el charco hondo

Piqué

Cuando falla, no cuando vota. Puestos a silbar a Piqué -estadio, bar o sofá- que sea porque deja solo a un contrario, no por su independentismo. Pitar por lo que haga o deshaga en colegios electorales, iglesias, cines o dormitorios -él o quien sea- es silbar fuera del tiesto. A un defensa central se le recrimina un despiste, ni sus gustos musicales ni sus preferencias literarias. A un jugador se le pita o aplaude por fútbol; más allá, lo que piense o apoye cuando sale del estadio, cuando se quita las botas, no nos atañe. A un alcalde o a una ministra, a un gerente o al jefe de la planta de complementos cabe reprocharles mala gestión, jamás, eso nunca, que alcalde, ministra o gerente prefieran la carne al pescado, el agua al vino o el ron a la ginebra. Claro que esto es España; y por aquí, para según qué cosas, somos más intestinales que cerebrales, vicio que viene de siglos y que la política abona porque es más sencillo arengar a las tripas que a las inteligencias. Muchos han demostrado su incapacidad para gestionar esta situación. Por eso se atrincheran en lo fácil, en las vísceras, en los pitos. Cataluña -Mas es menos- tardará en reconstruir marca y prestigio. Rajoy, ni más ni menos, tampoco está a la altura de la discusión. Él y sus palmeros (más gasolina que extintor) son la gran baza de los independentistas. Nada moviliza más a los soberanistas que el verbo en llamas de un PP que, lo mismo, a saber, ha echado cuentas -con Cataluña perdida electoralmente, este incendio les recupera el voto más rojigualdo; de ahí las piruetas castrenses de Morenés-.

Más madera. Tanta como haga falta para que acaben pitando a un jugador por su ideario -en rueda de prensa ha intentado salirse de la política, situando la cosa en los Barça-Madrid; pero, no va por ahí el ruido-. A Piqué, muy dado a despistes y chiquilladas, cabe afearlo si se le escapa un delantero o cuando se va de aquella manera a por el juez de línea. Ahí sí; cuando falla, no cuando vota.