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Vida y muerte de John Palmer, el ‘cerebro del robo del siglo’

John Palmer. | DA
John Palmer. | DA

Hace 30 años sonó por primera vez en Tenerife el nombre de John Palmer. Antes de que creciera como la espuma su leyenda de mafioso escurridizo para la ley y de que apareciera en un ranking de la BBC junto a la reina de Inglaterra entre las mayores fortunas de su país, era -aquellos días de febrero de 1985- un simple turista inglés de 34 años, de vacaciones en la Isla con su familia, que no sabía que estaba en el ecuador de su vida. Pero una mañana de entonces su foto saltó a los rotativos londinenses. Mi primer contacto con él fue en una búsqueda a ciegas, sin más pista que su foto en la prensa y un incierto paradero en el Sur.

En uno de los hoteles de Playa de las Américas, tras varios intentos fallidos, un golpe de suerte nos condujo a un hombre sentado en un rincón conversando con otro. “¿Usted es John Palmer?”, tiré barro a la pared. “Sí”. Así de sencillo. Casi 15 años después, en 1999, en el despacho del sur tinerfeño donde dirigía su imperio, como si no se hubiera movido del sitio, se permitió esta broma vanidosa conmigo: “Ya ves, tú sigues siendo periodista, y yo soy todo un hombre de negocios”, cuando estaba a punto de ser juzgado por el fraude del tiempo compartido y de ingresar en una cárcel británica para pasar cuatro años a la sombra.

En el 99 ya llevaba tres lustros residiendo regularmente en la Isla y estaba cambiado, sin la ligera melena del 85, más grueso, a punto de cumplir 50 años y rodeado de acólitos. Aparentemente, capitaneaba una organización no muy transparente, que contaba con guardaespaldas y matones, y las cuatro cámaras de seguridad de su despacho, a las que no quitaba ojo de encima, ponían de manifiesto que en su propio feudo no se sentía seguro. En el jardín de su casa en Essex, una lujosa propiedad en su pueblo de Brentwood, un pistolero acabó con su vida el 24 de junio convaleciente aún de una operación. John Edward Palmer, alias Goldfinger (Dedo de oro), tenía 64 años.

Aparentemente, capitaneaba una organización no muy transparente, que contaba con guardaespaldas y matones

Cuando lo conocí en 1985 era un joven joyero 30 años más joven, correcto, serio, que se preocupaba de sonreír de cuando de cuando para parecer amable, y quedaba absorto, con la mente en otra parte. En las fotos que le hicimos junto a su esposa, Mornie y sus hijas Sarah, entonces de seis meses, y Ella, de siete años, no lograba disimular su ensimismamiento. Aquel carrete fue pasto de los medios internacionales, pues tenían un alto valor informativo: captaban al incipiente gangster en el momento de saltar a la fama, pillado en su escondite, tras esquivar el anzuelo de Scotland Yard, y el diario para el que trabajábamos, El País, dio rienda suelta al scoop al día siguiente. Aún estaba lejos la era digital. Con todo, Palmer nunca fue un socialite-ladrón de cuello blanco; guardó celosamente su vida privada. El cuadro familiar del presunto cerebro del robo del siglo no difería del de otras familias de turistas inglesas que frecuentan el sur de Tenerife. La policía acababa de asaltar su casa de Bristol para intentar detenerle y, según nos dijo, la había puesto patas arriba. “Me han destrozado la casa y voy a pedir daños y perjuicios”, se permitió la osadía.

