DESPUÉS DEL PARÉNTESIS

Vacaciones

Es uno de los fenómenos más llamativos de la especie humana, acaso porque es muy reciente: en un lugar preciso plagado de construcciones ex profeso, por lo general con playa porque a los seres de este planeta les gusta el agua salada para bañarse y el sol, se reúne una ingente cantidad de gente con un motivo: vacaciones, descansar. Es un asunto impresionante por lo que él mismo convoca: centenares de personas de naciones extrañas entre sí, con disímiles idiomas, culturas, modo de situar y de situarse en el mundo, con complejos sociales, económicos y políticos varios, se encuentran ahí. Lo extraordinario a considerar sería que ese entramado negocia dos de los elementos más fructíferos de la historia: la diferencia y la diversidad, dos fenómenos que han sido altamente productivos para los hombres. Lo que ocurre, sin embargo, es que esas condiciones no son efectivas aquí, no registran índice alguno de intervención. Es decir, tú te apostas en el reducto elegido de la arena sobre la silla cara al mar y ves. Ves una pelota pasar cerca de tu pie que no te importa y que el interesado correrá para rescatar, o enumeras la cantidad (a veces cruel) de tatuajes sobre la piel, desde nombres, números, corazones, mariposas, animales fastuosos…, o los movimientos de las chicas homosexuales que un día una muestra el sujetador del bikini de la otra y la segunda las bragas de su pareja y al revés al día siguiente. De donde el mundo no sirve exactamente para las interrelaciones sino que es un espectáculo. Por eso confirmas que todos los niños son iguales, luego el resto de los humanos también; que vivir en pareja no es una excepción porque ese estado se repite, se repite, se repite; o que la existencia responde a tres categorías: los normales, los mediopensionistas o los del todo incluido conforme la ausencia o no de tal pulsera. El discurrir cumple con ese principio, luego lo que te rodea es atractivo, por la hermosura, por la obesidad o por la estupidez. Tales circunstancias son las privativas ahora, en tanto nos hemos ganado el derecho a la democracia y a la libertad, y esta es una de las demostraciones más clamorosas: producir y capacidad para gastar los excedentes. Pero no ha funcionado siempre así el ritmo de los encuentros entre disímiles e incluso enemigos. Cuando los primates, esos que soñaron con ser hombres alguna vez, se reunían en situaciones similares por la atracción de un espacio, actuaban. O en pos de la reproducción para asegurar la complejidad genética del grupo, o por la curiosidad de lo experimentado o descubierto por el otro, para compartir tretas para la caza, o puntas para herir a animales o a contrarios, unir las fuerzas para la caza, pelear para evaluar las capacidades, divertirse o todas juntas a la vez. La diferencia y la diversidad vistas eran lo fructífero, y esos primitivos vivían al amparo del provecho a fin de progresar, de desarrollarse. En esta contingencia dicha no, insisto. Si alguien manifiesta su belleza es un gesto particular, no tiene rédito; si alguien te saluda casualmente tampoco. Pura máscara, disoluta, penosa e improductiva formalidad. De manera que ese grado de evolución es el que hemos alcanzado los hombres. No es efectivo ningún componente de relación, de convergencia, de compensación, de compromiso o de intercambio con la especie. Eso hemos conseguido: la patética, descarriada y precaria enfermedad de la unilateralidad, de la individualidad, del exilio y de la parcialidad.