INTERNACIONAL

Perú se enfrenta a sus demonios familiares

foto peruPerú es posiblemente el país de América Latina más sugerente ahora mismo para España. Estoy en él, lleno de curiosidad por el momento álgido que atraviesa su caso de éxito en medio de una pesadumbre económica general, que amenaza con salpicarle esta vez en serio. Lo conozco bien, pero me pregunto cuáles son los límites de este sueño, que se parece a aquel sueño potosino de la vecina Bolivia en la etapa colonial española. Llego en buen momento para tomarle el paladar al país, pues celebra hasta este fin de semana en Lima su feria gastronómica Mistura.

Hace ocho años, este país sufrió el seísmo más intenso y largo en siglos. Pero ahora, al pisar de nuevo Perú, que sentí temblar bajo los pies entonces, en agosto de 2007, hago recuento de los otros terremotos, políticos y sociales, domésticos, que sacuden, a distinta escala, a un pueblo que no vive tranquilo, bajo la inseguridad que atrofia sus calles expuestas al bandidaje. Perú, como digo, conserva el pedigrí de una economía atractiva en un mundo en crisis, pese a las incertidumbres que se detectan en Latinoamérica, nada más bajar del avión, por el descenso de los precios de sus materias primas y la tónica depresiva de economías gigantes, como China y Brasil. Pero subyace en las miradas de la gente, siempre en guardia, el acecho al ladrón. “¡Chapa tu choro y déjalo paralítico!”, claman las redes en una clara invocación al linchamiento por la ineficacia de las autoridades. El sudor frío de la inseguridad revive la era represiva de Fujimori. Se cumplen 25 años de la llegada al poder del déspota y la sociedad peruana sigue dividida entre acólitos y enemigos, en medio de rumores sobre el posible indulto que lo sacaría de la cárcel.

Compartimos el diagnóstico: el peruano, como el canario, se sabe vulnerable ante fenómenos externos, y ahora la amenaza es El Niño, las lluvias torrenciales previstas para finales de año. Con una agenda -palabra de moda como enseguida veremos- tan apretada de emociones fuertes, las elecciones presidenciales del 10 de abril, no son todavía el primer tema de conversación.

Lo es el latrocinio que se ensancha como un engendro peligroso y necrosa la cultura popular de un país que emerge tras un pasado no remoto de terrorismo y pobreza. Hasta los sucesos -cuanto más la política y la corrupción- son desproporcionados en esta parte del globo. Hace dos semanas, un ejército de 56 hampones asaltó y desvalijó una vivienda del distrito limeño de Lince, soldó las puertas para atrincherarse y huyó dejando el inmueble destruido. El dueño sostiene que los depredadores actuaban como venganza en nombre de una empresa a la que ganó un pleito laboral. Lo esperpéntico fue el criterio de la jueza Haydee Varela: una vez detenidos in fraganti los 56 malhechores, decidió dejar en libertad a 52. Cuando llegué a Lima, me encontré este panorama. La indignación era general.

Sin duda, es el Talón de Aquiles de Ollanta Humala, el presidente que está a punto de agotar su mandato de cinco años, sin posibilidad de reelección, porque lo impide la Constitución peruana, dejando en su haber evidentes logros económicos, que constituyen una excepción en un subcontinente que se desacelera, y menos pobreza (reducida un 8% en tres años, más de un millón de personas, que sitúa la tasa en el 22,7%). El presidente, que entró con fama de chavista y saldrá sin haberse dejado tentar (por el eje bolivariano), tiene ahora las manos libres para tomar decisiones comprometidas sin temer el coste electoral.

Pese a esa hoja de servicios, la popularidad de Humala se resintió en el último mes con el caso de las agendas de su esposa, que es la comidilla del peruano de a pie. Se trata de una pieza cobrada con claras connotaciones electorales, que apuntan al interés del APRA, el partido de Alan García, por hacerse sitio, eliminar de la competencia a la primera dama y escalar peldaños en las encuestas. Nadine Heredia, la primera dama, sonaba como posible candidata oficialista. Pero la tufarada de las agendas la acaban de descabalgar. No son los papeles de Bárcenas, pero es la misma clase de affaire: un problema de caligrafía.

