Análisis

¿Cómo se pueden parar los efectos de guerras y pobreza?

La historia de la humanidad refleja un constante movimiento migratorio. Desde los tiempos de Moisés, el hombre se ha desplazado siempre y ha viajado en busca de esa “tierra prometida” que son los alimentos y mejores condiciones de vida. Las conquistas de nuevas tierras, con las secuelas de guerras e invasiones muchas veces cruentas, permitieron el poblamiento del planeta, el dominio de pueblos enteros y el reparto y explotación de riquezas y seres humanos. El mundo no sería lo que es hoy si no hubiera mediado el flujo constante de gentes aventureras que trataban de encontrar nuevas tierras y riquezas; en definitiva, un futuro mejor.

Buena parte de estas migraciones se efectuaron por las bravas, sin la menor ética ni consideración, atropellando pueblos y derechos e incluso matando a gente inocente en un desmedido afán expansionista y de conquista. Ese mismo movimiento -trasladado luego a empresas y proyectos en una imparable proyección globalizadora que favorecen las facilidades para el traslado de personas, mercancías y capitales- se ha desbocado a causa de varios conflictos bélicos y de la pobreza extrema que afecta a distintas zonas del planeta.

DESTINO, EUROPA
Nada parece que pueda detener este flujo migrante, especialmente acentuado en el Mediterráneo, a cuyas costas acceden por distintos medios refugiados que huyen de la guerra -en Siria y en Libia, en Eritrea y Sudán, en Irak y Afganistán…-, o de la miseria e incluso del terrorismo en el África subsahariana. Así las cosas, las mafias que trafican con seres humanos están canalizando como nunca las ansias de paz y progreso de familias enteras: miles y miles de personas, que abandonan sus países a causa de la guerra y que no tienen más remedio que ponerse muchas veces en manos criminales, se hacinan en frágiles embarcaciones con la pretensión, vana en trágicas ocasiones, de alcanzar las costas de la Europa rica, meta final de sus anhelos. Junto a estos refugiados persiste también la emigración llamada económica, que no se mueve por otros intereses, ni está empujada por conflictos violentos.

En estas condiciones, Europa se ha visto sorprendida por una inesperada y masiva avalancha de emigrantes. Entre enero y agosto de este año, más de 350.000 personas han llegado a las costas europeas, sobre todo de Grecia (235.000) e Italia (114.000), mientras a España lo hicieron 2.166. Además, al menos otras 2.700 que intentaban llegar a Europa perdieron la vida en el Mediterráneo, según la Organización Internacional para las Migraciones. Se estima que el viejo continente recibirá en 2015 unas 800.000 solicitudes de asilo, de las cuales serán aceptadas el 40%, de cumplirse el porcentaje de los últimos años. Según datos de la Comisión de Ayuda al Refugiado (CEAR), nuestro país recibió el pasado año 3.614 solicitudes y aprobó tan sólo 1.600. En lo que va de este 2015 ha tramitado 17.000 peticiones de asilo, de las que 3.500 las han cursado refugiados sirios en la frontera de Melilla con Marruecos.

A la invasión pacífica de refugiados no pueden poner coto ni el cierre de fronteras, ni los muros artificiales, ni los controles de las policías, ni las medidas restrictivas de todo tipo impuestas por algunos gobiernos, insensibles ante un drama humanitario que resulta ser el más grave desde el fin de la segunda guerra mundial. No obstante, se trata de la punta del iceberg de un conflicto cuyas consecuencias las sufren especialmente los países limítrofes con Siria, casos de Turquía, que acoge actualmente a 1,8 millones de refugiados; Líbano, a 1,2 millones, y Jordania, a 650.000, según datos de Naciones Unidas. La propia ONU estima que por simples razones humanitarias Europa debe acoger a unos 200.000 nuevos refugiados mediante cuotas obligatorias por países en un programa masivo de reubicación. Lo cierto es que este comprometido asunto está poniendo a prueba los cimientos mismos de la UE, con los correspondientes efectos políticos y sociales de todos conocidos más la urgencia por resolver rápidamente el problema, antes de que se eche encima el riguroso invierno europeo y estas personas recién llegadas carezcan de cobijo adecuado.

