nombre y apellido

Antonio Martinón

Con el gozo de la democracia recién estrenada y cuando aún chirriaban los goznes del régimen cerrado por la astucia y la audacia providenciales de Adolfo Suárez, conocí a un atípico – al menos, yo lo pensé así – profesor de matemáticas, tocado por la seña intelectual del PSP de Tierno Galván que, pese a su modesta nómina de afiliados, aportó numerosos cuadros al socialismo unido en Canarias. Por deberes de oficio, le seguí en sus cargos públicos (consejero insular, vicepresidente del gobierno provisional, diputado, gobernador civil) y descubrí que, desde su radiante honestidad, prefería la sinceridad a la apariencia y que ese equipaje,  tan necesario para dormir tranquilo, a lo peor no era muy útil en política o, para ser más exacto, en la política que se ensayaba en estos lares. En un encuentro amistoso -él, yo, o los dos, no lo recuerdo- usamos una muletilla del cine en blanco y negro -Casablanca y Bogart, por supuesto- rescatada por los sesentayochistas que no llegamos, acaso por pudor,  a la plenitud hippie. Tras su nítida victoria y primeros pasos en el Rectorado de La Laguna, presiento que éste es el comienzo de una hermosa gestión, honesta y entusiasta, en apuesta firme por la inteligencia y la cultura del esfuerzo, apegada a la tierra, por su proverbial sentido común y su firma compromiso con la gente, y liberada de los condicionantes que la mediocridad -que es una, trina y múltiple- impone a las militancias. He seguido sus propósitos -lucha contra el desánimo, recuperación de la ilusión y defensa de la educación pública- y sus declaraciones públicas y, recientemente, la reseña de su recepción a los trescientos universitarios que, integrados en los programas de intercambio y procedentes de una veintena de países, se  adscribieron a las facultades laguneras. En la protocolaria bienvenida, reivindicó la histórica vocación internacional de Tenerife y Canarias y señaló que, aunque aún faltaban elementos para la efectiva construcción europea, el fin de la II Guerra Mundial abrió un proceso conciliador y un proyecto común de convivencia; calificó el proyecto Erasmus como un instrumento conciliador que permite, también, el mejor conocimiento de las distintas ciudadanías y les invitó a conocer, sin descuidar sus objetivos académicos, la naturaleza y la cultura insulares que, desde la Ilustración,  fueron foco de atracción, laboratorio próximo y gabinete vivo para los sabios y humanistas del Viejo Continente. Repito, estamos en una hora histórica y con el mejor rector posible.