Ollanta, amigo de España, se marcha con esta mancha: los secretos de la contabilidad familiar que se atribuye al puño y letra de su esposa, presidenta del Partido Nacionalista Peruano que le aupó al poder en 2011 bajo la marca Gana Perú; unas libretas, con supuestos depósitos irregulares en el partido de tres millones de dólares en tres años (2006-2009), que cayeron en manos de un excongresista de Humala que desertó. “La verdad, es mi letra”, admitió en un tuit la primera dama a Rosa María Palacios, una periodista política que siempre me pareció muy solvente. Pero Nadine Heredia sostiene públicamente que el ‘material’ explosivo no es de su autoría, y comparecerá ante el fiscal este mes. Aseguró haber escrito “La verdad es mi letra”, sin coma, como en la doble lectura de las siete palabras del célebre texto lacónico de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Si se cambia la coma de sitio, cambia el sentido.

La verdad de la letra
Las agendas llevaban nueve meses de excursión de Perú a Italia, hasta ser supuestamente acreditada su autenticidad, pero el que trató de filtrarlas a la prensa halló desconfianza en algunos medios hasta conseguir airearlas en un programa de televisión. La primera dama, pese a negar que sean suyas, ha denunciado por robo al excongresista Álvaro Gutiérrez y una exempleada del hogar que contrató en su día por mediación de aquel cuando estaban en el mismo bando. A esta última la veo despacharse a gusto ante las cámaras de Frecuencia Latina, revelando intimidades del matrimonio Humala con despecho. “Conyugalmente, ellos están separados hace tiempo”, aseguró la señora, Micheline Vargas, al periodista Beto Ortiz, a quien casi no reconozco tras un drástico cambio de imagen en un personaje coqueto. ¿Es cierta la confesión? ¿Humala y Nadine guardan las apariencias? Una vez hincado el diente en esa yugular, me digo que en Perú no se va a hablar de otra cosa.

Del puño y la letra de la primera dama va la cosa. Y la cosa va de Cosito. A Humala le persigue un estigma desde el minuto uno de su llegada al poder. La oposición ha querido siempre menospreciarlo con el sambenito de que la mujer lo suplanta en tareas de gobierno que no son propias de su rango meramente protocolario. Por eso le apodan, por último, Cosito, con la maldad de un vídeo publicitario de una cerveza en la que un joven recibe ese apodo por ser un pisado (un marido mangoneado por la mujer). Humala solo posee ahora un 14% de aceptación popular, inferior a Alan García y solo mejor que Alejandro Toledo en el mismo tramo del mandato. La oposición (política y televisiva) le golpea en su flanco débil, el papel de Nadine, el papel de las libretas y el de presidenta en la sombra.

Pero de ese argumentario se alimenta no solo la oposición civil. Por falta de costumbre, me choca ver a un general soltándose la lengua por televisión contra la primera dama. El general Longa, relegado al retiro por Humala, reveló una conversación de sobremesa, en la que el viceministro de Defensa, Iván Vega, habría admitido que él responde de sus servicios directamente ante la esposa de Humala y que recibe instrucciones de ella. La presidenta. No niego que se le ve mandona, ella no reprime la fama de esfinge en público.

Terrorismo y rondas campesinas
¿De qué servicios se trata? De la lucha contra el narcoterrorismo en la zona del VRAEM (Valle de los Ríos Apurimac, Ene y Mantaro), en la selva más inhóspita, en las montañas de Vizcatán, reducto del último resto beligerante de Sendero Luminoso, la temible organización maoísta que sembró de terror Perú hasta los años 90, que hoy emplea todos sus esfuerzos en regentar con las armas los vastos cultivos rentables de coca ilegal. En este viaje he pasado cerca de esas cimas boscosas inexplorables. Iván Vega se anotó un tanto a finales de julio: liberó a 39 indígenas cautivos de los narcoterroristas: “Dormían sobre troncos tapados con hojas de palma, no hay paredes, no hay puertas, cocinaban con leña”, describió él mismo entonces.

