sobre el volcán

Y todo terminó como una tarde de domingo

Aunque ayer fue un día soleado de agosto, me recordó a esas tardes grises de domingo, en las que un libro, un disco o una película no te despierta el interés más allá de cinco minutos, mientras vas y vienes de una a otra habitación buscando, sin rumbo, algo con qué entretenerte. Fue como aquellos días de la infancia, previos a comenzar el colegio, después de un verano en el que habías tragado tanta vida como agua salada de la playa. O como el pensamiento más simple y desconcertante a la vez de que el tiempo pasa y apenas te da tiempo a conservar fotogramas de lo vivido en la cámara del teléfono móvil. Ha sido un 5 de agosto y la ciudad de Santa Cruz de La Palma se ha quedado en calma, después de experimentar la metamorfosis que vive cada cinco años, que altera el ritmo cardíaco de una sociedad acostumbrada a un tempo tranquilo y sosegado.

La Bajada de la Virgen no es una fiesta que produzca resaca ni empacho, sino ganas de perpetuarla. Su conclusión provoca esta marejada de sentimientos que te deja de alguna manera desconsolado. Ahora llega la absoluta normalidad de un quinquenio que empezamos con la esperanza, primero, de poder recorrerlo y, en segundo lugar, de hacerlo de la manera más digna posible. El lustro que dejamos atrás ha sido difícil, muy terrible para tantas familias, cuyos sueños se ha llevado por delante la crisis económica. Este que empezamos no parece que vaya a ser mucho más fácil que el pasado. La realidad es que no solo somos más pobres, sino que hemos perdido muchos derechos, oportunidades y deseos. Ya no creemos en las primaveras y hemos hecho del otoño nuestra morada. El camino de subida hasta el Santuario que recorrió ayer una multitud de personas es una metáfora de lo que nos viene en adelante. No parece que haya motivos para la esperanza, pese a los fuegos artificiales del Gobierno que muestran cifras pero no la realidad de una sociedad que ha dejado a muchos de sus miembros tirados en la cuneta y, los que siguen caminando, apenas pueden continuar la marcha, arrastrando años de duros sacrificios. Quizá este pesimismo sea porque ayer fuera una de esas tardes tediosas de domingo. Confío que hoy, superado el alto de montaña, vea el próximo lustro con más esperanza.