UN DEBER Y UNA OBLIGACIÓN
La reunión cumbre de ministros de Interior y Justicia anunciada para el 14 de septiembre ratificará una serie de medidas de apoyo a los refugiados, que pasan por la fijación de procedimientos comunes para su recepción, registro y asistencia en los centros de acogida -España cuenta tan sólo con cuatro instalaciones oficiales de esta naturaleza, con poco más de millar y medio de plazas de capacidad-, pautas para la repatriación de inmigrantes indocumentados, protección de fronteras, actuación en los países de tránsito y de origen de refugiados e inmigrantes, armonización de políticas de asilo, fijación de cuotas obligatorias para recibir a los solicitantes de asilo, sanciones para los países que favorezcan o incumplan las normas comunitarias, elaboración de una base de datos común, etc. Europa viene obligada a acoger a los refugiados que huyen de guerras, conflictos y amenazas no sólo en virtud de tratados internacionales como la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Convenio Europeo del mismo tipo, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y la Convención de Ginebra, sino también por su legislación interna, como es el caso de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE y el Protocolo de Dublín. El problema radica en compatibilizar lo que puede interpretarse como efecto llamada con las políticas de seguridad común y los acuerdos de Schengen y Dublín que fijan la estrategia frente a las migraciones externas, la drástica reducción de la concesión del estatuto de refugiado, el control de fronteras y el cumplimiento del principio según el cual el demandante de asilo no puede presentar su solicitud en el país final de destino sino en el de llegada a Europa.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS
La división y la desconfianza marcan e la UE la resolución de esta gravísima crisis de refugiados, que ha hecho saltar por los aires fronteras y tratados. El Gobierno de España ha rectificado su posición inicial y se ha alineado con Alemania, Francia, Italia y Grecia al no renunciar “por un deber moral de los europeos” y porque -ha dicho Rajoy- “no se puede renunciar de ninguna manera a dar asilo a aquellas personas que tengan derecho al mismo, conforme al derecho internacional”. La sociedad se ha mostrado generosa y dispuesta a la ayuda, lo mismo que las comunidades autónomas y las corporaciones locales, y todo hace pensar que se llegará a un consenso general para la acogida y distribución solidaria de los asilados que asigne la UE.

Quedan en el aire muchas incógnitas. ¿Hasta dónde puede llegar Europa en el acogimiento de refugiados? ¿En qué medida pueden los recién llegados distorsionar más aún los efectos de la crisis económica? ¿Por qué se sigue permitiendo que el terrorismo yihadista siga creciendo y extendiendo su influencia a las puertas de Europa cuando lo mejor habría sido combatirlo por las armas allí donde actuara a fin de evitar la huida de la población estabilizándola en el país de origen y ayudándola para facilitar la recuperación económica? ¿Podrán los xenófobos y los antieuropeos desestabilizar a nuestras sociedades y la situación de los extranjeros legalmente establecidos en Europa bajo el supuesto de que las migraciones constituyen una amenaza para el Estado del Bienestar y la prosperidad de la propia Europa? ¿No puede la ONU influir u obligar a otros países prósperos del Golfo Pérsico, Asia y América a recibir refugiados sirios o de otras procedencias? ¿No sería mejor que, como viene haciendo el Reino Unido, tuvieran preferencia en la acogida los demandantes de asilo que se encuentran en los campos de refugiados en los países limítrofes con Siria, lo que evitaría viajes peligrosos y utilización de redes mafiosas para el traslado? O la vieja Europa -y con ella el mundo libre bajo el paraguas de la ONU- reacciona y actúa lo antes posible ante esta situación de emergencia migratoria, revisa sus políticas y las adapta, con los sacrificios, generosidad y esfuerzos que hagan falta, a las nuevas realidades mediante medidas geoestratégicas, militares, económicas y sociales a corto, medio y largo plazo o la clamorosa falta de una respuesta imaginativa y valiente conseguirá que la barbarie siga avanzando, horade nuestro modelo de sociedad y ponga en serio peligro el futuro de ese espacio de paz, prosperidad y libertad que viene siendo la UE.