En los 80 y 90 se extendió por este país la lepra del terrorismo, que nació en Ayacucho ganándose las simpatías de los campesinos, hasta que se rompió esa armonía con las muestras de barbarie. Las rondas campesinas, con apoyo del Gobierno, respondieron con la misma saña: a uno de los líderes senderistas lo sacrificaron en la plaza del pueblo, lo acuchillaron, apedrearon, prendieron fuego y mataron a tiros. Más convencionales, y menos sangrientas, eran las acciones de los Túpac Amaru, de inspiración guevarista.

En 20 años (de 1980 a 2000) murieron a causa del terrorismo 70.000 personas. De ahí que el peruano recuerde de Alberto Fujimori (que gobernó el país de modo autoritario en ese tiberio entre 1990 y 2000) la captura en el 92 de Abimael Guzmán, el implacable cabecilla de Sendero Luminoso, al que delataron los medicamentos para su soriasis hallados entre la basura cerca de su escondite en Lima. Yo me acuerdo de Abimael, con las greñas y los ojos encendidos, exhibido como una fiera en una jaula.

Y no se le olvida al peruano tampoco la manera expeditiva con que El Chino (como se conoce a Fujimori, de origen nipón) puso fin, cinco años más tarde, al largo secuestro de rehenes de la alta sociedad civil y militar de Lima en la residencia del embajador japonés, perpetrado por un comando de los túpacamaru: ordenó un asalto dramático al objetivo usando túneles abiertos para la ocasión y abundante armamento; murieron dos comandos y un rehén, y ningún terrorista salió con vida, como parece que era la voluntad del presidente.

Doble indulto
En manos de Humala está dictar dos indultos a la vez que serían dos terremotos en uno. Doble o nada.

La mera posibilidad de que el presidente estudie un eventual indulto de Alberto Fujimori, preso por la represión y los escándalos de su régimen, es todo un seísmo en ciernes digno de politólogos y videntes. “Esa posibilidad siempre está abierta”, deslizó días atrás el propio Humala sobre las vísceras de un asunto que parecía podrido. Veinticinco años después, Perú sigue dividido entre fujimoristas y antifujimoristas. Humala se negó a indultarlo en 2013, cuando se lo pidieron los hijos del exdictador alegando que sufría un cáncer de lengua y tendría los días contados. Los forenses rechazan la enfermedad, que padeció hasta curarse. Cada vez que Alberto Fujimori comparece ante un tribunal, para responder de causas pendientes, se las arregla para dar su peor versión fisonómica: ha adelgazado mucho, y ya se ocupa él de demostrarlo usando un jersey oscuro sin cuello. El Fujimori de traje y corbata, bien peinado, de pelo corto, ya es historia. El actual se muestra amojamado y desmelenado, con cara de loco. Aguarda. Le han salido callos en los años de espera. Espera que su hija, Keiko, gane y lo indulte.

Fujimori, que ha escrito sus memorias, es el único preso del cuartel policial en Lima donde cumple una condena de 25 años de prisión por crímenes de Estado (las matanzas de Barrios Altos y la Cantuta) y causas de corrupción en su mandato, tras ser extraditado de Chile en 2007. Nada más ganar sorpresivamente a Vargas Llosa en 1990 se reveló como un dictador encubierto, enseguida se dio un autogolpe y trataba de eternizarse en el poder. Duró un decenio. Cuando salieron a la luz los vladivídeos, las inauditas filmaciones realizadas por su mano derecha, Vladimiro Montesinos, con cámaras ocultas, donde se le ve sobornando con fajos de billetes a políticos, artistas y empresarios, Fujimori entró en barrena y acabó huyendo del país bajo el disfraz de un viaje oficial a una cumbre en Asia. Iba a lo que iba, y se exilió en Japón, pero no aguantó demasiado y regresó vía Chile.

