el charco hondo

Castaña

En esto que les llegó el otoño con sus eclipses de luna, pleitos, cambios horarios, denuncias, marrones, ocres y amarillos. El otoño les ha entrado por puertas, concejalías, ventanas, asambleas, tejados y escaños. Los osos se preparan para hibernar, el viento se hace con las esquinas, las ardillas almacenan provisiones. Otoño. Liquidadas las primaveras y veranos de sus primeros pasos los errores de Podemos crujen, como lo hacen las hojas secas, bajo los pies de quienes los han votado. El otoño de Podemos -sus lunes o jueves en ayuntamientos, cabildos y parlamentos- está enterrando las expectativas que generaron, desdibujándolas por un trastorno más político que estacional. Se les acabó la primavera. Al agotarse su verano se han precipitado sobre una creciente hojarasca que sus simpatizantes no merecen porque ellos (estado de ánimo, reacción, basta ya, indignación, reivindicación democrática, ciudadanía, banderas de cambio) ni quieren ni deben bajar el listón de exigencia. Una lluvia fina de despropósitos está minándolos. Llegarán por su propio pie a las urnas, sí, pero con la lengua fuera. La marca envejece rápido, aceleradamente. Las hojas están secándose. El discurso también. Sainetes como el del Cabildo de Gran Canaria no ayudan; actitudes como la de Pablo Iglesias, acampado en la delgadísima línea que separa la soberbia de la caricatura, tampoco. El otoño de Podemos empezó el día en que Iglesias, encumbrado, aprendió a abusar de la primera persona del singular y, río abajo, despertó más apóstol que ciudadano, palabra de dios. Sigue vigente la oportunidad de cambiar muchas cosas, de corregir, mejorar, fiscalizar, cortar de raíz comportamientos inadmisibles, regenerar. Quienes los apoyan esperan algo más, no más de lo mismo. Tantas ilusiones no deben acabar reducidas a tan poca cosa, a tanto otoño;tirando de su dialecto, sus simpatizantes no merecen que el final de esta historia acabe resumiéndose en que quienes fueron a por la casta no pasaron de castaña.