tribuna

La viagra femenina

Una de las complicadas conquistas humanas ha sido el superar los periodos de celo. Los animales lo tienen claro: hay perspectivas sexuales sólo en el caso de que la hembra esté en celo, y, de lo contrario, hay que aguantarse. Lo que podríamos denominar el celo permanente ha venido a embarullar nuestras relaciones en su mezcla con la moral. La moral de hace unos años consideraba que una mujer con deseos sexuales permanentes era una anomalía y, ahora, resulta que la anomalía es que no siempre esté con apetito sexual. Es decir de la frase tópica de ella: “Lo siento cariño, me duele la cabeza”, podríamos pasar a la frase tópica del macho agotado: “Lo siento cariño, pero me duele la cabeza y los riñones. Y, además, estoy rendido”. De la frigidez femenina se ha construido poca ciencia y demasiada literatura. El señor este vienés, don Sigmund, hizo algunos avances, pero la psique, siendo muy importante, puede que no sea tan fundamental como las hormonas. Por otro lado, la falta de apetito masculino es tan frecuente como la frigidez femenina, sin que ello haya movido a tanto estudio y literatura, hasta hace pocos años en que dejamos de llamar gatillazo al gatillazo y le llamamos disfunción eréctil, que la verdad queda más fino. Dicen que este estimulante del apetito sexual precisa de una toma diaria y constante durante dos meses para que produzca efecto, o sea, que está lejos del aquí te pillo, aquí te mato, tan del gusto cibernético de hoy.

Estaríamos, pues, ante unos coitos con premeditación, y no sé si llamar alevosía, pero podría serlo de no advertir previamente al contrario de que la combatiente lleva dos meses muy aplicada. “Pero ¿qué te pasa, Manolo?”, decían ellas, cuando Manolo venía de un viaje de Barcelona y una visita al Paralelo. Puede que ahora sea al revés y Manolo se quede sorprendido de la afición de su Encarnita, si no está informado previamente del tratamiento. Por cierto, alcohólicas abstenerse, porque la mezcla con alcohol puede provocar hipotensión y pérdida de conciencia. Y eso sí que es terrible: dos meses de preparación y que, luego, al perder la conciencia, te pierdas el placer del resultado. O sea, “la petite mort” que dicen los franceses, pero antes de tiempo, es decir a destiempo.