NOMBRE Y APELLIDO

Gabriel Duque

Por poderosas e infinitas razones, desde las personales de la fe a las reglas y gozos sociales del reencuentro en el escenario vital o de residencia, cada edición de la Bajada de la Virgen de Las Nieves deviene en un hito inolvidable para los protagonistas y los testigos, un colectivo indivisible que promueve, patrocina y sostiene la fiesta y, aún sin concluir ésta, emplaza un honroso reto: volver dentro de cinco años, con renovados afanes y con la ayuda de la dulce Patrona. Con la desazón y la esperanza de un plazo largo para nuestro acelerado ritmo de vida, cuando los fastos singulares, reconocidos dentro y fuera de Canarias, y las innovaciones felices, arriesgadas e, incluso, erróneas, han movido de inmediato, y agitan aún, las opiniones, libres o interesadas, tenemos que mirar atrás con tanto celo como voluntad objetiva; cuando los balances provisionales y, claro está, los definitivos se aplazan, habitualmente y, en el mejor de los casos, un quinquenio, además de mantener, con todas nuestras fuerzas e ingenios, la originalidad y el valor de las celebraciones, resulta imprescindible una reflexión de calado, responsable en cuanto se trata de un valor común, de un bien general, si lo quieren; un análisis limpio, liberado de tentaciones y excesos patrioteros, de aldeanas imposiciones -porque nunca tuvo ese defecto nuestro pueblo- y de equívocas y osadas erudiciones, algunas bienintencionadas -¡faltaría más!- pero sin la cualificación necesaria para las expectativas y exigencias del programa lustral y desprovistas del rigor exigible. “Desde ahora, las fiestas tienen una doble vertiente: las que sirven para consumo interno y otra, más interesante y peligrosa, su condición de muestra del carácter, el ingenio y la personalidad, en suma, de los palmeros”, escribí tras la edición de 1970 a Gabriel Duque, un médico ejemplar y un alcalde inolvidable. Algunas de las consideraciones que aparecen en esta columna son copias, casi literales, de una larga epístola a un intelectual solvente que me distinguió con su amistad y que, curiosamente, en los últimos lustros comenté con mi maestro y tocayo
-Luis Cobiella- que, “por todas esas cosas tan extrañas de la vida” -como reza la ranchera mexicana-, no tuvo el homenaje general e incuestionable en las fiestas que hoy despedimos. Queda recordar que son de todos y que, por eso, tenemos que salvaguardarlas todos.