Hoy también le acompaña en el grado de presidiario su más estrecho excolaborador. Montesinos, expolítico y exmilitar, la mano que movía todos los hilos en el decenio de Fujimori, fundador del tenebroso Grupo Colina, que hacía el trabajo sucio contra el terrorismo, vive recluido en la Base Naval del Callao. Y calla. Cumple una pena similar a la de Fujimori, pero este evita que se les asocie. Ahora falta saber si ese silencio se mantendrá en el caso de que su exjefe salga libre y él no. Cuando pregunté a Vargas Llosa por esta pareja insólita de conmilitones ahítos de poder durante diez años de la historia del país, queriendo saber si haría esa novela, no me dijo que no. “Necesito tiempo y distancia”, dijo.

A Humala le cuesta liberar a Fujimori (“sería echarle una rama de olivo al fujimorismo”, le reprochan), pero más se le atraganta no poder hacerlo con su hermano Antauro, que cumple, en paralelo, una pena de19 años en una prisión militar, por sublevarse en una comisaría de policía en solidaridad con él, que había sido apartado del Ejército. A aquella acción armada se le conoce como el andahuaylazo. Antauro y sus hombres tomaron por la fuerza el puesto policial de Andahuaylas, en teoría para reivindicar la figura de Ollanta, obligado al retiro. No salió bien: murieron cuatro agentes y Antauro ha pasado los últimos diez años a la sombra. El patriarca de la familia, el abogado don Isaac Humala (ideólogo de una corriente proincaica y nacionalista denominada etnocacerismo), no perdona al hijo presidente que no haya soltado al hermano que dio la cara por él (“es un tema muy difícil para mí, lucho permanentemente para no pensar en ello”, reconoce el presidente). Pero defiende su honestidad: “Mi hijo no se ha llevado un sol, que en Perú ya es decir mucho”. “El que manda es Cosito, pero es débil de carácter”, ironiza el propio Antauro, con la fe perdida en la medida de gracia, apuntando a Nadine en el boicot a su amnistía. Si se confirma el runrún que llega a mis oídos -se especula que el decreto estuvo a punto de firmarse el 28 de julio, fiesta de la independencia-, Ollanta hará doblete: o indulta a Fujimori y a Antauro al mismo tiempo, o a ninguno.

El terremoto sacó las miserias
Uno tiene la sensación de que este país se moderniza, al calor de sus recursos de exportación (país minero, proveedor de oro y cobre a China, Estados Unidos y Canadá; uno de los mayores productores de plata y zinc, y el mayor del mundo de harina de pescado) y de la llegada -atenuada- de inversiones de fuera, buena parte de España, que ha creído en Perú, incluidas algunas empresas canarias que cruzaron el charco siguiendo la senda de un nuevo potosí. De un año a otro, compruebo cómo en ciudades de provincias se multiplican las grandes superficies. Las calles de las zonas costeras que transito, polvorientas por definición -se trazaron sobre un desierto- están llenas de gente, y los típicos mototaxis esquivan el tráfico rodado para desplazar ese río humano sin pérdida de tiempo. Hay consumo, aunque esta vez sobrevuelan las sospechas de una crisis latinoamericana latente, de la que soy testigo. Se cierne una sombra sobre Perú: existe el riesgo de perder fuelle y un porcentaje elevado de mano de obra autónoma no estaría protegida por el Estado en caso de desempleo. Pero conserva el aliento, sabe que este año crecerá cerca de un 3% y el próximo también. Aguanta el tipo. Y el turismo que viene hasta aquí bajo el reclamo del Machu Picchu (una expedición española se propone estos días penetrar en Vilcabamba para desenterrar nuevas ciudadelas y restos arqueológicos) descubre un país, todo él, apetecible, tanto como el ceviche: el país de Gastón Acurio, del que me hablaban admirados una tarde en Tenerife el recordado Manolo Iglesias y Ferran Adriá.

