “nuestra casa común”. Esta nueva manera de experimentar el mundo y las “situaciones que provocan el gemido de la hermana Tierra” es revolucionaria si se entiende en toda su profundidad. Viene a decir que la naturaleza y los seres humanos somos uno. Juntos nos parieron, al mismo tiempo nos hemos desarrollado, de la mano avanzamos y retrocedemos: “El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a las causas que tienen que ver con la degradación humana y social”, es la clave que ofrece Francisco. Quizá sea esta exigente interpretación lo que esté detrás del frío entusiasmo con el que el lobby verde ha acogido el texto del Papa, que propone un compromiso global: “Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada”, diagnostica el Papa. Los hombres nos hemos equivocado, asegura el Pontífice. La Tierra no se nos dio como posesión, sino como tarea. Al abusar de ella cometemos un pecado que compromete el desarrollo de las generaciones venideras: “Podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad”, se lamenta. Es el mismo endiosamiento que pervierte las relaciones humanas: “Cuando no se reconoce el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad, difícilmente podremos escuchar los gritos de la naturaleza”, afirma. “No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada”, grita Francisco. Podemos seguir jugando a cuidar nuestras pequeñas huertas o podemos aprender a mirar el mundo con ojos nuevos. De nada sirven las flores si sólo adornan la tumba de generaciones y generaciones de hombres tristes, injustamente tratados, expulsados del bien común y del bienestar compartido. La ecología sin fecha de caducidad es mucho más que ser verde: es “la experiencia de una conversión, de un cambio del corazón”.

@karmelojph