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Santa Cruz: alcalde, ojo al chicle

Pero no a los que arrojan los ciudadanos desaprensivos a las calles y aceras – que también -, sino con los que mascan y con los que hacen pompitas algunos funcionarios/as y empleados/as del Ayuntamiento que usted preside. Y existen. Le aseguro que lo he comprobado personalmente. Me refiero a los trabajadores/as que están a la vista del público atendiendo a los vecinos en las correspondientes mesas o ventanillas. Causan un efecto inaceptable en quienes acudimos a las dependencias municipales a realizar cualquier gestión. Por lo que le sugiero que usted, en persona, o por delegación su concejal de recursos humanos, tome medidas para corregir esta práctica impresentable, que desdice del consistorio capitalino y pone en tela de juicio, injustamente, el digno comportamiento del restante personal. Yo me refiero específicamente al trabajador municipal, funcionario o no, que atiende al público en el horario establecido. No tengo nada que objetar respecto de quienes masquen chicles sin estar a la vista, siempre que después los depositen en un cubo de la basura, como debería hacer todo el mundo. Si se permite que los empleados de la administración local que despachan con el público masquen chicles, el día menos pensado a alguno se le puede ocurrir la cochina idea de hurgarse los intersticios dentales y de sus molares con los correspondientes palillos. Y, ya puestos, a lo mejor hasta se convierte en costumbre meter la uña afilada de un meñique en uno o los dos orificios nasales, con el propósito, claro está, de desatascarlos de esa suerte de gelatina viscosa que todos conocemos como mocos. Sólo faltaría dotar las oficinas del Ayuntamiento de las vasijas de peltre que, en los tiempos de Larra, se ubicaban al pie de las mesas de las administraciones para que el personal depositara los fluidos resultantes del carraspeo bucofaríngeo que a cada cual se le atragantaban en la garganta.

Pero también hay cosas políticamente muy repugnantes: que se solicite del ciudadano que domicilie el cobro de los tributos locales (ofreciéndole un descuento del 3% del importe) y que, cuando llega el momento del cobro, la domiciliación no surta ningún efecto. Por culpa de la maquinaria municipal, no del sujeto pasivo que quiere estar al día con sus obligaciones tributarias. Describiré lo que me pasó porque guarda relación con los chicles. Desde los tiempos de maricastañas pago mis tributos locales a través del banco. Puedo demostrarlo. El año pasado, 2014, mi mujer se compró un coche. Y un servidor, por encargo suyo, acudió a las oficinas centrales de la Agencia Tributaria local, sitas en el Parque de La Granja, para realizar la gestión pertinente. Me vine a casa con los papeles en regla. Pero al llegar la fecha de los cobros, observo, por los movimientos de nuestra cuenta corriente, que nos pasan todos los demás tributos (IBI, tracción mecánica de mi coche, basuras, alcantarillado) pero no el rodaje del vehículo nuevo. Y es en este momento en el que, cuando pregunto, una señorita aburrida de atender a los vecinos y claramente deseosa de marcharse a su casa, (mesa 15, 26 de agosto del corriente, entre 09,30 y 10,00 horas de la mañana) me cuenta que tengo que pagar el impuesto con recargo. Lo que me parece confiscatorio. Me lo dice mascando chicle y haciendo pompitas que se le pegaban a las comisuras de sus labios. Todo un monumento de displicencia, desinterés y desdén por realizar bien su trabajo, cual es atender a los ciudadanos que le pagan como mandan los cánones. Ni que decir que he presentado recurso ante un recargo que juzgo confiscatorio. Por cuanto el obligado tributario puede demostrar que va cargado de razón, frente a una administración recaudadora que, según mi experiencia, se rasca la barriga en demasía.

Fin de la historia don José Manuel.