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La nueva y difícil vida de Berta y Antonio

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Fotos ANDRÉS GUTIÉRREZ

Su caso conmovió a toda España. Hace un año Antonio Méndez y Berta Ferreiro, un matrimonio de ancianos de Tacoronte fue desalojado de su vivienda, situada en el número 102 de la calle de Ismael Domínguez.

Lejos de ser un desahucio por falta de pago, la pareja fue sacada injustamente como consecuencia de la denuncia presentada hace diez años atrás por su vecino colindante, Urbano Hernández, quien defiende que la casa de la pareja se sostiene sobre los pilares de su vivienda, la 104, aunque las fotografías aéreas y las pruebas presentadas demuestran que fue construida siete años antes que la suya.

Unas pericias que llegaron tarde y mal debido al mal asesoramiento judicial que ha tenido el matrimonio por los sucesivos abogados de oficio que han llevado el caso. Mientras tanto, en este complejo proceso Hernández logró hacerse con la vivienda de sus vecinos de la que desde hace un año es legítimo propietario según la justicia.
La pareja se enfrentó a su primer desalojo el 29 de noviembre de 2012. En ese momento, la jueza responsable del caso lo paralizó porque su vecino aceptó un proceso de negociación para buscar una solución consensuada junto al Ayuntamiento. Pero pasaron dos años, el plazo para lograrlo venció y Hernández reclamó la vivienda.
El 19 de septiembre de 2014 Antonio y Berta volvieron a pasar la misma angustia pero el desenlace fue diferente ya que perdieron su casa, donde vivían desde 1986. La noche previa fue larga y muy triste. Por fortuna, la pasaron acompañados por cientos de vecinos, amigos, familiares, trabajadores de medios de comunicación, miembros de las plataformas Anti Desahucios (PAH) y Yo También Vivo en el 102, creada a raíz de este caso.

Las negociaciones con su vecino no cesaron y hasta último hubo esperanza de encontrar una solución para que no perdieran su hogar y que su historia, que es un cúmulo de despropósitos, tuviera un final feliz.

Sin embargo, todos los intentos fracasaron y nada de eso ocurrió. Antonio y Berta que hasta pasadas las dos de la mañana habían estado “distendidos” y arropados en la asociación de vecinos El Casco por sus seres queridos, tuvieron que volver a su casa para embalar con prisas ropa, enseres y todas sus pertenencias, desarmar muebles, y sacar puertas y ventanas que guardaron en un garaje prestado por una vecina. El inmueble quedó irreconocible. Entre otros motivos, porque los vecinos, indignados también sacaron enchufes, realizaron algunos destrozos y pintaron las paredes en contra de Hernández para demostrar su rabia e impotencia.

A las cinco de la mañana un despliegue policial de guardias civiles, muchos de ellos de la Agrupación de Rural de Seguridad (ARS) se presentaron por fuera de la vivienda e impidieron desde ese momento el acceso a las personas y periodistas.

Mientras tanto, en el interior se vivieron momentos muy duros. La pareja estaba desconsolada y no paraba de preguntarse: “¿Dónde está la justicia, señor?”. A las ocho en punto, previo aviso por megafonía, entraron las fuerzas del orden para desalojar a las personas que estaban dentro aunque la mayoría lo hizo por su propio pie.
Aunque es un día que prefiere olvidar, a Antonio Méndez todos los recuerdos se le vienen de golpe a la cabeza. Es más, vive de ellos. Él se ha adaptado mejor a la nueva vida, pero reconoce que es muy difícil porque su vecino “está pegado”. Y advierte que si su lucha “no llega a nada, no se quedará con los brazos cruzados porque trabajó muchos años en una mina de carbón para lograr tener su casa”.

La pareja vive desde entonces en el inmueble contiguo al 102, el número 100 que heredó de un vecino al que cuidó hasta el último momento porque no tenía familia. Vecinos y amigos lo arreglaron, le cambiaron el techo y la puerta, lo acondicionaron, pintaron y trasladaron los muebles de Antonio y Berta para que no tuvieran que cambiar de barrio ni de ambiente y tampoco gastar en un alquiler.

Gracias a los vecinos

Están pendientes de ellos, vigilan que no les falte nada y los llevan al médico. Tienen claro que de no ser por sus vecinos y por el pueblo de Tacoronte, estarían en la calle. Ambos toman pastillas, Berta para “tranquilizarse” y su esposo para la presión, porque ya ha tenido algún que otro disgusto y un amago de infarto como consecuencia de este todo lo sucedido.

Estar allí es preferible que nada, pero la vivienda es muy antigua y su avanzada edad -Berta tiene 80 años y Antonio 79- y su delicada salud hacen que no sea el lugar idóneo para vivir. Tiene muchos desniveles y escalones y en la sala y en su habitación, donde pasan la mayor parte del día, no tienen ventana y tienen que tener siempre la puerta abierta para tener claridad.

La falta de luz natural es un verdadero inconveniente ya que la mujer ha perdido la visión de un ojo, del otro sólo tiene un 30% y está a la espera de ser operada.
Doña Berta enseña el inmueble. Lo primero que uno se encuentra cuando accede es la sala de estar y la habitación del matrimonio. Hay que bajar unos escalones para poder llegar a la cocina, luego otros para entrar al baño y unos cuantos más para dirigirse al cuarto donde tienden la ropa, están sus cinco perros y cinco gatos, y se accede al patio.

Los ojos de su marido están más tristes que nunca. No porque quiera volver a su casa sino porque quiere terminar “de una buena vez” con un litigio que lleva años y que le ha traído a él y a su esposa innumerables disgustos. “No sé cómo hemos llegado a esto”, repite varias veces.

Un año después, la vivienda 102 sigue desocupaba y está pintada con escritos en contra de su propietario, igual que la 104. Ello provocó que este último volviera a denunciarlos por este hecho con un testigo “falso” acusando directamente a Antonio. No obstante, un perito calígrafo determinó que la letra no era de él y fue absuelto. Pero eso llevó al matrimonio a un nuevo enfrentamiento judicial “que no tenía necesidad de pasar” ya que también se querelló contra su vecino por “denuncias falsas”. Todavía está a la espera de la sentencia. “No sabemos qué más quiere, se ha hecho con una casa a base de denuncias falsas y sigue”, sostiene Antonio Méndez.

Esperanza

Tienen esperanza de recuperar su casa. Pero si no pueden lograrlo, esperan al menos conseguir una indemnización por daños y perjuicios. “Si finalmente lo logro hago con el dinero lo que quiera, como si me voy a otro sitio. Eso sí, siempre en el barrio porque aquí están están mis vecinos”, confiesa Antonio. Pero Berta no quiere, ella solo anhela volver al 102.

Presentan otro contencioso

El matrimonio ha cambiado una vez más de abogado de oficio que ahora ha abierto nuevos procedimientos judiciales. El portavoz de la plataforma Yo también vivo en el 102, Cristian González:, confirma que se ha iniciado un contencioso en contra del Ayuntamiento que le ha sido notificado a finales de julio y otro contra el Ministerio de Justicia al considerar que la jueza ha tomado algunas “decisiones erróneas”. Asegura que es un procedimiento “más largo” pero necesario para que todas las personas que actuaron mal en este proceso “tengan responsabilidades” Por su parte, el alcalde de Tacoronte, Álvaro Dávila, recuerda que el inicio del caso se produjo antes de que él llegara al Ayuntamiento pero deja claro que desde que accedió al cargo ha facilitado toda la información requerida. Asimismo, desde entonces, el Consistorio ha colaborado con el matrimonio “en todo lo que se le ha pedido”.