AL GOLPITO

Soy viejo: ¿soy un estorbo?

El Día del Abuelo ha sido sin duda un día especial y significativo para las familias, en este comienzo de siglo XXI; pero yo creo que la imagen, la labor y los valores de nuestros abuelos ha sido siempre latente en todo momento de la historia de la humanidad. Nuestros abuelos y tatarabuelos, han sido siempre referencias puntuales en los valores de las familias. Ellos/as, han sido los verdaderos/as libros de la vida, capítulos de sabidurías, experiencias, ternura, nobleza y bondad. Sin embargo, muchos de ellos han sido un estorbo cuando los años han pasado por encima de sus hombros; siendo aislados, exiliados a un centro de mayores o geriátricos. He visto muchos de ello llorar en silencio, motivado por las ausencias de las familias. El olvido familiar y la indiferencia han sido el gran sufrimiento de muchos ancianitos/as, llevándoles a la muerte por el dolor espiritual causado. Otros han tenido la suerte de contar con el apoyo familiar hasta la hora del fin de sus días. Curiosamente, con la crisis económica de estos últimos años, muchas familias han tenido que sacar a sus respectivos abuelos/as de los centros donde anteriormente habían sido recluidos, con el propósito de cobrar sus pensiones. Un día un abuelo fue a una tienda de teléfonos móviles y le dijo a la persona encargada de la misma: “Señor, le traigo mi móvil porque está averiado”. El profesional le contestó: “Abuelo, su móvil no está averiado”. El viejito le dijo: “¿Y por que no me llama mi familia?”. Los años pasan para todo el mundo, siempre y cuando tengamos la suerte de llegar a la vejez con calidad de vida. Ayyyyy… qué grande es la sabiduría de nuestros queridos abuelos y padres. Muchos de ellos fueron emigrantes; valientes en la búsqueda de un futuro mejor. Otros, los que lucharon por las libertades de sus hijos/as y nietos/as, fueron perseguidos, torturados y asesinados por la dictadura franquista. Era un día soleado de otoño la primera vez que Bárbara se fijo en que el abuelo tenía muchísimas arrugas en la cara. “Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas”. El abuelo sonrío, y muchas arrugas aparecieron en su rostro. “¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas, abuelo”, dijo su nieta. “Ya lo sé, Bárbara. Es que soy un poco viejo… Pero no quiero perder una sola de mis arrugas. Debajo de cada una de ellas guardo el recuerdo de algo que aprendí”. (Pedro Pablo Sacristán). Siempre llevaré en mi corazón a mis queridos abuelos, Clemente e Isidora; dos “guerreros de la vida”, que vivieron una época de miserias y hambre, pero ricos en valores humanos. Recuerdo que mi abuelo tenía un burro; salía desde la calle San Sebastián, hoy denominada como avenida, hasta la famosa Viña del Loro en la plaza de España. Muchas fueron las conversaciones que tuve con aquellas maravillosas personas; lecciones que aprendí para poder caminar por la vida con más conocimientos y valores. Los abuelos son libros abiertos, personas merecedoras de nuestros respetos, reconocimientos, amor y cariño.