NOMBRE Y APELLIDO

Daniel Rabinovich

Hijo de un prestigioso abogado penalista de origen judío y de una reputada concertista de piano, cambió su profesión de notario en su Buenos Aires por los escenarios nacionales e internacionales y, durante cuarenta y ocho años, probó su vocación principal y sus notables dotes musicales con canciones, baladas y temas folclóricos de exquisita armonía pero, de modo especial, con boleros, ácidos y azucarados, de alambicadas, irónicas y sarcásticas letras y formal y conceptualmente irreprochables; fue, además, un virtuoso del violín y la guitarra, que luego extendió esas capacidades a insólitos instrumentos de viento y percusión como la Gaita de cámara, el Calephone y la Bass-pippe a vara. Abrió y cerró espectáculos con entradas y presentaciones inauditas -cócteles de “reflexiones de mero sentido común y obviedades de la calle”- y con los indispensables y celebrados monólogos que le popularizaron en América y Europa. Con el ceremonioso Marcos Mundstock -antiguo locutor y comentarista de música clásica- mantuvo diálogos surrealistas de absoluta oportunidad y rotunda autocrítica (el último en la función Lutherapia, 2012-2013) que constituyeron una clave de identificación del grupo musical de mayor proyección en el mundo de habla hispana. Daniel Abraham Rabinovich Aratuz (1944-2015) se integró desde el primer momento en el proyecto del arquitecto Gerardo Masana (1937-1973), junto al citado Mundstock, Jorge Maronna y Carlos Núñez Cortés, porque Les Luthiers nació como cuarteto en 1967, en algún momento llegó a sumar siete componentes y, en la mayor parte de su recorrido, se constituyó como quinteto, definido por Neneco como “un matrimonio de cinco señores que, en lugar de parir chicos, paren espectáculos”. Fue siempre el que mostró las mayores y mejores facultades actorales -trabajó también para el cine, desde 1983 hasta 2012, y varias series televisivas en Argentina- y presumió siempre de “interpretar lo ajeno por manifiesta incapacidad para fabular sobre las convenciones cotidianas” y publicó dos interesantes libros de relatos, Cuentos en serio y El silencio del final, con críticas favorables. Una afección cardíaca que se complicó a comienzos de 2015 cerró su biografía. Según uno de sus innumerables amigos, “su talento sólo se podía comparar con su bonhomía, su lealtad y su extraordinario sentido del humor”, donde se fundían las mejores influencias de los Hermanos Marx, Jerry Lewis, Peter Sellers y Cantinflas, catalizadas por su sensibilidad enorme. “Hagamos la risa y no la guerra”, decía al término de las ruedas de prensa.