el dardo

Ruiz-Mateos

Conocí a José María Ruiz-Mateos a comienzos de los años 70 cuando sus propiedades, agrupadas en Rumasa, eran ya más que un embrión de pujanza económica y posibilidades de futuro. Todo un emporio de empresas -bodegas, bancos, hoteles, más Galerías Preciados y hasta una firma de lujo como Loewe- se fueron uniendo, bajo el símbolo de la abeja laboriosa encerrada en una celda, hasta conformar el primer gran holding del franquismo. En aquel tiempo, el empresario andaluz cuidaba con esmero las relaciones con las gentes influyentes del Opus Dei y la prensa y eran frecuentes sus reuniones con los medios informativos y las invitaciones para visitar sus sociedades. Todo iba sobre ruedas hasta que el crecimiento desmedido y la codicia derivaron en caprichos, impagos, deudas y conflictos con las administraciones. Varias sociedades instrumentales y la estructura piramidal de su imperio, que manejaba bajo el principio de caja única y préstamos entre empresas, le dejaron en cueros ante el Ministerio de Hacienda.

En los 80, el empresario ejemplar y campechano -dueño de 700 empresas, valoradas por el Estado en 2.600 millones de euros, con 60.000 trabajadores en plantilla y más de 2.500 millones de facturación anual- había derivado en un personaje incumplidor, mentiroso y conflictivo, con la complicidad de algunos de sus 13 hijos. Su patrimonio se calculaba en más de 15.000 millones de las antiguas pesetas, pero sus deudas con el Estado sobrepasaban los 40.000. Lo demás -la expropiación del año 83 dispuesta por el PSOE y ratificada por el voto de calidad del presidente del Constitucional, sus escándalos y estrafalaria conducta, la creación de Nueva Rumasa, los engaños con acciones y pagarés, su huida del país y la posterior extradición, su aventura como parlamentario europeo, los líos con la Justicia, etc.- son conocidos de todos. Ruiz-Mateos adoraba viajar a Canarias, donde llegó a contar con ocho hoteles, entre ellos cinco en Tenerife y dos en La Palma. Hasta las Islas viajó en numerosas ocasiones, algunas de incógnito, y aquí se reunió y confraternizó con viejos amigos, inversores y periodistas capaces de compartir con él algunos de sus secretos y confidencias. Al final se quedó solo: había perdido crédito y respeto. Que Dios le perdone por tanto cinismo y engaño.