“Los españoles son solidarios pero no se puede acoger a refugiados en familias y casas particulares”. / FOTO DE ARCHIVO
“Los españoles son solidarios pero no se puede acoger a refugiados en familias y casas particulares”. / FOTO DE ARCHIVO

Corría 1992 y España vivía su esplendor con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, aunque en su interior atravesaba una gran crisis económica. Mientras, en la otra punta de Europa se vivía una de las guerras más atroces del siglo XX, las de las repúblicas de la antigua Yugoslavia, que enfrentaron a serbios, croatas, bosnios y albaneses por conflictos étnicos y dejó como saldo una explosión de odio, miles de muertos y millones de refugiados.

Veintitrés años después, la realidad se repite aunque sin tanto apogeo español. El país sufre una nueva y complicada situación en su economía de la que intenta salir pero sin lograrlo del todo y obedece a las directivas de la Unión Europea, cuyo futuro está marcado por el drama de los refugiados sirios que escapan de su país huyendo de una guerra civil que ya lleva cuatro años. Aún así, su solidaridad sigue en pie.

Canarias fue una de las comunidades que acogió a cientos de desplazados bosnios provenientes de las zonas más castigadas por la guerra. En la madrugada del 10 de diciembre de 1992 llegaron a Los Silos 187 refugiados. Esta fecha nunca se les borrará de su memoria. Tampoco a Fernando de Paz, presidente de la asociación Amigos de la Paz, quien se encargó personalmente de acompañarlos en su dura huida hasta Budapest, y del proyecto de acogida que realizó la ONG con el Club de Leones de Icod de los Vinos.

De  las 600 personas que había en el colegio de Móstar entre las que se elegirían solo 187 para traer a Tenerife. / FOTO DE ARCHIVO
De las 600 personas que había en el colegio de Móstar entre las que se elegirían solo 187 para traer a Tenerife. / FOTO DE ARCHIVO

Según cuenta, la iniciativa de traerlos fue de un buen amigo suyo quien luego fue alcalde, Valentín Melo. La organización que presidía y preside, dedicada a ayudar a víctimas de la guerra y promover la paz, aceptó sin inconvenientes y encaminó el programa coordinado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Naciones Unidas y la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

Se dispusieron tres inmuebles, el antiguo instituto, que el Ayuntamiento arregló especialmente, y dos casonas. El proceso fue complejo dado que el principal escollo que había que sortear era el del dinero. Era mucho y era necesario conseguirlo para poder sacarlos del país. No había otra opción.

El segundo tampoco fue fácil porque consistía en seleccionar a las personas. En un principio, la idea era sacar a niños y ancianos pero finalmente se resolvió que vinieran en familia, aunque la mayoría de los hombres estaban destinados a la guerra. La elección se hizo en el polideportivo de un colegio cerca de Móstar donde dormían más de 600 asilados provenientes de la misma zona. “Fue muy duro porque todos querían venir”, recuerda De Paz.

Sin embargo, empezó a darse cuenta que “la tierra prometida” era para muchos Alemania y por lo tanto no podía traer a Canarias gente que después creara problemas. Por eso les explicó muy bien adónde iban a ir y les aclaró que era lejos de Europa.

El viaje hasta Budapest fue muy embarazoso porque los serbios habían comenzado a atacar la zona en la que estaban y los autobuses no se arriesgaban a llevarlos. Cuando lograron convencer a una compañía decidieron ir por el sur del país, donde no había llegado la guerra, atravesando la carretera del Mar Adriático. Escoltados por la Legión Española hasta Split atravesaron Croacia por Zagreb y llegaron a Budapest. La capital húngara era la única posibilidad que tenían de salir. Fueron cuatro días muy duros en los que hacían sus necesidades en botellas de agua ya que estaban custodiados por policías militares que les impedían bajar de los vehículos por miedo a que se quedaran en territorio croata.

