después del paréntesis

Tribunal de cuentas

Una de las cosas que nos acompaña en nuestra existencia es los recuentos. Se nos repite, cuando las cosas nos van mal, que la experiencia enseña. Por eso, si mala, mejor. De manera que hay situaciones que quieres borrar de este mundo, la chica que te dejó plantado o la cara del director del banco tal, pero ni con la intervención divina. Y eso es porque tenemos memoria, porque recordamos. De manera que los seres pensantes somos un manojo de pasado. De ahí que en nuestra conciencia funcione tan bien eso del tribunal de cuentas.

Por demás, y para que no se olvide, lo proclama la religión en la que fuimos criados. Aunque no vayamos a misa los domingos, sabemos que al final del camino coincidiremos cara a cara con san Pedro en las puertas del cielo. Él repasará y nos obligará a repasar todos los episodios de nuestra vida, como un replay de las películas, y entonces, si más que menos, salvación eterna; si menos que más… Parece que la nueva Iglesia es más compasiva que la de antaño y que el Dios actual no es tan severo como el que nos persiguió a lo largo de la historia. El Infierno ha perdido adictos, pero vaya usted a saber. Porque en Occidente, blanco o negro, quiero decir, premio o castigo.

Y es que no contenta la iglesia dicha con ese episodio postrero, Apocalipsis. Explicó que Dios se negó a que los hombres viviéramos por los siglos de los siglos; el universo tampoco. De ahí que esté previsto que un buen día se abran los confines de los abismos, Cristo se vuelva a presentar ante los hombres y entre espadas llameantes y trompetas de los ángeles diga: “hasta aquí hemos llegado; se acabó lo que se daba”. Y cuenta que todos los millones de cuerpos que han sido, incluidos los que el fuego devolvió a las cenizas, volverán a juntarse y manifestarse tal como fueron (no se sabe muy bien si en forma de niños, adolescentes, jóvenes, adultos o mayores). Recuento, recuento definitivo. Es decir, a lo que nos hemos aplicado es a eso de la pervivencia, en que si podemos sumar sucesos a nuestras vidas desde que recordamos hasta el infinito, no es previsible que de un modo o de otro desaparezcamos.

Eso todos lo repetimos, incluso Borges, que porfió por desaparecer definitivamente de la Tierra, aunque no de sus letras.

De manera que somos sujetos de repaso, repaso de otros y de nosotros mismos; esto soy porque esto fui, ¡co…! Por eso es tan importante para los habitantes de esta parte del planeta que tan bien conocemos esto de agosto. En agosto se concentran las excepciones que confirman. En el cielo las Perseidas, que se repiten cada año; o los matrimonios, que plantean estadísticamente más divorcios que de costumbre. Evidente: la memoria aprieta durante los once meses restantes y solo en la reserva es cuando se ve claro. Es una entidad separada del mundo agosto. En él puedes ser el que naturalmente serías si el mismo Dios del Fin no te hubiese expulsado del Paraíso para que te ganaras el sustento (por lo común) con el sudor de tu frente. En agosto nadie está en el lugar en el que por lo general está, ya que el estar no es lo constitutivo; los constitutivo es el origen primigenio, eso que se parece a la felicidad. De ahí que el firmamento se manifieste para que recordemos el más allá y los divorcios sean tan efectivos. Nada puede distraer el absoluto. Que nadie espere, pues, morir en agosto o que Dios abra las puertas del firmamento en ese mes. Las excepciones, ya digo, confirman, pero según y como.