después del paréntesis

Lolita

Del año 1955 a esta parte han transcurrido 60 años. Y uno se pregunta cómo es posible que un aristócrata escribiera una novela como Lolita. Fue especialista en lepidópteros, en mariposas que tienen la virtud del holometabolismo, esto es, pasar por diferentes fases desde su nacimiento (embrión, larva, pupa e imago); dedicó gran parte de su tiempo a desarrollar y solucionar problemas de ajedrez; en su formación en Cambridge anudó su sabiduría por registros de la estética, tanto que cuando Harvard lo invitó a impartir un curso sobre la novela (1951-1952) comenzó por el principio, claro, el Quijote, pero leyó mal el esplendor de ese monumento inventado por Cervantes, leyó mal la repulsa al mundo y a la sociedad a la que se refirió el español, la tachó de ser el libro más cruel y bárbaro de cuantos se han escrito y subrayó con profusión los fallos. ¿Cómo una persona como esa pudo escribir una novela que se llama Lolita? Vladimir Nabokov fue un hombre de la huida. Sus padres, como pudientes que eran, abandonaron sus ricas posiciones de San Petersburgo por temor a los bolcheviques, y Francia por el horror que les produjo la Segunda Guerra mundial. Así que el asesinato de su progenitor por un monárquico de su país natal lo expuso ante lo que sabía: el francés de la acogida y el inglés del porvenir, que aprendió antes que el ruso. Con la espita del destino colgando de sus espaldas decidió: desde la Europa en ruinas a EE.UU. Allí el florecimiento de una obra muy larga (entre ficción y ensayo) que se tragó la novela dicha, Lolita, una de las más reputadas de la historia de la literatura en el mundo.¿Por qué? Cuenta una historia bíblica que el gran Abraham decidió contraer nuevo matrimonio cuando ya había cumplido más de cien años. Eligió a una chica en el límite de la mayoría de edad (para los castos occidentales), dieciocho. Y alguno infiere que no está mal la alternativa porque los cuerpos jóvenes calientan muy bien la cama. Grotesca estupidez, sin duda. Eso le daría la razón al obtuso, majadero y despistado Gabriel García Márquez que pretendió aleccionarnos con una infame patraña que se llama Memoria de mis putas tristes. ¿Qué es Lolita, ese movimiento del macho en su condición hacia una niña? Publicada en París estuvo prohibida en EE.UU. durante varios años. ¿Cuál el pecado? Porque no es una novela sensual en el estricto sentido del término. Pero horada la decencia de los bien pensantes que (conforme a ese proceder) no creen apropiado que un hombre mayor fije su pasión en una muchacha de catorce años. Eso no. Pero es. Así lo manifestó el imprescindible escritor triestino Italo Svevo en dos historias majestuosas suyas, donde da razones y apura los signos de la/esa (des)proporción: Senectud y La historia del buen viejo y la bella jovencita. Y en eso se solaza uno de los escritores eróticos más extraordinarios de cuantos han existido, el japonés Junichiro Tanizaki, al menos en dos de sus momentos mejores: Hay quien prefiere las ortigas y La llave.

¿Qué? En la degradación del tiempo, en el miedo que consagrada el deterioro del ardor, la sensualidad se expande desde un cuerpo joven, cuerpo que consagra la imagen absoluta del placer, de la satisfacción. Imposible dar la espalda a semejante disyuntiva. Eso es la vida, las majaderías no.