Krikic Salih y Krikic Rujka. Este matrimonio de campesinos terminó viviendo en Garachico, en una finca donde cultivaban sus verduras. Fueron los primeros en regresar a su tierra. Sin familia, su único deseo era volver a Bosnia y morir allí y así lo dejaron escrito en detrás de su foto en junio de 1997.
Krikic Salih y Krikic Rujka. Este matrimonio de campesinos terminó viviendo en Garachico, en una finca donde cultivaban sus verduras. Fueron los primeros en regresar a su tierra. Sin familia, su único deseo era volver a Bosnia y morir allí y así lo dejaron escrito en detrás de su foto en junio de 1997.

Primer escollo del viaje
Al llegar a la frontera con Hungría se les presentó el primer problema: todas las personas que viajaban estaban indocumentadas. Fernando de Paz fue apuntando en una libreta el nombre y apellido de cada uno y el año de nacimiento. Esos eran los únicos datos que disponían. Fue necesario llamar a Madrid y hubo que esperar que llegara el embajador para negociar el pase hasta el aeropuerto. En Madrid pasaron una noche y al día siguiente se trasladaron a Tenerife. El municipio de Los Silos los esperaba con los brazos abiertos pero a los pocos meses toda Canarias se volcó con los ciudadanos bosnios. Se organizaban fiestas, festivales, comidas y diferentes eventos en casi todas las islas para recaudar fondos destinados a su día a día.

El grupo de colaboradores con el que contó la ONG, sobre todo mujeres, fue imprescindible para poder organizarse. Hacían la función de amas de casa, se ocupaban de que todo estuviera bien, de armar las habitaciones y la comida, para lo que crearon una especie de economato. Pero también les enseñaron a organizarse, a que trabajaran y ayudaran, no solo a recibir un plato de alimento.

El proceso de adaptación no fue sencillo. Todo lo contrario, porque los refugiados bosnios que habían llegado a la Isla eran los que peor lo habían pasado y los únicos miembros de su familia que quedaban. Habían perdido casi todo.

Para insertarlos en la sociedad isleña se planificó una campaña que consistía en varias fases. El objetivo de la primera era que estuvieran bien y tranquilos, con todo lo necesario para vivir. Pero al mismo tiempo se integró a los niños en las escuelas para que aprendieran el idioma con la ayuda de psicólogos.

En esa tarea de integración participó mucha gente. El presidente de Amigos de la Paz recuerda que había hasta un médico sirio que acudía dos veces a la semana y además de pasar consulta colaboró para que se reencontraran con su religión, la musulmana.

Según la adaptación y características de cada uno fueron consiguieron trabajo. El primero fue Mustafá, que arregló una bicicleta que le habían donado e iba todos los días desde Los Silos hasta Mercatenerife. Luego se trasladó junto a su familia a Santa Cruz dado que también había posibilidad de que su mujer tuviera un empleo. Hubo bares y restaurantes que ayudaron en este sentido.

Otro programa que se realizó fue el de reagrupamiento familiar, donde la ONG logró encontrar a parientes que vivían en otros países, como Inglaterra.

Durante todo este tiempo, hubo asilados que han ido y venido pero un número importante que De Paz no puede precisar ha decidido quedarse en Tenerife. Trabajan y tienen la nacionalidad española. En Los Silos solo quedan dos familias, el resto está desperdigado por toda la Isla. Sin embargo, no quieren contar todo lo que pasaron ni recordar. “Yo respeto mucho su intimidad, no los visito si no me llaman. No quiero seguir siendo para ellos el responsable de los refugiados porque ya no lo son, son personas normales como cualquiera de nosotros”, afirma.

Para él son parte de su familia. Fue tanto lo que se implicó que cuando todo estuvo organizado en Tenerife se empezó a trasladar más seguido a Bosnia gracias a la carta azul de las Naciones Unidas, un documento que permite a cualquier persona conseguir ayuda en un país en conflicto bélico. Así, pudo participar en otros programas y visitar los campos para liberar a prisioneros de guerra a cambio de paquetes de cigarrillos. Consiguió sacar a nueve.

