tribuna

Lo llaman electoralismo; es avance – Por Fernando Jáuregui

Acusan al Gobierno de electoralismo porque Rajoy se deje fotografiar tomando una cañita o porque Montoro lance un diktat recomendando (¿?) a los altos cargos, empresas públicas incluidas, que viajen en turista. Yo, la verdad, creía que ya habían dejado de volar en business y en la clase preferente del AVE, o quería creerlo, rechazando algunas constataciones visuales.

El caso es que a nadie le parecerá mal, supongo, que le demuestren que Rajoy es, al fin y al cabo, humano, y que a los vips oficiales se les recomienden ahorros viajeros que los particulares tenemos que imponernos casi por prescripción facultativa. Lo que me parece algo primario, a estas alturas, es llamar despectivamente electoralismo a tan sanas medidas.

Siempre he dicho que, sin las elecciones, que son las que provocan el electoralismo, todavía estaríamos en la era del derecho de pernada. El poder público tiende por principio a abusar del administrado, a sentirse por encima de él: viaja en primera clase más por demostrar que es superior a los de segunda que por razones de comodidad. No son muchos, ciertamente, los casos de convicción en el alma de nuestros representantes que les hagan imponerse la austeridad, o la transparencia, porque sí, porque conviene a la cosa pública, por mera equidad. Así que las elecciones sirven como acicate para acercar un poco más a representante y representado, a la llamada clase política y a la ciudadanía. No seré yo quien se oponga a tal cosa, se produzcan esos avances cuando se produzcan, que nunca es en los comienzos de las legislaturas, ciertamente. Otra cosa es la demagogia: esos alcaldes y alcaldesas que dicen que van a viajar en metro y descubren que eso, a la hora de la verdad, es simplemente imposible. Ada Colau decía que antes, en el Nou Camp, ella, en vez de en el palco, estaba “allá arriba, con el pueblo”. Las duras circunstancias del protocolo le imponen, por lo visto, estar allá, donde los privilegiados de la casta. O sea, donde a todos nos gustaría estar, para ver de cerca a los poderosos de la tierra. En fin, que vivimos en época de elecciones. En Cataluña, donde serán para peor, porque se cabalga sobre la locura. En las generales de toda España, que serán para mejor, como lo son casi todos los viajes a las urnas. Luego vendrá el referéndum sobre la UE en Gran Bretaña, otro dislate. Y las elecciones en Grecia, Portugal y Venezuela, capaces de demostrar, quién sabe, que, a veces, los ciudadanos también se equivocan. Y las de Estados Unidos del año que viene, que espero, así lo digo, que gane la señora Clinton, a la vista de cómo andan de trumpados en el bando republicano. O sea, que vamos a beneficiarnos de una etapa global de eso que algunos insisten en llamar electoralismo y que yo considero más bien progreso. ¿O es que no se han desbloqueado muchas cosas ya, cuando nuestros gobernantes han comenzado a ver la boca del lobo? Pues alegrémonos si nos bajan los impuestos, aunque los Montoro de turno hayan esperado hasta aquí y ahora para hacerlo.