SCOTLAND YARD, FRUSTRADA
En los 30 años de negocios turbios de Palmer, Scotland Yard le pisó los talones tratando infructuosamente de demostrar su participación jerárquica en el atraco a mano armada de media docena de hombres encapuchados (con la complicidad del guarda jurado Anthony Black, que facilitó la copia de la llave de la puerta principal y fue la espoleta del robo con una llamada telefónica a la banda: “Hoy, a pescar”) en los hangares de la empresa de seguridad Brink’s-Mat, en el aeropuerto de Heathrow (Londres), el 26 de noviembre de 1983, sábado, a las 6.40 de la mañana. Rociaron con gasolina a los vigilantes bajo amenaza de prenderles fuego con fósforos si se movían y no revelaban la combinación de la bóveda de seguridad. De ese modo expeditivo lograron llevarse más de tres toneladas de oro (6.800 lingotes), embalado en 76 cajas de cartón y dos cajas de diamantes y platino, así como dinero en efectivo, todo valorado alrededor de 30 millones de euros. “Sin disparar un solo tiro”, subrayaron las crónicas del atraco, que enseguida rivalizó en el palmarés mediático del género con el asalto al tren de Glasgow. Los ladrones vieron mejoradas sus expectativas con creces: pensaban que el botín sería sensiblemente inferior cuando se encontraron una mina. ¿En realidad, fue una chapuza? Los acontecimientos posteriores lo desmienten, pero el desarrollo del hurto no parece un alarde de pericia: pensaban tardar unos minutos y retirarse con unas sacas de dinero en efectivo y tuvieron que pedir una furgoneta para llevarse el inesperado tesoro.

Brink’s-Mat pensaba enviar todo el oro (propiedad de la compañía Johnson Matthey) a Hong Kong a la mañana siguiente. Los minutos se convirtieron en dos horas de carga y descarga. La policía creyó siempre que eran una banda de los bajos fondos de la fraternidad meridional del crimen londinense, inhábil con el oro. Y que ahí entraron en acción Palmer y una constelación de personajes experimentados en metales preciosos. Los mercados del oro reaccionaron al robo disparando los precios, lo que, a su vez, multiplicaba el valor del botín. Buena parte del alijo permanece sepultada, pese a las recompensas ofrecidas; el resto se puso en circulación entre las joyas de lujo que muchos ciudadanos adquirieron en el Reino Unido después del 83, año del robo. Algunos ladrones audaces falsificaron de inmediato barras de tungsteno como si fueran lingotes del robo estelar. Varios asaltantes consiguieron eludir su responsabilidad. Una de las más largas y millonarias investigaciones policiales en Gran Bretaña no evitó un sentimiento de frustración por los cabos sueltos.

Los cabecillas mediáticos de los robos del siglo, Palmer y Ronald Biggs, compatriotas, crearon escuela. Biggs y su banda robaron 2,6 millones de libras esterlinas del tren postal, que equivale a unos 40 millones de libras actuales, y adquirió fama al escapar de la cárcel y refugiarse, por último, en Brasil. Palmer, según sostenía Scotland Yard sin la prueba de oro, fundió todo o parte del metal saqueado y huyó a Tenerife, su Brasil insular. El asalto de Biggs y el de Palmer, ambos disputándose el entorchado del robo del siglo, se produjeron con 20 años de diferencia: en 1963 y 1983, respectivamente, como obedeciendo a un régimen de ciclos. El caso de Biggs, que se hizo la cirugía estética, contrasta, con el de Palmer, que daba la cara. Frío y calculador, desafiaba personalmente a Scotland Yard (“no me dejan ni a sol ni a sombra, pero no tienen pruebas contra mí”) y nunca quiso evadir la acción de la justicia.

Los cabecillas mediáticos de los robos del siglo, Palmer y Ronald Biggs, compatriotas, crearon escuela

En el 99, cuando acompañé a verlo a los periodistas Jaime Pérez Llombet y Pablo Ordaz para El País, nos mostró una montaña de documentos sobre su escritorio. “Ahí está mi caso. Me voy a defender solo”. Era el expediente de las denuncias por fraude en el time sharing a 20.000 turistas, en el que invirtió y ganó mucho dinero, y a cuyo juicio se presentó sin abogado: le cayeron 8 años de cárcel (cumplió la mitad como “preso modélico”) y una fuerte multa.