Finalmente los acuerdos de Dayton se firmaron en noviembre de 1995 y la guerra terminó. Pero los lazos que unieron a Fernando de Paz con los desplazados bosnios nunca se cortaron.

Este funcionario jubilado hace unos meses del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA) no puede evitar comparar aquellos años con el drama migratorio que en los últimos meses sacude a Europa como consecuencia de la huida de cientos de sirios de la guerra civil y de las atrocidades del Estado Islámico. Entre otras cosas, porque son muy parecidos, “buena gente, muy tranquila, sobre todo los campesinos, y les gusta trabajar”.

Errores con los sirios
Sin embargo, considera que se están cometiendo errores que se podrían evitar. El primero, las manifestaciones “irresponsables” de la canciller alemana, Ángela Merkel, siendo consciente de que los sirios que escapan de su país “han hablado muy claro y han dicho que quieren ir a Alemania o a países escandinavos, porque consiguen el permiso de trabajo en un día y es la puerta de Europa”.

Los ofrecimientos son la parte más inhumana de la solidaridad porque se juega con los sentimientos y se utiliza a las personas para “curriculum político”, algo a su juicio “muy degradante”. Entiende que los españoles quieran ser solidarios y ofrezcan sus viviendas para acoger inmigrantes pero ello no es legal. Tienen que estar dentro de un programa, un requisito “que no se puede obviar”, recalca.

“La gente es solidaria pero tiene que saber cómo funciona la acogida. Fueron personas que caminaron kilómetros y kilómetros para poder vivir. No quieren estar con familias ni una casa. Quieren tener un permiso para trabajar y así darle de comer a sus hijos. No se les puede traer donde no quieren venir”, precisa.

Ante una realidad que supera no solo a los gobiernos de la UE sino a los del mundo entero, Fernando de Paz sostiene que el Ministerio de Asuntos Exteriores de España debería haber diseñado un programa de acogida teniendo en cuenta todos los factores, desde la documentación hasta el alojamiento. Incluso, se podría utilizar el mismo que se aplicó con los bosnios cambiando, obviamente, determinados aspectos.

Sin embargo, añade, “da la sensación que el Ministerio no quiere comprometerse ya ni siquiera sabe la diferencia entre el documento de refugiado, que lo expide Naciones Unidas y es internacional, y el de acogida, otorgado por la Oficina de Extranjeros, que tiene carácter local y no permite viajar”.

A Fernando de Paz lo llamaron recientemente desde la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio de Asuntos Exteriores para ver si podía colaborar con este departamento. “Quiero que mi experiencia sirva para algo”, afirma.

Cada persona fue una historia

Himlia, como se pronuncia su nombre, tenía su finca, siete hijos y vivía con su mujer y sus suegros en Banja Luka. Durante un ataque nocturno de los serbios perdió a toda su familia. Con un cuchillo le hicieron cruces en la piel y le pusieron sal fina. Lo ataron a unos maderos y vio como los grupos militares jugaron un partido de fútbol con la cabeza de su mujer. Su historia fue de las más dramáticas y por eso fue un hombre que necesitó mucha ayuda, sobre todo psicológica porque él no quería ni podía vivir con otras personas. No le gustaba que llorasen porque lo hacía él también. Amigos de la Paz le consiguió una finca con granja en La Cruz del Camino cedida por el Ayuntamiento de Icod, que se acondicionó porque le gustaban mucho los animales. Pero era un señor mayor, enfermo, al que muchas veces hubo que hospitalizar. Finalmente, los servicios sociales icodenses consiguieron trasladarlo al hogar Santa Rita, en Puerto de la Cruz, donde falleció hace algunos años. Hubo otra mujer, Rubía, que llegó a Los Silos con sus tres hijas. Hace poco volvió a Bosnia por primera vez cuando se enteró que abrían las fosas comunes, donde supuestamente estaba su marido. Finalmente lo encontró y cuando logró enterrarlo falleció de un infarto. Sus tres hijas siguen viviendo en Tenerife.