Domingo Cristiano

No queremos pan y circo

Panem et circenses. Pan y circo: la fórmula de éxito no es originaria de la Roma clásica, pero se hizo popular gracias a que muchos de sus gobiernos abusaron de semejante combinación ganadora para mantener entretenido al populacho y anestesiar sus demandas de justicia y equidad. Alimentos a bajo precio y entretenimiento de serie b, la artimaña perfecta. Eso mismo reclamaron los judíos a Moisés en su largo peregrinar por el desierto, liberados ya de la esclavitud de Egipto. Cuando el peso de los días y la falta de un horizonte claro se hicieron perturbadores, el pueblo comenzó a murmurar y a añorar el pan y el circo que les servían aquellos que les trataban como bestias. “Al menos nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos”, era el consuelo y el aguijón del pueblo de Dios contra su pastor. Un repaso sereno y documentado al Antiguo Testamento libera al lector de esa absurda pretensión higienizante que venden quienes carecen de sabiduría para descubrir la presencia de Dios también entre el sudor y la mediocridad de lo humano. Israel, el pueblo de la promesa, eligió el pan y el circo en lugar de a su Señor en más de una ocasión. Y por eso es también el espejo en el que no mirarnos. En realidad, pareciera que forma parte del repertorio de conductas humanas más habituales elegir la gratificación inmediata, olvidando lo que verdaderamente importa si cuesta más alcanzarlo. Y así explico yo tantas anomalías políticas sin sentido y sin futuro que cautivan la buena voluntad de los que realmente tienen hambre y sed de justicia.

Elegimos la subvención y no el plan económico solvente; preferimos el gesto para la galería a la labor callada y productiva, la que se desarrolla sin cámaras; valoramos más la manifestación desordenada y ruidosa que el argumento documentado; damos cancha al de habla envolvente, aunque no diga nada. Es como si sólo existiera hoy. Pan y circo no son buenos consejeros para cimentar el edificio de lo verdaderamente humano. Tampoco lo son para asentar la vida de la Iglesia. No es buena idea ceder la primacía de lo verdaderamente hondo al populismo; no tiene sentido patrocinar el espectáculo de lo meramente tradicional si no da pasos hacia la madurez del encuentro con Dios; de nada sirve cumplir con el trámite de las programaciones y los periodos si somos conscientes de que a pocos importan y a casi nadie comprometen.

Nuestra fe no es pan y circo. Nuestro Dios no es pan para hoy y hambre para mañana. Dios es alimento sólido para tiempos líquidos, es verdad más allá de los focos. “El que viene a mí, no tendrá hambre; y el que cree en mí, no tendrá sed jamás”, dice Jesús de sí mismo. Tenemos que repensarnos para reconstruirnos, para dar consistencia a nuestros actos y participar sólo de aquellos que conducen a la solidez. Aunque sea despacio, pero a la solidez.
@karmelojph