EN EL ‘RANKING’ DE LA REINA
¿Cuál era su secreto? ¿Qué idea guiaba sus actos en la vida? Hacerse rico a toda costa. Sus amigos de juventud conocían esta obsesión. Y alcanzó esa cornucopia con la máxima de Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Su fortuna en 2004 era calculada en más de 600 millones de euros (otras estimaciones la multiplican por dos), y en la lista VIP de los más acaudalados de su país, junto a la propia reina Isabel II de Inglaterra, asomaba la cabeza nuestro vecino del sur, el cerebro del robo del siglo.

“Mira”, me dijo, señalando en la pared, “mi sueño es este, Europa del Este, Rusia”. Era la foto de una de sus agencias de viaje en Moscú. Amasar dinero y que se sepa, cabría inferir de su estilo suntuario de vida, entre yates y castillos. El helicóptero de Palmer pedía permiso para posarse en el muelle de Santa Cruz, donde solía atracar su vistoso yate, como hiciera el magnate de la prensa también británico de origen checoslovaco, Robert Maxwell, antes de morir hace 25 años en extrañas circunstancias en aguas de las islas. El Lady Ghislaine, de Maxwell (Ciudadano Max, en la novela de Alberto Vázquez Figueroa), era la estampa de un hombre de origen modesto que besó el cielo y cayó en el infierno de las deudas funerarias. Probablemente, lo mataron para que no hablara. A Palmer le agujerearon el pecho de un disparo certero (que a médicos y policías se les pasó por alto hasta hacerle la autopsia una semana después), a la espera de otra condena eventual por los delitos de España en lo que se ha dado en llamar la maldición de Brink’s-Mat: una racha sospechosa de lutos.

Había nacido en Birmingham. Cuando a los 14 años lo abandonó su padre, dejó el colegio y ensayó varios oficios: fue vendedor en un mercado y se metió a trabajar en la construcción, pero enseguida puso a prueba su instinto de supervivencia: comenzó a vender parafina de puerta en puerta, luego comerció con chatarra y, finalmente, creyó encontrar un filón en la compraventa de coches de segunda mano y de casas remozadas. Empezó con 200 libras de capital: compró la primera vivienda, con la que especuló con éxito. Hasta que se hizo joyero y tocó con sus manos, por fin, el oro. “Recuerda la regla de oro: quien tiene el oro, hace las reglas”. Este lema circula en el gremio de Palmer. Preguntado en la visita del 99 si se consideraba un mafioso, respondió mirando a las cámaras de seguridad, rodeado de sus mascotas, un cocodrilo disecado con gafas de sol y una Harley Davidson mayestática: “Los mafiosos no trabajan… Debo de ser un mafioso muy torpe”.

El 2 de febrero de 1985 yo no sabía quién era John Palmer. Tenía su foto en la primera página de un diario británico y el encargo de localizarlo para El País. Como quienes buscan una aguja en un pajar, a mi hermano Martín, al volante, le tocaba saltar de un hotel a otro, y a mí recorrer los vestíbulos y hacer preguntas en la recepción. No recuerdo en cuántos intentos erramos, pero sí tengo presente el momento del hallazgo. Martín detuvo el coche, yo salí una vez más como una flecha y entré en un cuatro estrellas de Playa de las Américas. No vi a nadie que me llamara la atención, y ya me disponía a salir con cierta rutina, cuando antes de llegar a la puerta creí ver en un rincón a Palmer de espaldas. Tuve esa intuición insólita. Llegué a tocarle el hombro para que se girara y le hice la pregunta en español: “¿Usted es John Palmer?”. “Sí”, respondió. Martín llegó enseguida con la intérprete y fijamos una cita de la manera más convencional: “Dentro de una hora, en la cafetería”, dijo y reanudó su charla.

