AVISOS POLÍTICOS

Con la que está cayendo

La expresión coloquial española, que da título a este artículo, ha tenido una aplicación literal meteorológica durante el mes de agosto que ahora termina con las tormentas de verano que hemos sufrido. Pero, al mismo tiempo, ha tenido también una aplicación figurada en la política española; una política cuya dinámica frenética ni siquiera ha respetado el tradicional descanso veraniego, y que todos los días nos ofrece lamentables ejemplos de los desmanes que, como era de esperar, cometen los antisistema introducidos en el sistema. Nombran a sus parientes y amigos sin cualificación para cargos excelentemente retribuidos; amenazan con agresiones físicas y las perpetran; conculcan derechos y libertades; insultan y calumnian; vulneran la legalidad; paralizan proyectos económicos que hubieran producido beneficios sociales y puestos de trabajo. Y todo ello desde la impunidad de sentirse titulares de la única legitimidad política válida, aunque ni son demócratas ni consideran la democracia y las instituciones democráticas como un fin en sí mismas, sino como meros instrumentos para alcanzar el poder, para usar y después tirar. Desde que Hitler ganó unas elecciones democráticas hay multitud de ejemplos donde escoger. Algunos de estos antisistema, incluso, dan muestras de una patética ingenuidad, como ese diputado de Podemos que reconoció que usaba los billetes de avión que le proporciona el Parlamento canario para asistir a reuniones partidistas en Las Palmas. Si alguien del Partido Popular hubiera cometido uno solo de tales actos, hubiesen ardido las calles y las redes sociales. Pero, claro, si los autores son los que son, no pasa nada.

En este contexto, con la que está cayendo, al ministro del Interior no se le ha ocurrido otra cosa que recibir en su despacho oficial a Rodrigo Rato, que ha sido titular de cargos como vicepresidente económico del Gobierno, director gerente del Fondo Monetario Internacional y presidente de Bankia, y que actualmente está siendo investigado por la Agencia Tributaria y se encuentra imputado por la comisión de presuntos delitos monetarios. Sin entrar en su culpabilidad o no, es preciso reconocer que Rato ha sido víctima de la llamada pena del Telediario, con difusión de imágenes y fotografías vulneradoras de su derecho al honor y a su propia imagen, y víctima también de un auténtico linchamiento social y periodístico, fruto del cual son los más de cuatrocientos mensajes en las redes sociales con gravísimas amenazas de muerte para él y para su pareja. Y precisamente el objeto declarado de su reunión con el ministro fue su seguridad.

La seguridad de Rato y de su entorno familiar es un asunto de la mayor importancia y la máxima prioridad, por supuesto. Justamente el linchamiento social y periodístico del que ha sido víctima; las gravísimas amenazas de muerte por parte de radicales y antisistemas; la naturaleza de los cargos que se le imputan, que ha llevado a muchas personas presuntamente perjudicadas por sus decisiones financieras a hacerle responsable directo de su infortunio personal, son circunstancias que diferencian el problema de su seguridad del de otro ciudadano cualquiera. Ahora bien, esto por si solo no justifica la reunión con el ministro. Para organizar un dispositivo especial de protección, que complementara el que ya tiene como antiguo vicepresidente, bastaba con una discreta reunión a menor nivel y fuera del Ministerio, con el secretario de Estado correspondiente y hasta con un director general. Y si se trataba de reunirse con el ministro, el responsable de Interior posee recursos sobrados para celebrar una reunión clandestina, en un piso franco o en otro lugar secreto, a prueba de periodistas y de informadores. Porque era cuestión de tiempo que El Mundo o cualquier medio descubriera lo sucedido. La reunión con el ministro en la sede ministerial a la vista de todos solo puede ser entendida desde el supuesto de que tiene un efecto de imagen y de símbolo del apoyo público e irrestricto del Estado a la seguridad del antiguo vicepresidente. Y, además, desde el supuesto paralelo de que fue exigida e impuesta al ministro por el propio Rato, que guarda información y elementos suficientes para chantajear al Gobierno y hasta a su presidente.

El chantaje de Rato es la única explicación coherente y plausible de lo sucedido, y, sin embargo, nadie la ha utilizado ni a favor ni en contra del ministro. Por el contrario, desde el propio ministro y el Partido Popular se han esgrimido otras explicaciones, que resultan increíbles, inverosímiles o disparatadas. Por ejemplo, el ministro ha hablado de política de transparencia, de luz y taquígrafos, cuando sabía que la oposición iba a pedir su cabeza y que su actuación comprometía al partido. La vicesecretaria de Estudios y Programas ha dado por zanjada la polémica admitiendo que el ministro pudo pecar de ingenuidad, aunque actuó de buena fe. La buena fe puede llegar a suponérsele, pero es muy difícil imaginarse a un ministro del Interior ingenuo. Otros populares, entre ellos el derrotado anterior presidente de Extremadura, han sido más contundentes, y han hablado de actuación improcedente e irresponsable. Es decir, que la que está cayendo cae también dentro del partido. Se ve que las elecciones se acercan.