tribuna

‘Prime time’ – Por Carlos Cruz

Todavía en 2015 llama la atención el tradicional desapego de los políticos, sobre todo de los gobernantes, hacia los medios de comunicación audiovisuales. Desde siempre los que gobiernan este país han visto a las distintas televisiones y radios, tanto los suyos como los más lejanos, como una herramienta sometida o relacionada íntimamente con el poder, ya sea para administrarlo o para subvertirlo, respectivamente ya sean medios públicos, casi siempre maltratados por el utilitarismo y el tráfico de influencias, o privados, negocios que casualmente la ley hace dependientes del gobierno de turno.

Es quizá ese complejo el que hace que no se entiendan o directamente se ignoren a las teles y a las radios como lo que son, vehículos imprescindibles para comunicar a la gente con sus representantes. Para eso, entre otras cosas, se inventaron. En otros países son numerosos los ejemplos de cómo las autoridades (unas criticadas, otras aplaudidas según el país de donde provengan) se comunican de manera abierta y semanalmente con la gente. Además lo hacen de motu proprio, sin obligaciones de agenda o sin presiones de ningún tipo. Los presidentes quieren dirigirse a la nación, quieren entablar conversación y quieren poner temas sobre la mesa, dando información y opinión, y sobre todo, haciéndolo con normalidad. En España, esto no pasa. Todo lo contrario. Los presidentes o presidentas huyen de los medios, se encastillan en sus residencias, se encierran en su mundo y envían, sin mencionar el consiguiente mensaje inane en Twitter, emisarios como quien envía soldados a la guerra, la infantería, para cubrir expedientes de una manera manifiestamente incompleta. O incompetente. Sí, es incompetente en pleno 2015 aquel representante que no se sabe comunicar con sus representados. Y es exponencialmente incompetente si ese representante es el que detenta la presidencia del Gobierno de una nación o en su defecto de una comunidad autónoma. Aceptar esta incompetencia como normal es lo único que puede explicar que no nos llame la atención que el presidente no entable conversación, no inicie un diálogo, no acometa el liderazgo de una vez para erradicar la violencia de género o lo que es ya terrorismo de género. Una lacra que retrata como ninguna a un país que no hemos sabido enfrentar entre todos y que, más importante aún, no parece que tengamos claro cómo enfrentar. Una lucha que necesita contar de una manera imprescindible con el liderazgo de la presidencia y que plantea muchos desafíos, unos relacionados con la inversión, otros relacionados con los símbolos o con las tradiciones que maltrata directamente a nada menos que a la mitad del país pero que influye sobre manera, lamentablemente sobran los ejemplos, a la infancia o, lo que es lo mismo, al futuro de este país. Sí, hay que decirlo más: el terrorismo de género nos maltrata a todos. No son ya las decenas de miles de denuncias anuales, sino son las decenas de miles de denuncias que finalmente no se llegan a presentar, las que retratan con mayor nitidez ese terror que nos convierte en una sociedad, aparte de incompleta, infeliz y temerosa.

Y ese liderazgo bien pudiera ser escenificado a través de una herramienta tan poderosa como es la televisión en horario de máxima audiencia lanzando ese mensaje colectivo a la sociedad española para liderar, ahora sí, una lucha seria contra la violencia machista, que la ponga en lo más alto de la agenda político-social, que no partidista, y que ejemplifique que a partir de ahora esto tiene que cambiar, que va a cambiar. La ausencia de cada semana de esa conversación, de ese diálogo, de ese liderazgo es un error histórico. Cada semana es una oportunidad perdida.