altos vuelos

El vuelo de la estrella fugaz – Por Tomás Cano

Era verano, por cierto, muy caluroso, dos niños jugaban en el jardín mientras sus madres los llamaban constantemente para cenar, anochecía. Dejaron de jugar y empezaron a contar las estrellas, cada vez podían contar más porque la noche cubría el valle; de pronto, empezaron a ver estrellas fugaces, cambiaron su postura y se estiraron entre la hierba que empezaba a estar algo húmeda. Miraban entusiasmados a derecha e izquierda: había estrellas fugaces que aparecían con su trazo luminoso de todas partes. De repente, dos estrellas fugaces se posaron a los pies de los niños. Ellos quedaron paralizados; las estrellas se fueron transformando en otros dos niños. “¿Que hacéis aquí?” -preguntó una de las estrellas-. No podían articular palabra, pero ambos se pusieron en pie y el más decidido empezó a hablarles: “¡Contamos las estrellas!”; “¿Y cuántas habéis contado?”. No sé

-dijo el muchacho-; “¿Por qué no subís a unos de estos árboles?, tal vez podrías ver más”. “No nos deja nuestra madre” -contestaron-. El niño más atrevido les dijo: “¿Y vosotros por qué sois estrellas fugaces?”. Uno de ellos le contestó: “Porque nuestra vida en la tierra fue fugaz”. “¿Qué te pasó? -preguntó el más tímido-. “Yo era piloto. Un día mi avión cayó al mar siendo yo muy joven, aunque ya había llegado a escribir algún libro, pero tuve que irme. Desde entonces, como era piloto, sigo volando en forma de estrella fugaz y sigo enseñando al hombre cómo vivir la vida”. “¿Cómo era tu avión?” -interrogó el más decidido-. “Era un caza bimotor P-38 Lightning, pero tú no puedes saber de qué avión te hablo” -le contestó-. El niño más tímido tiraba con su pequeña mano del jersey de su amigo y le dijo: “Dile algo a la otra estrella que esta muy callada”; y sin ambages de ningún tipo le preguntó: “¿Y tú también abandonaste este mundo?, ¿y tu paso fue muy fugaz?”. Tardó unos minutos en contestar, solo los miraba y, de repente, habló: “Así es, mira las palmas de las manos”, y se las mostró: había huellas de clavos, y también en ambos pies; y su frente también tenía heridas como si se hubiera estado peleando con un gato, pensó el niño. “¿Quién te hizo estas heridas?”. Él contestó: “El hombre. Son heridas de amor y perdón”. “¿Y has perdonado a los que te hicieron tanto daño?” -prosiguió preguntando-. “Sí, a todos”. “¿Y por qué eres una estrella fugaz?”. “Porque mi misión es recorrer todos los rincones del mundo y perdonar a aquellos que hacen daño a los demás y llevar amor a los que lo necesitan”. “¿Puedo besar tus heridas?” -comentó el niño-. “No hace falta, tú eres limpio de alma y tu amigo también; seguid contando estrellas, todas ellas no son más que la luz de aquellos que por una razón u otra se fueron antes. Si buscáis a vuestros abuelos, a cualquier ser humano, lo encontraréis entre las estrellas”. Dicho esto, las dos estrellas fugaces partieron, no sin antes dar las gracias por haberles dejado descansar en su jardín, la segunda estrella fugaz les dijo: “Algún día jugaréis en mi jardín”.