el charco hondo

Ángulo – Por Jaime Pérez-Llombet

Entre el ángulo de visión que tiene el ojo humano y el que permiten los retrovisores hay un espacio, el ángulo muerto, en el que nos resulta imposible ver objeto alguno. Si en la carretera esto constituye un problema, en algunas responsabilidades ese ángulo brinda la oportunidad de moverse en la invisibilidad. Es posible. Me consta. He pasado los últimos 2.920 días trabajando justo ahí, en el ángulo muerto. Hay quienes, como las plantas, necesitan que en el oficio o en la vida les dé la luz para sentir que crecen. Otros no. Han sido 2.920 días que poco a poco, sin hacer ruido, pedirán la palabra. Dos mil novecientos veinte días en los que, entre otras cosas, he aprendido a mirar con los ojos escépticos del Gambardella que nos muestra Sorrentino (La gran belleza) o a admirar la explosiva coherencia de Rust Cohle (inmenso McConaughey, en True Detective). Años en los que me he vuelto tan permeable a lo mayúsculo como impermeable a la estupidez, a la anécdota y al veneno. Años en los que he conocido y compartido con buena gente, unos públicos y otros ni falta que les hace. Después de ocho años al otro lado de la red, entro en mar abierto por donde siempre lo hice, por el charco hondo. Fue allí, en Bajamar, donde aprendí a nadar sin guardar la ropa, donde las olas me enseñaron a no tener miedo pero sí respeto (y, puestos a contarlo todo, así dedico esta cabecera a mis padres). Vuelvo a este lado, y lo hago para contar cosas. Necesito semanas para afinar la guitarra, luego, pido paciencia a Lucas Fernández y a José David (cuando me llamó, le dije a Lucas que quería hacer cosas nuevas, ponérmelo difícil; y va y me dice que sí). Ocho años después vuelvo a asomar a estas páginas. En el interesante análisis que Gregorio Morán hace de curas y mandarines, recupera a Unamuno para recordar que “una cosa dicha en la intimidad pierde verdad trasladada al público”. Adiós a la intimidad. Vuelvo al oficio de desnudar los argumentos en público.

@jpllombet