POR QUÉ NO ME CALLO

La farándula

José H. Chela era poeta y periodista y dramaturgo. Todo lo que yo quería ser. Murió bajando una calle, de paro cardíaco, y su muerte debió de quedar grabada en las cámaras de seguridad de unos grandes almacenes de Santa Cruz. Fernando H. Guzmán -cine, teatro, poeta- también era un arco de letras en tensión constante: lanzaba las flechas lejos, y escribía o dirigía sus montajes y metrajes, y los dardos volvían siempre al palomar de la isla. Venía muchas veces de Madrid, de pelear con su cine en festivales y distribuidoras. En las últimas ocasiones que nos vimos, hablando de pie en la Rambla de Santa Cruz o a un costado del Guimerá, resistía las pruebas que el destino le ponía; buscaba camino, hacerse un hueco. La eterna esperanza del autor isleño de asomar la cabeza en Madrid. Lo esperaba también un infarto antes de llegar a los 50. Era hombre de teatro, en la soledad bohemia del gremio, como Chela o Alemany, como Pascual Arroyo, Yamil, Alberto Omar (novelista y cineasta y cronista de mi barrio Duggi), o Sabas Martín, que era mi poeta de referencia en el Círculo, de inconfundible melena informal. Ignacio García Talavera y Eloy Díaz de la Barreda, quizá por ser nombres consagrados y oficializados, no eran anacoretas, pero eran ingeniosos, fundamentales. Como Cervino, Maite Acarreta o Tito Galván. Como Emilio Sánchez Ortiz y los hermanos Camacho, Eduardo, el director de Los Ambulantes -teatro de sordos-, y Ángel, el autor reconocido de la “sensibilidad insular”, como decía José Monleón. Francisco Martínez Viera, que fue alcalde de Santa Cruz, hizo en sus Anales del Teatro en Tenerife acopio de las compañías españolas que cruzaban el charco hacia América con escala en el Guimerá. Las crónicas del libro aparecieron antes en La Tarde, periódico del que fue cofundador. Cuando yo fui a ver por primera vez -a los 12 años- al director de La Tarde, don Víctor Zurita Soler, para que me publicara las primeras cosas que hice en periodismo y literatura -un artículo y un soneto a Taganana-, venía de estar con mi tío político Paco Martínez de Rosario -hijo de Martínez Viera-, en la Librería La Prensa, de la calle del Castillo. En pocos metros nos desenvolvíamos, siendo niños, en un perímetro de teatro y periodismo cercano, entre la librería, La Tarde, el Círculo de Bellas Artes, el Círculo de Amistad XII de Enero y el Teatro Guimerá, la bombonera. Ver actuar a Paco Álvarez Galván y Marisol Marín era un menú exquisito que digeríamos con facilidad, complaciendo los deseos de nuestro tío. Mi hermano Martín y yo nos atrevimos desde muy pronto con alguna ópera, auténtico plato fuerte para paladares desprevenidos, pero mi tío nos aleccionaba: “¡Vayan al Teatro aunque se duerman!”. Cuando pasó por Santa Cruz la legendaria formación de instrumentos populares rusos con el Pasodoble Islas Canarias, si no recuerdo mal, en un repertorio presidido por Kalinka, ya éramos unos melómanos consumados. Mucho tiempo después me tocó llevar de gira por los pueblos de las islas, dentro de la Obra Social de CajaCanarias, a los grupos embrionarios de la Escuela de Actores. Leí en los anales algunas historias que se cuecen entre bastidores y comprendí luego con Pascual Arroyo –el Morrocoyo– que, a veces, el ser humano no habita un instante en su laberinto sin buscar con desesperación la salida. Esa es su tramoya. Nunca hice teatro -mi hermano sí-, pero escuchaba muy atento hablar de teatro a Domingo Pérez Minik, un oráculo que siempre nos dio confianza. Yo admiraba de Chela, que era un columnista de éxito en su época y tenía el tic montalbaniano de escribir de gastronomía, el concepto de hombre de teatro -como Fernando H. Guzmán, a su manera-, de alguien que vive sobre las tablas, venciendo la arritmia del tiempo con el flujo de su imaginación. Teatro por los cuatro costados. Hizo un Hamlet imborrable para Pascual Arroyo, y su Fuencisla y los pretendientes -con música de Alberto Delgado- se representaba por las islas con interés. Parió decenas de obras. Aquellos años 70 y 80 eran profusamente teatrales. El teatro era tema de conversación en la ciudad. Ahora rara vez hablo de teatro, me cruzo en la calle con Cirilo Leal, autor, actor, periodista, y me viene, de golpe, a la memoria toda una era de auge de Talía en la isla. El actor Francis del Rosario, hijo de Jacinto del Rosario (mito local del siglo pasado), recalaba en la librería La Prensa, siempre a caballo de algún estreno, y yo lo concebía, en la confusión de la infancia, como un actor de verdad, o sea, como alguien que no dejaba de actuar nunca entre la calle y la escena encarnando papeles cotidianos. Y asistía incrédulo por entonces al acto teatral de Chela escribiendo su artículo diario en La Tarde. Luego entendí, con los años, que así se hace: “cagando columnas”, como decía Delibes de las de Umbral en El Norte de Castilla. Cuando Chela entrevistó a Dios en La Tarde -como su admirado Jardiel Poncela escribiera La tournée de Dios– hacía realmente teatro en las páginas del vespertino, y la persecución de que fue objeto por la interviú sacrílega sucedió como el último esperpento antes de que cayera el telón. El humor de aquella gente de La Tarde -aquí la nómina de invitados se extiende con las íntimas reliquias de este oficio sentimental- era sublime. Chela y Reguero parieron en libro Bacilitos, bacilones y cancaburradas. Paco Pimentel machacaba la máquina de escribir contando las líneas de su entrega de Santa Cruz la nuit. Eliseo Izquierdo -socarrón- dominaba el entramado de la Redacción variopinta, y Alfonso García Ramos, que tenía kilos de ironía en el morral, le decía a Pimentel, delante de nosotros, que le hacía falta un revolcón para desentumecer las neuronas, y Paco respondía “que no, que me duele la cabeza después”. Así, mañana, tarde y noche. Les echo de menos.