A Palmer acababan de darle una mala noticia por teléfono: “La policía ha entrado en tu casa para registrarla”. Y en ese momento cobró conciencia de que se le consideraba la equis del robo cometido en Heathrow. Palmer iba a echar raíces en la Isla, donde haría inversiones, amistades influyentes y forjaría su leyenda, tras conseguir -según una de las teorías- trasladar buena parte del botín a España en una ambulancia, en conexión con algún cómplice. Palmer sería expulsado de Canarias el año siguiente, no en virtud del nuevo tratado de extradición hispanobritánico, que carecía de efecto retroactivo, sino en aplicación de un subterfugio de la Ley de Extranjería.

“Los mafiosos no trabajan… Debo de ser un mafioso muy torpe”

EL OFICIAL APUÑALADO
En la Isla, durante sus primeros 15 meses de estancia, hizo contactos con dirigentes locales, aunque nunca se sintió aceptado. Al ser exculpado en su país y quedar en evidencia Scotland Yard en sus cargos contra él, se dijo que sería indemnizado. Tanto Palmer como Clifford Eric Saxe, involucrado en otro robo británico espectacular (perpetrados el mismo año con siete meses de diferencia), gozaban de cierta permisividad en España, por el citado vacío legal en las devoluciones desde el 78, hasta que en esos días se firmó el acuerdo. Palmer pisó la cárcel en 2001, en su país, por estafas en el time sharing, durante lo cual el juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón ordenó la detención de 11 personas de su entorno por la misma actividad y otros delitos, entre ellos la extorsión.

El joyero entró y salió de la historia del crimen rodeado de otras muertes antes de que llegara la suya el mes pasado. El asesinato de un policía había precipitado los acontecimientos cuando dimos con él la primera vez. Se trataba del famoso agente de Scotland Yard John Fordham, que había descubierto los hilos de la trama y fue apuñalado en la casa de uno de los implicados en el robo del oro, Kenneth Noye. Sorprendido en el jardín cuando vigilaba a Noye, este estuvo más rápido que él. Admitió haberlo ensartado con ensañamiento en defensa propia, y fue declarado inocente, pero, a continuación, no evitó pasar una larga temporada entre rejas como receptador de parte del botín. Entonces, fiel a un carácter temperamental, abroncó al jurado: “Espero que todos ustedes se mueran de cáncer”. A este personaje irascible que empezó de vendedor ambulante y se hizo rico con malas artes, le perdió su afición a matar. Como al agente Fordham, años después, acuchilló a un motorista en una reyerta en la carretera, que, herido mortalmente en hígado y corazón, anotó su matrícula en la cuneta y arruinó su historial de coartadas para siempre: ocho hombres y cuatro mujeres, sin miedo a los agüeros del reo, lo condenaron a cadena perpetua.

Hombre clave en el espionaje criminal de Scotland Yard, la muerte de Fordham desató la ira del cuerpo y fueron detenidos numerosos sospechosos. En aquellos días de batida, la policía acordonó barrios de Londres, Bath, Bristol y Swindon, y Palmer levantó el vuelo y confió en su sangre fría. En la cafetería del hotel no estábamos solos. Enseguida se congregaron los periodistas ingleses que seguían el rastro del hombre más buscado en el Reino Unido. Pusieron caras de sorpresa al vernos y se miraron entre ellos. Nuestra presencia amenazaba el coto cerrado de una noticia genuinamente inglesa que daría la vuelta al mundo. En la foto que abrió El País el 3 de febrero, cabizbajo, Palmer parece pensativo, mientras sujeta a la bebé junto a su esposa, ella sonriente bajo una melena rubia con un vestido claro. “No tengo nada que ver”, señaló con todos los indicios en contra, cuando ya habían caído por la misma causa su antiguo socio Garth Chappell y siete personas más: James Harvey, Lee Groves, Terence Patch, Thomas Adams, Matteo Constantino, Kenneth Noye y su esposa.