¿Qué falla? Tener memoria, saber de dónde vienen. En Conversación en La Catedral, Santiago Zavala se pregunta “en qué momento se jodió el Perú”. Mirar atrás y recordar los años en que el país era flaco y en Lima la flaca llovía, “donde me ahueso para ti”, como escribió César Vallejo antes de que Vargas Llosa novelara la pregunta que da sentido al pesimismo atávico del peruano.

Esas carencias bajo la nueva piel del país emergente las vi con mis ojos cuando se estremeció Ica, la amplia región costera, y el remezón llegó hasta Lima. Ese día, la Iglesia de San Clemente en Pisco celebraba misa, y el temblor sepultó a doscientos feligreses que oraban; hubo dos supervivientes: un bebé de diez meses y el cura, José Torres, ileso tras 40 horas bajo los escombros, que al año siguiente, cuando fui a visitarlo, ya no estaba en el pueblo, ni supieron darme las señas de su paradero. Los cadáveres alineados sobre la plaza desprendían un olor dulzón, según el periodista Javier Cabrera, que hasta allí se desplazó a oscuras. Tardó en volver la luz. Fue el terremoto más fuerte en 300 años en la región, hubo 596 muertos, 2.000 heridos y casi medio millón de damnificados. La resaca de la pobreza era visible en las casas de adobe que cayeron como un castillo de barro en la playa, al redoble del seísmo de 7.9 en la escala de Richter y las incontables réplicas de los días posteriores.

Durante casi tres minutos se movió la tierra el 15 de agosto de 2007 cuando regresábamos de pasar la tarde en la Huacachina, adonde después evitaba volver, y cuando quiseromper el maleficio, a mitad de camino, un atasco gigantesco nos obligó a regresar. Las promesas de reconstrucción de Alan García tardaron más de la cuenta, pero, del mismo modo que tras su funesto primer gobierno (1985-1990), el de los años corrompidos que dio paso a Fujimori, quiso volver y volvió a ocupar la jefatura del Estado, ahora se postula por tercera vez, camino del hábito de ser presidente.

El Niño
Ocho años después del suceso, Perú sigue traumatizado cada vez que siente una reverberación. Y ahora, la hilera de países que mojan los pies en el océano temen la llegada de El Niño(lluvias e inundaciones) en diciembre, con el calentamiento de las aguas en el verano austral, pese a los alisios, nuestros parientes lejanos. Por aquí ya lo conocen, tras los estragos que causó en los años 80 y 90. Ante el pronóstico, Perú ha renunciado (como Chile) a celebrar el Rally Dakar 2016, que iba a salir de aquí, y tampoco acogió la Dakar Series 2015, programada para este mes en las dunas de Ica, donde me encuentro.

Durante años, el peruano se habituó a hacer cola en el Consulado General de España en Lima, a pagar los derechos de visado de turismo como si tirara el dinero a la papelera, esperando de antemano una negativa por respuesta. Los que lograban volar a Madrid con los meses contados (tres) avivaban la esperanza en los demás y la frustración consiguiente; de ahí las colas inútiles las veces que acudí al Consulado en San Isidro a hacer trámites. Esa historia humillante toca ahora a su fin. A instancias de Rajoy, de un país socio preferente de Perú, la Comisión Europea ha hecho dos excepciones en el Tratado de libre circulación de Schengen: Perú y Colombia. Antes de finales de año, tras el acuerdo suscrito por ambos países en junio con la UE en Bruselas, ya no será necesario el visado y, entre tanto, ha cambiado la tendencia: más del 90% de las solicitudes de permiso obtiene luz verde.

