EL ABANICO

El verano agrava el problema de la inmigración – Por Rosa Villacastín

No quiero ponerme trascendental en una época que invita al relax, a la diversión y a la tranquilidad y, sin embargo, lo voy a hacer porque la realidad se impone, se hace más visible e inhumana. Me estoy refiriendo al gravísimo problema de la inmigración, que de una forma tan directa nos afecta a los españoles, de igual manera que a los europeos en su conjunto y al que creo que no se le está prestando la atención debida por parte de quienes están al frente de los organismos internacionales, quizá porque nos hemos acostumbrado a minimizar la tragedia que se vive a diario en un lugar tan cercano como es el Mediterráneo. Que el Mediterráneo se haya convertido en un gran cementerio, en un lugar siniestro donde mueren a diario hombres, mujeres y niños sin que a las grandes potencias como Alemania o Inglaterra se les mueva una sola pestaña, debería hacer saltar todas las alarmas de la solidaridad. Algo que no ha ocurrido pese al tiempo transcurrido ya, seguramente porque los políticos que nos gobiernan andan más preocupados porque les cuadren las cuentas a los que más tienen que en solucionar los problemas que aquejan a los trabajadores, a los parados, o a los que se ven abocados a huir de sus casas, de su tierra, de la maldita guerra que se está librando en países como Libia o Siria, donde ya resulta imposible contabilizar los muertos. Quiero pensar que cuando un político como Cameron lucha desesperadamente por llegar a ser primer ministro de un gran país como es el suyo, lo hace pensando que va a poder solucionar los problemas que aquejan a la gente de a pie, a todos, o que al menos lo va a intentar. No que va a aplicar medidas como expulsar de sus casas a los sin papeles que viven en la Gran Bretaña o multar a aquellos propietarios que les alquilan las viviendas. Y todo ello sin que los miembros de la Unión Europea hagan nada por evitarlo. Como nada hacen ante la llegada masiva de inmigrantes a Italia o Grecia. Dos países que deberían ser el espejo en el que la Europa rica debería mirarse para contemplar sus propias miserias. Porque miserables son los que permanecen impávidos ante una tragedia de esta naturaleza. No es posible tampoco que en pleno siglo XXI en países como el nuestro, la alcaldesa de Recas, en Toledo, se niegue a dar de comer a niños sin recursos solo porque está convencida de que con esta medida contribuye a lo que ella ha definido como “efecto llamada”, porque entiende que gentes que tienen la nevera llena envían a sus hijos a los comedores sociales. Una medida tan injusta e irracional que no entiendo cómo los dirigentes de su partido no le han retirado ya su confianza a una persona que demuestra su escasa o nula sensibilidad con sus conciudadanos.