“La gente cree que yo era un muerto de hambre y que con el robo del siglo me hice rico. Pero en 1983 yo tenía cinco joyerías y una fundición”. El testimonio, correspondiente al encuentro del 99 con El País en su despacho, en un contexto diferente al joven turista de la cafetería del hotel, revelaba el quid de la cuestión: la famosa fundición de Palmer. No negaba haber fundido oro, incluso es posible que todo el cargamento del robo -según le dijo al juez en 1987-, pero desconocía el origen del metal que trataba por encargo de los clientes. ¿Existe el robo perfecto? Este no lo había sido, desde luego, pues la policía no tardó en desenredar la madeja (si bien el blanqueo del dinero sí respondió a una sofisticada ingeniería en paraísos fiscales, bancos bozales y plazas turísticas, como Isla de Man, Islas del Canal, islas Vírgenes, Las Bahamas, Suiza, Liechtenstein y localidades costeras de España), pero el caso de Palmer, hasta su muerte, alentaba, sin duda, la idea mitificada por los delincuentes de poder irse de rositas.

Nada más pisar la calle, varios de los periodistas ingleses corrieron detrás de nosotros para sustraernos la cámara y el material fotográfico con las fotos del ladrón del siglo

La pista de la fundición era la más sólida para dar caza al joyero inglés. ¿Cómo consiguió convencer al tribunal con la cándida versión de “no saber nada del robo”? A mediados de los 70 había conocido a Chappell y crearon la sociedad anónima Scadlym Ltd. para comercializar oro disuelto. La planta de fundición estaba camuflada en Battlefle 1 ds, cerca de Bath, al oeste de Gran Bretaña, la mansión del siglo XVII, propiedad de Palmer, que le había costado 150.000 libras de la época. Le preguntamos por qué la ocultaba, y nos dijo que “por razones de seguridad”, y que por esa misma circunstancia el lugar estaba dotado de un sofisticado equipo electrónico que, incluso, acababa de acoplar al teléfono de la vivienda con un aparato para grabar llamadas anónimas. Y supimos algo más, que Palmer fundía oro en grandes proporciones y que solía hacerlo con su socio Chappell, incluso, de madrugada. Los vecinos, a veces, escuchaban ruidos en la planta y eran testigos del tránsito nocturno de camiones cargados que conducían el oro al horno de Palmer. Una de las lagunas de este caso favoreció descaradamente al joyero durante 14 meses. La policía no registró su casa, en la que un matrimonio -los Poulstons- aseguraron haber presenciado cómo fundía oro en una cabaña de su jardín trasero dos días después del robo. Los agentes se inhibieron “por unas yardas”, alegando que la vivienda quedaba fuera de su jurisdicción y debían traspasar la denuncia a la siguiente estación policial. Nadie interrogó nunca a los Poulstons, que aspiraban a la recompensa, y más de un año después fue cuando, finalmente, Scotland Yard entró en casa de Palmer. Para entonces, él y su familia estaban en Tenerife, y en la cafetería del hotel echaba balones fuera.

Luego rompieron la sociedad Palmer y Chappell, pero siguieron siendo amigos, y el segundo cayó en manos de la policía en los días que lo abordamos en el hotel. Finalmente, tanto Chappell, como el citado vigilante Anthony Black, de la empresa Brinks Mat, y varias personas más fueron condenados por la justicia británica. Durante todos estos años ha cobrado cuerpo la teoría de la maldición de Brink’s-Mat. Varios sujetos, relacionados directa o indirectamente con el robo han muerto acribillados en distintos países y momentos, la mayoría por un método convencional: el pistolero llama a la puerta, y la víctima recibe el tiro a bocajarro, y en ocasiones también su mascota.

Nos miró provocando un silencio para dar por terminadas las declaraciones en la cafetería del hotel en febrero del 85. Nos levantamos y dimos media vuelta. Pero aún no había acabado todo. Nada más pisar la calle, varios de los periodistas ingleses corrieron detrás de nosotros para sustraernos la cámara y el material fotográfico con las fotos del ladrón del siglo. Hubo forcejeos y discutimos. Por suerte, la cámara permaneció en nuestro poder y cuando entre ellos surgieron las primeras discrepancias sobre sus modales, aprovechamos para darnos a la fuga. Todo guardaba una cierta lógica de rapiña.