SIETE DÍAS TREPIDANTES

Tic, tac… y quedan veintiocho días

Ajena a los grandes problemas que angustian la vida de tanta gente -la alcaldesa de Barcelona ha propuesto una red de ciudades que den asilo a los refugiados que llegan a Europa; ¿por qué no?-, España se angustia ante la caída de las hojas del calendario. Faltan veintiocho días.

Veintiocho días, un suspiro, restan para que ocurra lo que haya de ocurrir, que algo ocurrirá, en Cataluña y, como consecuencia, en el resto de España. Pero el tic tac del reloj no parece sensibilizar demasiado a nuestros líderes políticos, cuyo timing sigue inalterable, incluyendo ese inexplicable viaje, precisamente ahora, del líder de la oposición, Pedro Sánchez, a las Américas (¿?). Y, sin embargo, algo se está moviendo, en este lado del charco, en alguna parte del epicentro de la tormenta. Si Artur Mas pensaba realmente que podía erigirse, como oferta electoral, en campeón de la lucha contra la corrupción en Cataluña, se equivocaba.

Se equivocaba no solamente porque los tentáculos del Estado son, de una u otra manera, largos. Sino también, sobre todo, porque ni siquiera puede culpar a maniobras de Madrid, en alianza con la fiscalía y con tal o cual jueces, de que por fin, tras diez años -o más, ¿verdad Más?- del destape del affaire de las comisiones del tres por ciento (o el cuatro, o el cinco), este haya irrumpido ahora, precisamente ahora, en los juzgados. ¿Serán capaces los gritos independentistas de la Diada de tapar las voces indignadas de tantos catalanes, para no hablar del resto de los españoles, que se sienten, nos sentimos, estafados por el uso del poder que nuestros votos dan a quienes nos representan (tan mal, por cierto)?¿Podrán los manifestantes con la estelada ondeante hacer creer que la irrupción de la Guardia Civil en la sede de Convergencia en Barcelona ha sido una mera maniobra política, contra gentes inocentes y honradas a carta cabal? ¿Podrán defenderse hablando de que tan corrupta es la madrileña trama Púnica como la de Somarroca, o como la del Palau, ya que estamos, o…? ¿Que tan malo, al menos, es lo que pasó en la calle Génova como lo que se sospecha que ha venido ocurriendo en la barcelonesa carrer de Córcega?

En suma: ¿no sería lo lógico que el debate sobre la honradez, o no, de la política catalana irrumpiese también en la campaña electoral que ahora se va a abrir de manera oficial para desembocar en el 27-s, dentro, ya digo, de veintiocho días? ¿No es hora ya de introducir racionalidad, técnica política y toneladas de hielo en un proceso que hasta ahora solo apela a los sentimientos, al victimismo, a unos presuntos anhelos de perfección democrática, para tapar la hediondez de unas comisiones que todo el mundo sabe que han existido, de unas furgonetas llenas de billetes que tanta gente constata que han viajado a Andorra, de tanto desmán de los Pujol y de los Ferrusola, entre otros (muchos)?

No se puede justificar todo en nombre de los anhelos de independencia, de una independencia de la que dentro de un año se hablará mucho menos que ahora, cuando Artur Mas y su jefe Junqueras -he dicho su jefe, sí, ¿de qué se espanta usted?- han logrado que la olla esté burbujeante: ese agua, de tanta presión, acabará evaporándose, y quedarán, entonces, las convocatorias a los juzgados, sí, incluso a los juzgados catalanes. Y se pondrán en evidencia muchas mentiras: no, Cataluña no sería mejor para los catalanes siendo independiente, ni estaría en Europa, ni la España segregada mantendría la misma actividad comercial con el territorio separado, ni se podría seguir acudiendo al Madrid nos roba, ni habría ya posibilidad alguna de negociar con el Estado…

Pero, claro, si somos incapaces de desentrañar el futuro a un año vista, o nos guiamos solamente por indicios, a saber qué es lo que hay que decir de estos veintiocho días de pasión que nos quedan -y a Más, más aún- hasta que los catalanes acudan a las urnas plebiscitarias. De momento, y cumpliendo algunos vaticinios, ahí tenemos, abierta en canal, la corrupción política que inició el ex molt honorable Pujol con Banca Catalana, hace cuarenta años, cuando todos decidimos mirar hacia otro lado y escoger la tesis de la persecución política del pobre nacionalista. Sospecho que el segundo paso de repudio de la obra pánica (y púnica) que ha montado el president de la Generalitat va a ser una avalancha de carraspeos internacionales mostrando su disgusto -aunque, claro, sin injerencias etc.- por el proceso secesionista: ya empezó el Financial Times, en un muy comentado artículo esta semana, y otros seguirán in crescendo hasta esa jornada electoral, que empiezo a pensar que será especialmente nefasta para Artur Mas, además de para todos los demás, claro, usted y yo incluidos. Luego vendrán, alarmadas, algunas voces empresariales y de esa burguesía hoy atemorizada a la que Mas cree representar y que está, quien ha querido hacerlo ha podido comprobarlo inequívocamente, cada día más alarmada por viajar en los vagones del tren que chocará con otro tren.

Me parece que, con todo eso, más un poco de sentido común y de estrategia adecuada que deberían derrochar quienes se posicionan decididamente frente al proceso independentista -pero hasta ahora no lo hacen: más bien todo lo contrario-, el 27-S derivaría en un fracaso electoral para los plebiscitarios. A ver si de una vez este país nuestro, comenzando, claro, por Cataluña, recupera los ritmos y empezamos a ocuparnos de las cosas normales e importantes: por ejemplo, vuelvo al comienzo, a cuántos de esos refugiados que huyen del horror asesino, a cuántos de esos inmigrantes que escapan del hambre, acogería un país como España que, al margen de que se desangre, desdoblado siempre en las dos Españas, con tantas cuestiones de política menor, sigue siendo un gran país, que puede permitirse dar ejemplo encabezando, incluso por interés propio, causas benéficas.