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Lina Morgan

Cualquier necrología, artículo, reportaje o mera evocación de la singular estrella destacó, sin excepciones, su inteligencia, su capacidad de trabajo y la amplitud y diversidad de sus registros interpretativos; elogió su larga carrera, iniciada a los trece años con un grupo infantil; lanzada durante sus brillantes temporadas como pareja del desaparecido Juanito Navarro; consagrada con la creación de una compañía y un repertorio propios y con la valiente adquisición y mantenimiento de un teatro en el típico barrio de su nacimiento, vida y muerte; y reforzada y mantenida con su feliz presencia en el cine -La tonta del bote, por encima de todas las rentables españoladas rentables que protagonizó – y en la televisión, en los canales públicos y privados, con series de audiencia millonaria tales como Compuesta y sin novio, Hostal Royal Manzanares y Academia de baile Gloria. María de los Ángeles López Soria (1937-2015) soñó desde su infancia con ser vedette pero su talla no le ayudó en su propósito; no obstante, su gracia y flexibilidad le permitieron cantar y bailar como ninguna y convertirse también en la mejor actriz cómica de su época y el símbolo de un género pícaro y castizo que dio las mayores ganancias al mundo del espectáculo. Más allá del elogiado carpetovetonismo en el que militó, su ídolo e icono fue Charles Chaplin y, de algún modo, tradujo su versatilidad gestual a nuestro gusto y se ganó el favor de las multitudes, llegadas de todas las partes de España, para verla en directo, y el reconocimiento de la crítica y los compañeros de oficio que, antes y en la hora final, destacaron sus cualidades personales, su solidaridad y la absoluta discreción con la que llevó sus asuntos privados y respetó los ajenos. “Habría triunfado en Berlín, Viena, Amsterdam, París o Broadway”, me comentó tras una de sus funciones el director Angel Fernández Montesinos. La absurda y pomposa academia de las capillas, intereses chicos y bombo mutuo le negó el Goya con pertinaz alevosía, sin embargo. Pero su público de siempre la aplaudió sin descanso, la añoró en su retirada por razones de salud y la despidió con emoción en la tercera semana del tórrido agosto. Así fue y, como en los días de gloria, cuando se agotaban las entradas para todo un año nada más ponerse a la venta, volvieron los autobuses de la periferia y de los pueblos próximos y lejanos al barrio y al teatro de La Latina y, como hasta casi ayer, con la inolvidable Lina Morgan como poderosa convocatoria.