DEJA VER

Eric Moussambani

El caso de Mikson Kuka que narré la semana pasada en esta columna, ha traído a mi memoria el de Eric Moussambani, que tiene connotaciones similares. Es otro ejemplo de los anti-héroes que han escrito páginas brillantes para la Historia. Este hombre, natural de Guinea Ecuatorial, nunca había pensado dedicarse al deporte ni a nada que se le pareciese. Pero Eric, que era un tipo espabilado, descubrió cierto día que el Comité Olímpico Internacional había diseñado un sistema para permitir que países en vías de desarrollo pudieran enviar deportistas a competir en las Olimpiadas, aunque no hubieran alcanzado las marcas mínimas exigidas a los demás países participantes. Y ahí fue que se apuntó. Cumplía los requisitos: era de Guinea Ecuatorial y su país nunca había tenido un nadador en ninguno de los Juegos Olímpicos celebrados hasta entonces. Esto fue en Sidney 2000 y Eric se presentó en Australia sin haber nadado nunca en una piscina olímpica de 50 metros. Se había entrenado, eso sí; pero solo, sin entrenador ni compañeros, en los ríos cerca de su casa y en un hotel de Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial, que tenía una piscina de 22 metros. Por eso, cuando Eric llegó a competir y vio el tamaño de la piscina, cuentan que exclamó: “Ñoos…”, en guineano, evidentemente. Le tocó competir en su serie con un nadador de Nigeria y otro de Tayikistán, invitados por el Comité Olímpico de la misma manera que él. Se ve que no llegaron tan bien preparados como el guineano, pues ambos fueron descalificados en la salida por hacerlo de forma irregular. Así que Eric tuvo que nadar la serie él solo. Claro, y nadar sin referencia, no es lo mismo.

Moussambani se lanzó a la piscina con la intención de batir el récord de los 100 metros libres de su país, del cual no existía ninguna referencia, pero pensando: “?cuando llegue a la pared, todavía tengo que volver.” Dada la velocidad con la que comenzó Eric a nadar, la gente se lo empezó a tomar en plan vacilón. Pero llegó un momento en el que el público se percató de que su vida corría peligro: podía ser el primer nadador en morir ahogado en unos Juegos Olímpicos. Entonces, todo el público del recinto se puso de parte del nadador guineano y levantándose de los asientos, todos en pie, comenzaron a animarlo con gritos de apoyo. Los últimos 20 metros fueron dramáticos, pero al final Eric llegó con una marca de 1m52s7d., más del doble de los otros nadadores que participaban en esa prueba, pero con la cual batió dos récords: el de 100 metros libres de su país y el del nadador más lento en esa prueba en toda la historia de los Juegos. Sus primeras palabras al terminar, tras coger resuello, fueron: “Coño, casi me ahogo, los últimos 15 metros han sido muy difíciles”. He pensado que menos mal que no se apuntó a los 1.500 metros libres. Podían haberle apagado la luz y cerrar el recinto, por tema de horario y… él todavía nadando.

Un periodista inglés, con el característico humor británico, lo bautizó como Eric el Anguila, aunque perfectamente le podía haber puesto el Titanic o el Tortuga. Pero la historia está escrita no sólo por los vencedores. Eric es un caso claro del afán de superación de los buenos deportistas. Se preparó concienzudamente para participar en las siguientes Olimpiadas a celebrar en Atenas. Al final no pudo asistir, por un error de su Federación en el papeleo para sacarle el pasaporte. Eso nos privó de volver a ver competir a Eric Moussambani en la piscina de unos Juegos Olímpicos y, a lo mejor, de volver a experimentar la sensación de peligro en una prueba que parecía carente de ello. Deja ver…