Domingo Cristiano

Miserando

Entre los muchos artificios que sofocan la vida, hay dos que me resultan especialmente matadores: las reuniones interminables y la redacción de planes. No digo que reunirse no sirva de nada, pero sí considero que es un tiempo desperdiciado cuando las decisiones están ya tomadas o cuando los asistentes actúan como estatuas de sal.

Y qué diremos del diseño de los planes de trabajo. Comisiones, estudios, evaluaciones, redacciones previas, más comisiones… Como resultado, la mitad de las verdades se queda en el camino, sustituidas por expresiones políticamente más correctas o menos amenazantes para la tranquilidad colectiva.
La alternativa no es gobernar por decreto, sin buscar el consenso en lo discutible. La alternativa es el realismo. Reuniones y planes están realmente al servicio de las personas si quienes los desarrollan buscan desde la libertad de conciencia la verdad de las cosas, una circunstancia a menudo incompatible con la comodidad y casi siempre reñida con el inmovilismo.

Tras reuniones y planes, la Iglesia en nuestras islas está ya de lleno en un nuevo curso. Va a ser un año realmente interesante. La Diócesis estrena etapa en el plan que se ha trazado y, lo más motivador, los creyentes de todo lo mundo estamos convocados a redibujarnos abriendo de par en par las puertas a la misericordia. El Papa Francisco ha dado instrucciones claras para que ni las reuniones ni los escritos autocomplacientes asfixien el espíritu de este año singular.

Quiere el Papa y busca el obispo Bernardo que no copiemos vicios ni estrategias de otras realidades sociales que se miran el ombligo. Y persiguen ambos que saquemos a la luz nuestras propias miserias para mirarlas de frente y dinamitarlas con la búsqueda de la verdad.

Eso es el Jubileo de la Misericordia, que comienza el 8 de diciembre, una renuncia colectiva al aparataje eclesial con el fin de hacer sitio a una apuesta decidida por la original simplicidad de lo que somos: instrumentos elegidos por Dios para desvelar que, bajo el aparente caos sobre el que frotamos, lo que existe en realidad es su proyecto, que aclara el presunto sinsentido de la existencia. Amar, reconstruir, aceptar, liberar, acoger, sanar, abrazar, llamar, responder… son los verbos del año.

Es un tiempo para mirar con optimismo el presente y saber que el futuro se construye así: ‘miserando’, aprendiendo a mirar con misericordia. Habrá que tener cuidado con que la arqueología pastoral no asfixie la vitalidad de un año que puede cambiar el mundo y la Iglesia. Desde dentro, habrá que sanear ese “cristianismo epidérmico, cargado de añoranzas y dispuesto a celebrar efemérides que traigan la nostalgia de las fotografías en sepia, creyendo que cualquier tiempo pasado fue mejor”, que dice Juan Rubio. “Un cristianismo sociológico que ha sacado de los museos las riquezas y las ha puesto en valor para deslumbrar con celebraciones en las que prima la estética sobre la adhesión personal”, insiste.
Cuidado. En unas cosas y otras nos jugamos lo que somos.

@karmelojph