CONTRACRÓNICA

Te lloré un río

Los oeprarios del césped del Rodríguez López se afanaron porque el mismo tuviera el mejor aspecto posible| A. G.
Los oeprarios del césped del Rodríguez López se afanaron porque el mismo tuviera el mejor aspecto posible| A. G.

Nos pasamos mitad de la pasada semana hablando del descalabro soriano y la otra media del estropicio que el concierto de Maná había provocado en el césped del Heliodoro. En medio, porque ambos argumentos se utilizaron para atacar a club, equipo, entrenador y plantilla, se nos pasó que el Nástic llegaba con ganas de hacer lo que hizo ante 9.174 espectadores, que no son pocos visto lo visto en Los Pajaritos.

Desde 2012 los blanquiazules no recibían tantos aficionados en su feudo en una jornada de estreno en el Rodríguez López por lo que parece que ayer lo mejor fueron esos incondicionales que, vaya como vaya el equipo, quieren estar al lado del mismo por una cuestión de fe y amor. Amor incondicional.

Dentro de ese amor y de los malos ratos que nos hacen pasar los blanquiazules a veces con demasiada asiduidad, uno busca cualquier cosa a la que agarrarse. Ayer fue el Choco Lozano porque de este tipo de jugador, que llegan de países que muchos no acertamos a situar en el mapa y de competiciones aún más desconocidas para el gran público, siempre podemos pensar que seremos capaces de descubrirlos, de hacer brillar a una estrella humilde, en un club también humilde que tan necesitado está de las mismas.

Además, a más de uno y de dos se le vino a la cabeza la forma en la que llegó Rommel Fernández a Tenerife y lo que significó para la isla. Lo de Rommel son palabras mayores, pero fichó procedente del Alianza FC y para jugar el Mundialito de la Emigración pocos esperaban que acabara siendo santo y seña blanquiazul.

Del Choco queremos lo mismo, porque lo necesitamos y ayer cumplió. Como dijo posteriormente Agné, para un delantero centro marcar ya es mucho, pero, por momentos, sus ganas, su capacidad para tratar de llegar antes que el rival no fue la tónica general del equipo.

Y más allá de los puntos surcaba el ambiente la necesidad imperiosa de recuperar el crédito ganado en pretemporada. Seis puntos son menos importantes que, inmersos en la campaña de abonados, conseguir que la masa social crezca, por una cuestión de necesidad económica, de identificación con el equipo y para que el convulso entorno de la entidad no vuelva a ser un enemigo del grupo de jugadores como ya sucedió la pasada campaña.

Los mismos que apagaron aquel incendio, los que en pretemporada fueron un equipo sólido que provocó que algunos lanzaran las campanas al vuelo, se mostraron atenazados, incapaces de ser los que eran hace tres semanas e incapaces de dar la impresión de saber qué es lo que querían plasmar en el terreno de juego. Luego hay rival enfrente y mil dificultades, pero la idea, la intención, tampoco se pudo ver ayer en el Heliodoro.

Y, desde luego, no fue por el césped, argumento que utilizó más el entorno que el equipo, porque el Nástic demostró que no hace falta demasiado para aprovechar errores rivales y pescar en río revuelto. El mismo río donde tocó volver a llorar.