Por qué no me callo

El país de los corotos

La primera vez que pisé Venezuela ya había estado en ella muchas veces sin moverme de la isla, y volar tan lejos me pareció la cosa más natural del mundo. Porque ir a Venezuela era algo connatural a los canarios. En un tiempo fue una ruta más a mano que saltar a la Península. Mi madrina, que era mi vecina de la infancia en la calle San Sebastián, llevaba Venezuela en las venas y hablaba con el deje y el argot de los venezolanos. En casa, sin darnos cuenta, adoptamos la jerga de la madrina; a los niños nos gustaban las palabras de aquel país lejano y nuestro a la vez, y las usábamos sin saber su significado muchas veces. Decíamos chévere y la vaina, y ella se sentía complacida, como si en esas sonoridades inocentes radicara la presencia intrínseca del país que más amaba en el mundo. ¿Qué era Venezuela? Una noción del cielo, una nación del alma, y el paraíso terrenal según los entendía en el exilio de su imaginación. Vivía soñando con volver a Venezuela, vivía en un sueño que nunca se le hizo realidad, porque nunca regresó al edén de sus maquinaciones hasta donde yo sé. Yo tenía una pregunta en la punta de la lengua, “¿madrina, por qué ama tanto a Venezuela, qué vio allí?”. Mi padrino, su marido, era taxista en la última etapa de su vida profesional tras ser laringectomizado. La enfermedad le cambió el carácter, se lo agrió y le aguó los recuerdos, pero no sé si la nostalgia de América, de Venezuela, se le vino arriba o se le fue por los sumideros del estado de ánimo. La última vez que lo vi fue un viaje corto en su taxi; me recogió por azar en una calle y me dejó en mi destino sin decir apenas palabra. Hablaba malamente por la operación, con esa voz aguardentosa inconfundible en los enfermos operados de cáncer de garganta. Y poco después murió. Los dos tenían la matraquilla de Venezuela, ella y él, mis padrinos, y sus dos hijos, chico y chica, compartían el mismo delirio por aquellas tierras. Yo crecí con el samborondón de Venezuela en la cabeza, con Venezuela idealizada y mítica. Bajé del avión y dije, hola, Venezuela, vieja amiga. Yo tenía un ángel venezolano que me esperaba en nombre de mi madrina. Eso pensé. Nunca me salieron las cosas mal en Venezuela, cumplí los objetivos de cada viaje, que siempre eran profesionales. Me planté en la plaza Simón Bolívar micrófono en ristre y reuní decenas y decenas de emigrantes o hijos de emigrantes que me contaban la odisea de sus naufragios y andanzas. La aventura de la diáspora, que más tarde leí en la tesis doctoral de mi amigo Julio Hernández García, el primero que me habló del tributo en sangre, las familias obligadas a emigrar por cada cien toneladas de mercancías a bordo de los barcos que hacían escala en las islas rumbo a la orilla remota de al lado. Y en un momento determinado, ya me resultaban frecuentes las escapadas a Caracas; por uno u otro motivo iba y venía una o dos veces por año. En Mercado Coche, congelado en la memoria, conocí a los ‘reyes del mambo’, los herreños, los palmeros, amos y señores del negocio de las papas y mercancías que abastecían a todo el país desde aquel epicentro comercial del país de las oportunidades. Asistí al espectáculo de la carga de camiones en el falansterio de puestos y almacenes distribuidos en las dieciséis hectáreas del histórico mercado mayorista. En todas las estaciones, busqué los recuerdos que contaba la madrina. La Candelaria, un nido de canarios y gallegos, donde en verdad se respiraba una atmósfera insular. Y empecé a conocer presidentes de origen isleño. Y todo el universo que rondaba la cabeza de mi madrina en Tenerife, como si América fuera solo Venezuela y tuviera cabida exacta en su mente, se me desplegó delante de mis ojos. Tuve Venezuela para rato, me entrometía en las casas de Caldera y Úslar Pietri. Hacía sesiones de radio maratonianas con la emisora portátil del Radio Club de los tiempos de Paco Padrón, que creó Aló, Venezuela y formatos sobre los emigrantes y las convocatorias electorales. Una vez vino Rafael Caldera a la Casa de Venezuela y deslizó la metáfora de que Canarias era una parte sentimental inseparable de Venezuela, y generó nerviosismo en las autoridades. Caldera era un intelectual y un político de una era de estadistas de primera división en América Latina. Como Juan Bosch en República Dominicana, que se quedó a las puertas de la presidencia en las disputas proverbiales con Balaguer, que fue presidente tras la muerte de Trujillo hasta quedarse ciego, y tenía la habilidad de aparentar desinterés por el poder, un disimulo que engañó al propio dictador y a su familia, gracias al cual accedió a la presidencia como el menos ambicioso de los políticos y el más manejable, aquel al que quitar cuando viniera en gana y nunca más se despegó de las riendas del poder, como narra Vargas Llosa en La fiesta del chivo. Mi madrina vivía mentalmente en Venezuela. “¡Coge esos corotos!”, decía. Y la palabra engrosó nuestro vocabulario. Coroto pasó a significar cualquier cosa o insignificancia. ¡Corotos! Seguramente sea cierta la versión de que el término alude a algún lienzo del paisajista francés Camille Corot, que un general venezolano llevó ufano a su país, de vuelta de Europa, y desató ciertas burlas y venganzas. Y a todas estas, no sé si la madrina anda por Venezuela. Hace tanto que no nos vemos.