después del paréntesis

La escuela

Se han distribuido el territorio como los humanos hemos hecho con las fronteras a lo largo del tiempo. Los grupos han elegido. Y es de suponer que han procedido como en este planeta llamado Tierra se ha procedido siempre: por la presión demográfica, por las condiciones del suelo, por los bienes de supervivencia… Acaso han obrado mostrando su fuerza para optar, aunque sin peleas físicas; es suficiente con las que han sufrido en sus lugares de origen. En el mapa precario que nombran “la Jungla”, se encuentran en el norte los negros sudaneses, en el sur (agrupados por etnias, como es costumbre), los afganos, los pakistaníes, los sirios; un paso más allá, los eritreos; y en el oeste, los etíopes. Así hasta 3.000 almas que esperan no se sabe qué. El lugar se encuentra en Calais, al norte de Francia, por razones obvias. El objetivo es el Reino Unido, es decir, Londres, y desde esa costa se divisa el paso más estrecho del Canal de La Mancha. O por el agua o con los transportes terrestres por el túnel. Imposible. No los dejan cruzar. De manera que lo que los visitantes, periodistas especializados y organizaciones civiles humanitarias incluidos, creen encontrar ahí es una marca sinistra de la llamada humanidad, la estampa de su deterioro y de la división en dos partes cada vez más pronunciadas: ricos (con el 10% de los seres pensante muy ricos) y pobres. Pero esa no es toda la verdad. Lo que allí se localiza no solo son desplazados, refugiados y desposeídos, lo que allí se localiza es la escoria de la dicha humanidad que ha movido sus límites, para escarnio de esos que se nombran a sí mismos “civilizados”: Francia en su lugar, el Cameron inglés en el suyo. La ecuación es transparente, a la vez de siniestra, y ello para estamparlo en la memoria duradera de los depravados sujetos del norte.

Se han organizado; comienzan a reproducir ahí lo que le hemos transmitido. Para el buen orden social, han de funcionar con eminencia los servicios básicos, como la sanidad, una obligación del Estado y un derecho de los ciudadanos. Se han puesto manos a la obra. Han construido un hospital. No cuentan con quirófanos, con servicios de urgencia, con personal médico y auxiliar, pero la caridad los visita y ejerce ese beneficio gratuito entre quienes lo precisan. Existe el hospital. También han decidido proveerse de un campo de fútbol en un patatal abandonado y un cine para la expansión. Cabe suponer que andado el tiempo, dado que van a permanecer muchos años tirados ahí, mostrarán museos como el Louvre, el Prado o la National Gallery, incluso una Tour Eiffel de cartón… Y lo que nos emociona a los ricos de por aquí, según se lee, es que no se han privado de un absoluto deber: la escuela. Los niños van al colegio, ganan su tiempo con la enseñanza. La cuestión es ¿para qué? Nadie les reconocerá el esfuerzo. No es una institución reglada según los códigos de Cambridge o… Luego… El mundo no funciona allí como sustituto, como el revés. Lo que muestran es lo único que pueden mostrar: los desperdicios, lo que tiramos a la basura con que construyen sus alternativas. La imagen que les hemos regalado es nuestra imagen; ellos nos la devuelven cual seres agradecidos. ¿Eso es lo que hemos construido? Es posible, puede ser.