Chasogo

Barrancos (I) – Por Luis Espinosa García*

Que si son las arterias de la corteza terrestre o las huellas de las raíces del Árbol de la Tierra, tal vez las venas, mejor que arterias… Falta el comentario de que parecen vasos linfáticos. Discrepo. Los barrancos son los rasguños, los arañazos de algún poderoso titán que intentó coger la isla cuando aún estaba en formación de lava blanda y que, al notar el intenso calor, la soltó, no sin antes dejar las huellas de sus uñas. No quiero entrar en discusiones pero sí puedo asegurar que los grandes cañones de acantiladas paredes de piedra, que desde las cumbres terminan acariciando la blanca espuma de la costa, son espectaculares. En mi infancia jugábamos en los barrancos, en el de San Felipe y en el de Martiánez, más tarde llamado, este último, con el eufónico nombre guanche de Tafuriaste. A la gente chica nos parecía que llegar hasta ellos era la aventura más importante que realizaríamos en nuestra vida. Tuvieron que pasar unos cuantos años para darme cuenta de que solo eran remedo de barrancos. Pasaron dos lustros y cuando comencé a patear los senderos de Tenerife la primera y admirable sorpresa fue observar la imponente presencia del barranco de Masca. Una noche de tormenta en el aislado barrio que era entonces este pequeño lugar del municipio de Buenavista, mientras los relámpagos pintaban las laderas y el acompañante trueno rodaba cauce abajo rebotando de pared en pared, cada vez más sordo y lejano, sentí cómo se me erizaban los pelos de antebrazos y brazos. Y no era por la electricidad estática. Al día siguiente bajamos a la playa un tanto temerosos de que, sin esperarlo, medio mundo se derrumbase sobre nuestras cabezas. Comprendí entonces lo ínfimo que era el ser humano, lo grandioso que era el elevado tajo que separaba los altos paredones, lo bello que resultaba contemplar ese canalón que se elevaba doscientos o trescientos metros, casi cortado a pico, sobre nuestras cabezas y que, a veces, parecía ser una gigantesca doble plancha que en cualquier momento se podía cerrar y aplastarnos como vulgares bichejos de dos patas.

*MÉDICO Y MONTAÑERO