En abril, cuando el día 10 los peruanos voten a su jefe de Estado y al nuevo Congreso, vivirán un déjàvu, creerán estar volviendo una y otra vez a unas urnas indefinidas con los mismos rostros y dilemas:Keiko Fujimori, la hija que prolonga la dinastía siempre con opciones, la perpetua Keiko, que llegó a ser primera dama con su padre en el poder (tras separarse de Susana Higuchi); y el perpetuo Alan García, el aprista unipersonal en un país donde las fuerzas políticas apenas tienen consistencia, en un sistema de líderes de dudosa ética que se pegan a la voluntad del ciudadano como un tatuaje que no se puede borrar. Resuena también el nombre de Alejandro Toledo, que dejó buen recuerdo de su presidencia en materia económica en la década pasada, pero algunas mentiras biográficas y patrimoniales (se le acusa de lavado de dinero negro) lo cuestionan. Y el más reciente de la lista fija es el exministro de Economía Pedro Pablo Kuczynski (PPK).

¡Esto es Jauja!, me digo cuando piso la tierra que sirvió a Colón de gancho para captar voluntarios tras el primer viaje a América. Jauja es un sitio real, en la provincia de Junín, que inspiró la leyenda de un lugar fabuloso pródigo en oro, cuyos árboles daban buñuelos y los ríos eran de leche y de miel. En un lienzo de Brueghel, de 1567, titulado En Jauja, es un edén culinario donde los comensales terminan repantigados en el suelo tras beber y comer sin mesura. Me descubro delante de Jauja, un sitio feraz y precioso, de paisajes que recuerdan a mi tierra, con su oro en alguna parte oculto entre la vegetación, como en tantos parajes del país donde el que busca encuentra. Aquí no se paga a los hombres por dormir, ni las calles están adoquinadas con yemas de huevo y lonjas de tocino, como hizo creer Lope de Rueda en el siglo XVI, pero en verdad que es un territorio bucólico, en el que apetece parar, pasear y comer, bajo la innegable tentación de quedarse una temporada a reponerse de los demonios del mundo. ¿A dónde me dirijo en esta incursión? A Villa Rica, la tierra de los arcanos del café, que se transmiten por generaciones. En la casa de Ilsa Cárdenasy Nimio Yupánmiman el grano amarillo como si fueran pepitas de oro, lo ponen a secar sobre toldos de plástico y lo depositan en quintales para su venta. En la sobremesa nos ofrecen tazas de café de diferentes sabores, que uno acaba degustando como si fuera jugo de aromas desconocidos. Se trata del café secular de la región, famosa por sus premios, que esta familia siembra a pocos kilómetros en sus tierras de Eneñas. Villa Rica es la catedral del café -la cooperativa La Florida agrupa a mil productores, como celebra Elmo Camargo Cárdenas, uno de sus pilares-, donde se asentaron a mediados del siglo pasado colonias de alemanes y austrohúngaros, y el resultado de ese mestizaje es una suerte de pequeña Europa atrapada en el hechizo de la selva, donde sobreviven tribus de indígenas, los yaneshas, que se resisten a dejarse civilizar del todo. Los apellidos de esta provincia delatan los viejos linajes de esa inmigración mítica a los paraísos de Perú.

