nombre y apellido

José Gordillo

En los primeros años noventa, y con el horizonte inmediato de la Exposición Universal de Sevilla, conocí a un personaje irrepetible, singular y paradójico que compatibilizó sus extraordinarios conocimientos sobre todos los aspectos y atractivos del tabaco con su reconocida condición de no fumador. Con orígenes castellanos y natural y enamorado de Sevilla, por cuya Universidad se licenció y doctoró y en la que ejerció como profesor titular de Historia Moderna hasta su jubilación, José Manuel Rodríguez Gordillo (1942-2015) editó entre 1993 y 2005 media docena de libros capitales sobre la importación de la planta y la expansión de su cultivo y manufactura en Europa, su peso en la economía española y su influencia en el desarrollo del sur peninsular y el Archipiélago Canario. Hermano del pintor, Luis, una de las personalidades más influyentes de la estética contemporánea, José Gordillo -como le llamaron sus amigos- participó en numerosas publicaciones colectivas, tanto a nivel interno como internacional y, además, impulsó y comisarió distintas exposiciones en las que puso en valor los mitos de una ciudad única
-entre otros, Carmen, la cigarrera y don Juan Tenorio- a la que conoció, amó y dedicó sus mejores afanes. Compaginó la docencia con la recuperación, la investigación exhaustiva y la catalogación del impresionante legado documental de la Carrera de Indias, con el que abrió, organizó, dirigió y popularizó el Archivo de la Tabacalera, integrado actualmente en el General de la capital hispalense.

Tuve el placer y el honor de contar y disfrutar con sus sabias intervenciones y sus consejos para la prensa escrita y la televisión y valoré siempre la amenidad y la chispa de su sabiduría que alumbró, para bien de nuestras islas, un periodo de prosperidad al socaire de los flujos tabaqueros entre el Nuevo Mundo y la Península entre los siglos XVIII y XIX, distinguido con el Premio Canarias-América de 2010, convocado y patrocinado por la Casa de Colón. “Los productos que llegaron de América a la metrópoli pasaron primero por el Archipiélago -escribió- y ese hábito cuajó en los hábitos de vida de los españoles en un periodo dilatado. Al principio el tabaco sorprendió e hicieron falta décadas para que se extendiera su consumo, desde la periferia, a donde llegaban los barcos, y progresivamente al interior. Fue un fenómeno imparable cuya repercusión en esta área del Atlántico justifica las etapas de prosperidad insular cuando declinaba el peso de España en el concierto europeo y mundial”.