Ahora en serio

Anécdota

Un día te despiertas y constatas, quién sabe por qué extraña circunstancia, lo que hace mucho vienes sospechando: que la anécdota ha desplazado a la categoría. Que es más importante el titular, la apariencia de la cosa, que la cosa misma. Ocurre en todas las áreas y ámbitos de la vida pero, sobre todo -y confieso que ello me inquieta– ocurre en política. Un exabrupto, un gesto, un tropiezo, un baile apasionado al finalizar un mitin, sepultan, de manera inmediata, irreversible y estrepitosa a un contenido, una trayectoria, una gestión o una intención verdadera.

Hemos llegado a ese jalón del camino en el que nos importa más la apariencia que lo que la apariencia esconde, oculta o disfraza. Por decirlo de una manera gráfica, el envoltorio ha sustituido en importancia al regalo, y el titular al contenido íntegro del artículo.

No es solo que no tengamos tiempo de ir a más. Es que no tenemos ganas, ni interés, ni vergüenza en admitirlo.
Esa es, hoy por hoy, y desde hace tiempo, la realidad.

En comunicación política tiene un nombre: el síndrome del foso de la orquesta, un término acuñado por Roger Ailes, quien fuera asesor de comunicación de varios presidentes de Estados Unidos, y que lo explicaba así: “Un político sube a un escenario. Desglosa de manera efectiva un programa político completo. Adereza la exposición con ejemplos emotivos, arranca aplausos del público, y risas y murmullos. Es el turno de su rival. En el tramo de escaleras que lo separa del atril, tropieza y cae en el foso de la orquesta. ¿Quién ocupará los titulares al día siguiente?”.

La respuesta la tenemos clara. Del mismo modo que en una ópera, siendo todo necesario, lo principal es lo que se desarrolla en el escenario, en la vida debería serlo, igualmente, aquello que de verdad nos afecta, lo que tiene incidencia en nuestro día a día, lo que va a comprometer nuestro futuro.

Todo esto pensaba yo -matraquillosa impenitente- cuando, en una semana particularmente difícil, también en lo personal, la imagen repetida del baile que se marcó Miquel Iceta, el candidato del PSOE a la Generalitat catalana, ocupaba durante días el debate en las redes sociales.

Me cuesta creer que uno solo de los lectores no sepa de qué hablo. Mitin en la campaña catalana. Música de Queen, cuidadosamente elegida, estoy segura, para el acto de apertura. Candidato que, primero tímidamente y luego ya, venido arriba, baila, salta y canta el Don’t stop me now, (cause i’m having a good time) como si no hubiera un mañana. Pedro Sánchez que lo mira, primero, entre cortado y atónito. Pero el baile se ha convertido en el centro de la agenda. Así que lo repite en otro acto en el que, por supuesto, su secretario general ya lo secunda, sabiendo que es el baile y no otra cosa lo que el público quiere.

Como siempre, hay opiniones para todos los gustos. Están, cómo no, los que consideran inadmisible que un candidato baile de manera tan desatada en un encuentro político. Y los que le afean el estilo. Por supuesto, no faltan los que, a colación del baile, aprovechan para sacar la caspa a pasear y hacer chistes fáciles sobre la condición sexual del candidato y la de Freddie Mercury (gran descubrimiento, dios les guarde la perspicacia). Hay, por supuesto, rendidos admiradores y fans de nuevo cuño que, le votarán o no, pero que están encantados con la demostración de espontaneidad y euforia mitinera. Lo que se dijo en ese mitin, bien que lo siento, no soy capaz de recordarlo. Y usted tampoco. Los memes y bromas posteriores han nublado mi entendimiento y mi memoria a corto plazo. Pero el baile -ah, el baile- se ha convertido en un elemento tan relevante que el equipo de comunicación de Iceta ha decidido incorporarlo al discurso y, solo un par de días más tarde, el ínclito declara que es un problema que la gente se fije más en su manera de bailar que en lo que dice, para luego recular y hacer de la necesidad virtud expresando -inefable metáfora- que “Cataluña tiene que seguir bailando con España”. El baile como expresión de la unión indisoluble de los pueblos. Rápida jugada aunque, a mi juicio, bastante cursi y eurovisiva. Bailar de lejos no es bailar y por ahí.

No digo yo que la anécdota, así, en general, no nos alegre los días, puesto que es ese y no otro, su cometido. No discuto que la vida aderezada de caídas, bailes, tropezones, lapsus y errores gramaticales no sea más llevadera. Que solazarse con las nimiedades y los detallitos, con la imperfección del prójimo, no nos ayude a sobrevivir y sobrellevar este calvario nuestro de cada día.

Pero, puestos a ser banales y nadar en la superficie de la cosa, me quedo con el baile de Massiel con el mantón en la boda de Enrique Ponce. Número de tanto éxito que sobrevivirá, sin duda, a su ejecutante, cuando ella, nosotros, las bodas, las anécdotas y las campañas electorales hayan desaparecido.

@anamartincoello