¡CHAPA TU CHORO! Y LAS HISTORIAS DE AMOR

“¡Chapa tu choro!” (agarra a tu ladrón) solo persigue, según Cecilia García, una de las personas que promueven la campaña en las redes sociales, escarmentar a los delincuentes in situ “de manera proporcional”. Pero la segunda parte de la oración añade: “y déjalo paralítico”. Algo que he aprendido es que en América -obviamente, en Perú- todo es desproporcionado. Son comunes en la pequeña pantalla, a diario, las escenas de patrullas vecinales que inmovilizan y reprenden a cintarazos a rateros cogidos con las manos en la masa. “No soy ningún violador; soy un ladrón y lo digo con orgullo”, manifiesta con descaro un joven aprehendido mirando a las cámaras. “La culpa es del Gobierno que no da soluciones a los jóvenes”, se permite arengar el pata -como aquí se dice- junto a su cómplice, hasta que llegala policía. Las autoridades temen que un día haya una desgracia. Como sucede en España, la economía no es un estímulo electoral. Perú, pese a todo, va bien. Podría ir mejor, y puede ir peor si se descuida.En estos años lo he visto crecer el 5%, con España en recesión. Y por eso me preguntaba qué hacían los emigrantes peruanos vegetando en la España del paro al tiempo que su país los necesitaba. No tardó en producirse el retorno masivo. Me he encontrado a peruanos de vuelta, con sus rondas de pisco y cerveza, bailando merengue, en su salsa. Perú se permite crecer rondando este año el 3%. Si la economía no es una bandera electoral, sí lo es la inseguridad. Y, como en España y Europa, la corrupción. La caída de Otto Pérez Molina y su vicepresidenta en Guatemala se presenta como el inicio de una primavera latinoamericana. Hay que seguirle la pista al fenómeno, por si en verdad prende la catarsis que barra gobiernos con las escobas de la justicia y la calle. Pérez Molina renunció al poder a comienzos de mes y ya está en la cárcel. Dicho y hecho. En tiempo real. América no se lo cree. En este viaje al continente de las viejas dictaduras me llama la atención que, como por un ensalmo, haya esta sensibilidad colectiva contra los saqueadores públicos. Antes, los presidentes corruptos se exiliaban ‘no más’ y volvían sin pasar por el aro los tribunales.

Sí, lo que distingue a este continente es la desmesura. Cuando en 1532 Pizarro atrapó al inca Atahualpa con añagazas y lo encerró en Cajamarca, el último monarca del imperio le prometió de botín, a cambio de su libertad, dos cuartos llenos de plata y uno de oro. Y cumplió su palabra. Pizarro no. Atahualpa fue ejecutado a garrote vil. Pizarro lloró, porque se habían hecho amigos, pero América no se conquistó con el alma, sino con las armas.

Esta vez me llevo una sorpresa. Perú no vive bajo una pérgola de astromelias, no es tan apasionado como creía en cuestiones del corazón. Yo conocía la historia de Juan Ramón Jiménez con Georgina Hübner, la bella joven de Lima que escribía cartas perfumadas al poeta de Moguer. Conocía el desengaño que sufrió el autor de ‘Platero y yo’ cuando, tras anunciar a su amada que viajaría a su encuentro “con pájaros y lunas” en el primer barco, recibió la noticia de su famosa elegía: “Georgina Hübner ha muerto”. Y no era verdad. Un primo de la joven y un amigo poeta habían suplantado su personalidad para granjearse la simpatía de su ídolo, Juan Ramón, y conseguir, con ese vahaje, gratis sus libros. “¡A su mare!”, exclaman siempre por aquí, en señal de sorpresa.

Y, sin embargo, la relación sentimental de Vargas Llosa -el totem de las celebrities peruanas, su único Premio Nobel en toda su historia- con Isabel Preysler no ha sido carnaza del amarillismo chonguero de este país. Leo apenas un post de Jaime Bayl y bromeando con su madre sobre si Preysler es o no es la hija de Elvis. Se discute en demasía de los Bracamonte, los hermanos homosexuales -hombre y mujer- y del crimen de su madre que se reparten entre ellos y que en años no se ha resuelto. Pero de lo de Vargas Llosa y Preysler me preguntan por aquí, hasta desinformados del ampay, como llama a estas cosas la indómita reina televisiva rosa Magaly Medina. Los peruanos prefieren hablar de los amores de las mil y una noches, la telenovela que ha abierto el apetito por los culebrones turcos, a cebarse en los de Vargas Llosa y Preysler, para “no mezclar papas con camotes”.