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De Las Eras a Venezuela

Faustino Rodríguez, el pasado jueves, junto a su casa en Las Eras. / DA
Faustino Rodríguez, el pasado jueves, junto a su casa en Las Eras. / DA

Faustino Rodríguez Díaz, de 85 años, mira la vida desde un banco en la puerta de su casa, en Las Eras (Fasnia). Allí se pasa todos los días “y también todas las noches”, apostilla con una media sonrisa dibujada en su rostro de viejo marinero. En su cabeza se agolpan historias que tienen un denominador común: el mar. Es todo un personaje en este pequeño caserío pesquero, situado en el límite de Fasnia y Arico. Montó el primer bar y en él vendió pescado fresco durante casi tres decenios. En 1949, cuando no había cumplido todavía los 20 años, embarcó con su lancha El Teide a casi una treintena de jóvenes en un velero que partió hacia Venezuela, en uno de los viajes furtivos más épicos que se recuerdan de los llamados barcos fantasma hacia América.

La historia de Faustino presenta similitudes con la de Gregorio Fuentes, el célebre pescador lanzaroteño que inspiró a Ernest Hemingway en El viejo y el mar. Él mismo corroboraría aquellas palabras del escritor norteamericano para referirse al protagonista de su obra: “El hombre no está hecho para la derrota; puede ser destruido, pero no derrotado”.

Nos atiende en su banco junto a la puerta abierta de su casa, una humilde vivienda terrera pintada de blanco y verde. En compañía de dos familiares, comienza el relato de aquel sonado episodio muy recordado en Las Eras.

“El embarque lo hicimos de noche y aprovechando un poco de luna. Los de la compañía estaban por aquí un día antes, organizando la cosa. Yo tenía mi lancha en donde le dicen el embarcadero; de allí salí con grupos de hasta ocho personas y las provisiones para el viaje; los iba llevando al velero, que esperaba cerca de la costa, y que había venido de Las Palmas. Teníamos que embarcar cuando aflojara el viento, porque el viento era un problema con la vela”, recuerda.

Pero aquella no fue una labor fácil, ni mucho menos. La Guardia Civil, que vigilaba la costa tratando de impedir aquellas salidas nocturnas, irrumpió en la zona y estuvo a punto de abortar los planes. “En el tercer viaje, cogiendo a los muchachos en el risco, apareció una patrulla y llegó a pegar dos o tres tiros al aire en el momento en que embarcábamos. No pudimos cargar toda la comida. No nos dio tiempo. Requisaron varios sacos de papas, carne y naranjas”, comenta.

Pero las complicaciones aumentaron al salir por la punta del risco: “El responsable de la compañía del velero empezó a gritar: “Venga, venga, que está la Guardia Civil”; menos mal que fuimos hacia abajo y no alcanzamos. Le dieron dos tiros al barco, uno en la chimenea de la cocina y otro a la vela”.

Recuerda que el pasaje que transbordó provenía de la comarca: “Eran chicos de por aquí, de toda esta zona, hombres todos, porque aquí no había más nadie. Querían irse, aquí no tenían ningún futuro”.

La travesía fue una odisea y la llegada a su destino, casi un milagro. “Tardaron casi dos meses en llegar a Venezuela, se les acabó la comida. Fue muy duro. Casi no lo cuentan. Lo pasaron muy mal”.

Aquella experiencia le marcó, aunque lamenta que su acción haya caído prácticamente en el olvido. “Recuerdo que algunos embarcando me decían: “No te preocupes, yo te mando a buscar y te envío dinero…”; y al final, como dice el refrán, si te he visto no me acuerdo”.
El episodio de aquella travesía que comenzó en Las Eras, uno de tantos que fraguó la diáspora canaria por América, ha dejado una profunda huella en el pueblo. De hecho, en recuerdo de aquella odisea, se construyó una ermita junto a la playa que quedó bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen. Faustino Rodríguez guarda en su memoria aquella noche que le cambió la vida a casi una treintena de muchachos, jóvenes como él, hace ya más de 65 años.